La memoria de la Tierra [The Memory of Earth - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Серия: Saga del retorno #1
- Год: 2000
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-663-0082-1
- Переводчик: Carlos Gardini
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La memoria de la Tierra [The Memory of Earth - es]». Краткое содержание книги:
El aire se enfrió poco a poco. Atravesaron un estrecho flanqueado por abruptos peñascos que parecían unirse en las alturas, perdiéndose en la niebla. Nafai se preguntó si estaban en una caverna, o si simplemente el sol jamás llegaba al fondo de aquella profunda grieta. Entonces las paredes de los peñascos se alejaron, y la niebla se despejó un poco. El agua se encrespó. Ahora había olas y las corrientes balanceaban el bote.
La mujer que impulsaba el bote alzó los remos; la timonel apartó la mano del timón. Luet se inclinó hacia Nafai y susurró:
—Este es el lugar adonde acuden las visiones. Como te dije, donde confluyen las aguas frías y calientes. Aquí es donde atravesamos las aguas con el cuerpo.
«Con el cuerpo» era literal. Nafai sintió más vergüenza por la desnudez de Luet que por la propia, así que se miró las manos mientras se desnudaba y plegaba la ropa, al igual que Luet, para dejarla en el bote. En su timidez, Nafai no atinó a ver cómo Luet se deslizaba hacia el agua sin ruido para permanecer inmóvil y de espaldas. Notó que ella no intentaba nadar, así que se zambulló —ruidosamente— y se quedó quieto. El agua lo mantenía a flote. No había peligro de hundirse. El silencio era hondo y poderoso; Nafai sólo habló cuando vio que Luet se alejaba a la deriva.
—No importa —murmuró ella—. Calla.
Nafai guardó silencio. Ahora estaba solo en la niebla. Las corrientes lo hicieron girar, o tal vez no, pues en la niebla no distinguía el este del oeste ni lograba tener ninguna orientación, excepto arriba y abajo, y ni siquiera eso parecía importar. Era un lugar apacible donde sus ojos veían y no veían, donde sus oídos oían y no oían. La corriente, sin embargo, no le permitía adormilarse. Sentía el contacto de las aguas calientes y frías, a veces quemantes, a veces gélidas, y por momentos pensaba que no resistiría más, que tendría que nadar para no morir allí. De pronto la corriente cambió de nuevo.
No recibió ninguna visión. El Alma Suprema no le dijo nada. Nafai escuchó. Incluso le habló al Alma Suprema, rogándole saber cómo podría conseguir el índice que Padre le había mandado buscar. Si el Alma Suprema lo oyó, no se lo dio a entender.
Anduvo a la deriva una eternidad, o quizás escasos minutos, hasta que oyó el roce de los remos contra el agua. Una mano le tocó el cabello, el hombro, le cogió el brazo. Recordó cómo volver la cabeza, y al volverse vio el bote. Luet, totalmente vestida, le tendía las manos. Ahora no sentía vergüenza; se alegraba de verla, pero le entristecía tener que salir del agua. Subió al bote con torpeza, balanceándolo bruscamente, haciendo entrar agua.
—Rueda hacia dentro —le susurró Luet.
Se tendió de lado en el agua, levantó un brazo y una pierna, los apoyó en el bote y rodó hacia dentro. Un movimiento deslizante, casi silencioso. Luet le alcanzó sus ropas, aún mojadas, pero ahora muy frías. Nafai se vistió y tiritó mientras las mujeres impulsaban el bote hacia la gélida niebla. Luet también tiritaba, pero parecía impávida.
Al fin llegaron a la costa, donde aguardaba otro grupo de mujeres. Tal vez otro bote había cruzado el lago sin detenerse para observar el ritual de cruzar el agua con el cuerpo, o tal vez había un camino para llevar mensajes a pie; fuera como fuese, las mujeres que aguardaban ya sabían quiénes eran. No hubo necesidad de explicaciones. Luet lo guió de nuevo, esta vez por aguas heladas que le hicieron doler los huesos. Llegaron a la tierra seca —una ribera herbosa en vez de bajíos fangosos— y manos de mujer lo cubrieron con una manta seca. También arroparon a Luet.
—El primer varón que atraviesa las aguas —comentó una mujer.
—El varón que atraviesa las aguas de las mujeres —dijo otra. Luet le explicó, con cierta confusión.
—Profecías famosas. Hay tantas que es difícil no cumplir alguna de vez en cuando.
Nafai sonrió. Sabía que Luet tomaba las profecías más en serio de lo que fingía. También él.
Nadie preguntó a Luet qué había ocurrido en el agua; nadie le preguntó si había visto una visión. Pero aguardaron, demorándose hasta que ella dijo:
—El Alma Suprema me dio confortación, y fue suficiente. Entonces se desperdigaron, aunque algunas miraron a Nafai hasta que él negó con la cabeza.
—Ya hemos terminado con la parte fácil —suspiró Luet.
Nafai pensó que era una broma, pero entonces ella lo condujo a través de la Puerta Privada, una legendaria brecha en la muralla roja, en cuya existencia no había creído del todo. Era un pasaje combado entre dos macizas torres, y en vez de guardias de la ciudad sólo había mujeres. Al otro lado se extendía Bosque Sin Sendas. Pronto supo que el nombre era merecido. Cuando llegaron al Camino del Bosque tenía el rostro cubierto de arañazos, al igual que Luet, y los brazos y piernas llenos de rasguños.
—Por allá está Puerta Trasera —dijo Luet—. Y por cualquiera de estos barrancos llegarás al desierto. No sé adonde irás desde allí.
—Con eso basta —dijo Nafai—. Sabré orientarme.
—Entonces he cumplido con lo que ordenó el Alma Suprema.
Nafai no supo qué decir. Ni siquiera conocía el nombre para sus sentimientos.
—Creo que no te conozco —dijo Nafai. Ella lo miró perpleja.
—No, no quise decir eso —dijo Nafai—. Creo que antes no te conocía, aunque creía conocerte, y ahora que al fin te conozco, no te conozco en absoluto.
Ella sonrió.
—Las corrientes cruzadas causan este efecto. No cuentes a nadie, hombre o mujer, lo que has hecho esta noche.
—Creo que al recordarlo no creeré que haya ocurrido.
—¿Te veremos de nuevo en casa de Tía Rasa?
—No lo sé. Sólo sé esto: que ignoro cómo obtener el índice sin hacerme matar, pero debo conseguirlo.
—Aguarda a que el Alma Suprema te indique qué hacer. Y luego hazlo.
Nafai asintió.
—Eso está bien, siempre que el Alma Suprema me diga algo.
—Lo hará. Cuando haya algo que hacer, ella te lo dirá.
Impulsivamente Luet tendió la mano y cogió la de Nafai, apenas un instante. Nafai recordó de nuevo, como un eco en la carne, lo que había sentido al aferrarse a ella en el lago, pero ahora sentía vergüenza y apartó la mano. Ella lo había visto en su debilidad. Lo había visto desnudo.
—¿Ves? —dijo Luet—. Ya estás olvidando cómo fue.
—No.
Ella dio media vuelta y enfiló calle abajo hacia Puerta Trasera. Nafai quiso llamarla para decir: Tenías razón, estaba olvidando cómo fue. Lo estaba recordando con ojos comunes, como el niño que fui antes, pero ahora recuerdo que yo no era débil ni desnudo, ni nada de lo que deba avergonzarme. Era yo irrumpiendo de la profecía como un gran héroe para atravesar el lago mágico, contigo como guía y maestra, y cuando nos quitamos la ropa no hubo un hombre y una mujer desnudos, sino dos dioses surgiendo de antiguos relatos de tierras lejanas, despojándose de su apariencia mortal para revelarse en su gloriosa inmortalidad, dispuestos a flotar en el mar de la muerte y surgir indemnes en la otra orilla.
Pero cuando Nafai hubo pensado todo lo que deseaba decir, Luet había desaparecido detrás de un recodo.
14. LA SILLA DE ISSIB
Nafai no sabía qué esperar cuando llegó al escondrijo. Mientras cruzaba el desierto a la luz de las estrellas, imaginaba cosas tremendas. ¿Y si ninguno de sus hermanos lograba escapar? Ellos no contaban con la ayuda de Luet ni de las mujeres de Basílica. ¿Y si escapaban pero los soldados seguían a alguno hasta su reducto y los mataban? ¿Al llegar allí encontraría sus cuerpos mutilados? ¿O habría soldados al acecho, para capturarlo cuando él bajara por el barranco?