La memoria de la Tierra [The Memory of Earth - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Серия: Saga del retorno #1
- Год: 2000
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-663-0082-1
- Переводчик: Carlos Gardini
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La memoria de la Tierra [The Memory of Earth - es]». Краткое содержание книги:
Nafai tenía los pantalones y la camisa manchados de sangre, al igual que las manos y el rostro: salpicados, embadurnados. He matado a un hombre y sostengo su cabeza en las manos. ¿Qué soy ahora? ¿Quién soy ahora? ¿En qué me diferencio de este hombre mutilado por mis manos?
El índice.
No podía soportar las ropas empapadas de sangre. En su desesperado afán de quitárselas, se las arrancó y se enjugó la cara con la espalda de la camisa. Éstas son las ropas que Luet me entregó cuando subí al bote en ese lugar bello y apacible, y ahora veo lo que hice con ellas.
Arrodillándose junto al cuerpo, dejando su ropa en el charco de sangre, comprendió que debido al declive de la calle y como la sangre brotaba del cuello, alejándose del cuerpo, las ropas de Gaballufix no estaban manchadas de sangre. Vómito y orina, sí, pero no sangre. Nafai tenía que usar algo. El traje holográfico no sería suficiente, pues por debajo estaría desnudo y descalzo.
Le repugnaba ponerse las ropas de Gaballufix, pero sabía que era necesario. Arrastró el cuerpo alejándolo de la sangre, lo desnudó con cuidado, tratando de no manchar la ropa. Tuvo náuseas al ponerse los pantalones fríos y húmedos, pero pensó con desdén que un hombre que acababa de matar como él lo había hecho no podía andarse con remilgos. La orina de otro hombre en las piernas no era nada, ni el hedor del ácido estomacal en la camisa y la coraza que Gaballufix usaba debajo. Ya nada es demasiado horroroso para mí, pensó Nafai. Ya estoy perdido.
Lo único que no pudo hacer fue colgarse la espada en la cintura, como había hecho Gaballufix. En cambio limpió sus huellas del puño y la arrojó cerca de la cabeza. Se echó a reír. Allá van mis ropas, con las que hoy me vieron muchísimos testigos. ¿Por qué tratar de ocultarme, si las dejo allí?
Y las dejaré allí, pensó Nafai. Las dejo como si ése fuera mi propio cadáver. El disfraz de un niño. Ahora uso ropa de hombre. Y no de cualquier hombre. El hombre más ruin y monstruoso que conozco. Sus ropas me quedan bien.
Se deslizó el manto del disfraz de soldado encima de la cabeza. No se sentía distinto, pero supuso que su apariencia había cambiado. Se alejó del cadáver. No sabía adonde ir. No sabía nada.
Regresó hacia el cuerpo. Había dejado algo, estaba seguro. Pero sólo había dejado la ropa y la espada. Así que cogió la espada a pesar de todo, enjugó la sangre en su vieja ropa y se la calzó en el cinturón.
Podía seguir el viaje. Hacia la casa de Gaballufix, desde luego. Ahora lo sabía con certeza. Ahora pensaba con claridad. Los pantalones le enfriaban e irritaban las piernas. La coraza era pesada. Le costaba andar con la espada energética. Ésta era la sensación de ser Gaballufix, pensó Nafai. Esta noche soy Gaballufix.
Tengo que darme prisa. Antes de que hallen el cuerpo.
No. El Alma Suprema les impedirá descubrir el cuerpo, al menos durante un rato. Hasta que por la mañana haya tantas personas que el Alma Suprema no pueda influir sobre todas al mismo tiempo. Así que tengo tiempo.
Subió por la Calle de la Fuente, cambió de parecer. Enfiló hacia Calle Larga y se aproximó a la casa de Gaballufix por detrás. En el callejón encontró la puerta donde Elemak había entrado tantos —o tan pocos— días antes. ¿Estaría trabada?
Lo estaba. ¿Qué hacer? Dentro habría alguien esperando. Vigilando. ¿Cómo podía él, vestido como un vulgar soldado, exigir la entrada a esas horas? ¿Y si en el interior le hacían desactivar el traje? Lo reconocerían de inmediato. Peor aún, reconocerían la ropa de Gaballufix y sabrían que sólo había un modo de entrar usando las ropas de su amo.
No, dos modos.
Gaballufix debía de haber regresado borracho en otras ocasiones.
Nafai trató de recordar la voz de Gaballufix. Áspera y ronca. Con un susurro gutural. Nafai podía imitarla, y además no tenía que ser perfecta, pues Gaballufix estaba borracho —era evidente, pues apestaba—, así que la voz podía resbalar, y él se tambalearía y caería y…
—¡Abrid la puerta! —rugió. Eso era pésimo, no se parecía en nada a Gaballufix.
—¡Abrid las puertas, idiotas, soy yo!
Eso estaba mejor. Además, el Alma Suprema los distraería un poco, los alentaría a pensar en otras cosas para que Gaballufix no les pareciera tan cambiado esa noche.
La puerta se abrió unos centímetros. Nafai la empujó bruscamente y se abrió paso a empellones.
—Me impedías entrar en mi propia casa. Debería enviarte de regreso en un ataúd, debería devolverte a tu padre en pedazos.
Nafai no sabía cómo hablaba habitualmente Gaballufix, pero imaginó que sería desagradable y violento, sobre todo cuando estaba borracho. Nafai no había visto a muchos borrachos. Algunas veces en las calles, y con mayor frecuencia en los teatros, aunque ésos eran actores que fingían estar borrachos.
Pensó: Soy un actor, a fin de cuentas. Pensaba que terminaría por serlo, y aquí estoy.
—Déjame ayudarte, señor —dijo el hombre.
Nafai no lo miró. Tropezó y cayó de rodillas, se arqueó.
—Creo que voy a vomitar —jadeó. Se tocó la caja del cinturón y desactivó el traje. Sólo un instante. Sólo para que quien estuviera en la habitación viera la ropa de Gaballufix, mientras Nafai ocultaba el rostro y el cabello al encorvarse. Luego activó de nuevo el traje. Trató de imitar arcadas, y lo hizo tan bien que tuvo náuseas y sintió la bilis y el ácido en la garganta.
—¿Qué necesitas, señor? —preguntó el hombre.
—¿Quién guarda el índice? —ladró Nafai—. Hoy todos quieren el índice… Pues bien, yo lo quiero ahora.
—Zdorab —dijo el hombre.
—Llámalo.
—Está dormido…
Nafai se levantó penosamente.
—¡Nadie duerme en esta casa cuando yo ordeno lo contrario!
—Lo traeré, señor, perdona. Sólo pensé…
Nafai se volvió torpemente hacia él. El hombre se alejó con una mueca de horror. ¿Exagero demasiado? No había modo de saberlo. El hombre se alejó pegado a la pared y se escabulló por una puerta. Nafai ignoraba si regresaría con soldados para arrestarlo.
Regresó con Zdorab. O, al menos, Nafai supuso que era Zdorab. Pero tenía que asegurarse. Se le acercó y le respiró en el rostro.
—¿Eres Zdorab?
Para que el hombre imaginara que Gaballufix estaba tan borracho que no veía bien.
—Sí, señor —dijo el hombre. Parecía asustado. Bien.
—Mi índice. ¿Dónde está?
—¿Cuál?
—El que querían esos hijos de puta… los chicos del Wetchik… ¡El índice, por el Alma Suprema!
—¿El índice Palwashantu?
—¿Dónde lo has puesto, canalla?
—En la bóveda. No sabía que querías tenerlo a mano. Nunca lo usaste antes, así que pensé…
—¡Puedo mirarlo si quiero!
Deja de hablar tanto, se dijo. Cuanto más digas, más le costará al Alma Suprema evitar que este hombre dude de tu voz.
Zdorab lo condujo por un pasadizo. Nafai, como parte de su actuación, tropezaba con las paredes. Cuando chocó del lado donde Elemak le había pegado con mayor fuerza, sintió un aguijonazo en el flanco, desde el hombro hasta la cadera. Gruñó de dolor, pero supuso que eso volvería su actuación más convincente.
Mientras avanzaban por el piso inferior de la casa, comenzó a sentir nuevos temores. ¿Y si tenía que identificarse para abrir la bóveda? ¿Un registro retinal? ¿Una huella dactilar?
Pero la puerta de la bóveda estaba abierta. ¿El Alma Suprema había influido para que alguien se olvidara de cerrarla? ¿O era cuestión de suerte? ¿Soy un títere de la fortuna, se preguntó Nafai, o una marioneta del Alma Suprema? ¿O al menos estoy escogiendo libremente una parte de mi intervención en la labor de esta noche?