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La memoria de la Tierra [The Memory of Earth - es]

Электронная книга - «La memoria de la Tierra [The Memory of Earth - es]». Краткое содержание книги:

Desde hace 40 millones de años la colonia humana del planeta Armonía ha sido regida por un poderoso ordenador conocido como Alma Suprema, que es venerado casi como un dios. Su misión consiste en mantener alejado al hombre de la capacidad destructiva que le obligó a abandonar la Tierra. La tecnología apenas existe en Armonía. Hay ordenadores y placas solares, pero el medio de transporte es el caballo y la única arma, la espada «energética». Alma Suprema, sin embargo, ha detectado fallos en sus propios sistemas y sólo podrá evitar una guerra catastrófica viajando a la Tierra de nuevo. Para ello debe escoger a un hombre íntegro y revelarle el antiguo conocimiento de los viajes a través de las estrellas.
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Un barro tibio. No, caliente.

—Hemos llegado —dijo Luet—. No podemos bajar al agua, que viene de una profunda grieta de la corteza del mundo, donde es tan caliente que hierve y despide vapor. El agua nos escaldaría hasta pelarnos los huesos si nos quedáramos sumergidos mucho tiempo, aun cerca de la costa.

—¿Y cómo hacen las mujeres…?

—Adoramos cerca del otro extremo, donde el lago recibe helados arroyos de montaña. Algunas se sumergen en las aguas más frías. Pero en general recibimos visiones cuando flotamos en el lugar donde confluyen las aguas frías y calientes. Un sitio turbulento donde el agua gira sin cesar, congelando y quemando alternativamente. El lugar donde se encuentran el corazón del mundo y su superficie más gélida. Un lugar donde los dos corazones de cada mujer se convierten en uno.

—No es para mí —objetó Nafai.

—Lo sé. Pero aquí nos ha traído el Alma Suprema, así que aquí nos quedaremos.

Y entonces, lo que Nafai más temía. Una mujer, a poca distancia.

—Ya os aseguré que había oído una voz de hombre. Venía de allá.

Se acercaron faroles y muchas mujeres. Sus pies chapoteaban al pisar el barro caliente, y hacían ruidos de succión al desprenderse. ¿Cuánto me he hundido en el barro?, se preguntó Nafai. ¿Les costará sacarme? ¿O simplemente me sepultarán vivo, dejando que el barro decida si debe cocerme o asfixiarme?

—Yo lo he traído —declaró Luet.

—Es Luet —dijo una anciana. Un murmullo recogió el nombre y lo transmitió a la muchedumbre.

—El Alma Suprema me condujo hasta aquí. Este hombre no es como los demás. El Alma Suprema lo ha escogido.

—La ley es la ley —declaró la anciana—. Has asumido la responsabilidad, pero eso sólo desplaza el castigo. Tú en vez de él.

Nafai notó lo tensa que estaba Luet. Comprendió: Entiende al Alma Suprema tanto como yo. Tal vez al Alma Suprema no le importe si ella vive o muere, y quizá se contente con dejarle pagar con la vida por haberme salvado.

—Muy bien —declaró Luet—. Pero debéis llevarle a la Puerta Privada, y ayudarle a atravesar el bosque.

—¡No puedes darnos órdenes, infractora! —exclamó una mujer. Pero otras la silenciaron. Nafai comprendió que Luet era muy respetada, aun cuando hubiera cometido una falta.

La multitud se entreabrió para ceder el paso a una mujer que apareció como un fantasma en la niebla. Iba desnuda, y como estaba limpia Nafai tardó en comprender que era una agreste. Sólo cuando se aproximó y cogió la manga de Luet, Nafai pudo verle el cutis curtido y seco, el rostro arrugado y enjuto.

—Tú —susurró Luet.

—Tú —repitió la agreste.

Entonces la sagrada mujer del desierto encaró a la anciana que parecía estar al mando de aquel grupo de justicieras.

—Ya la he castigado —declaró.

—¿Qué quieres decir? —preguntó la anciana.

—Soy el Alma Suprema, y afirmo que ella ya recibió mi castigo.

La anciana miró a Luet con incertidumbre.

—¿Es verdad, Luet?

Nafai quedó estupefacto. ¿Tanto confiaban en Luet que le pedían que confirmara o negara un testimonio que podía costarle o salvarle la vida, según su propia respuesta?

Esa confianza se justificaba, pues la respuesta de Luet no incluyó ninguna súplica a favor de sí misma.

—Esta mujer sagrada sólo me abofeteó. ¿Cómo puede ser castigo suficiente para esto ?

—Yo la he traído aquí —dijo la agreste-—. Le he hecho traer a este muchacho. He mostrado a este varón grandiosas visiones, y le mostraré más aún. Honraré su simiente, y engendrará una gran nación. Que nadie lo detenga en su marcha por el agua y el bosque, y en cuanto a ella, lleva la marca de mi mano en el rostro. ¿Quién puede tocarla cuando yo he saldado cuentas con ella?

—Es en verdad la voz de la Madre —dijo la anciana.

—La Madre —murmuraron algunas.

—El Alma Suprema —susurraron otras.

La mujer sagrada se encaró nuevamente a Luet y le tocó los labios con el dedo. Luet le besó suavemente el dedo y por un instante Nafai anheló saborear aquella dulzura. Luego la expresión de la agreste se alteró. Era como si un alma más brillante le hubiera iluminado el rostro y ahora se hubiera ido; parecía distraída, confundida. Miró alrededor sin reconocer y se perdió en la niebla.

—¿Era tu madre? —susurró Nafai.

—No. La madre de mi cuerpo ya no es sagrada. Pero, en mi corazón, todas las mujeres sagradas son mi madre.

—Bien dicho —declaró la anciana—. Es una niña elocuente.

Luet inclinó la cabeza. Cuando la irguió, tenía lágrimas en las mejillas. Nafai no entendía qué sucedía allí, ni qué significaba para Luet; sólo sabía que su vida había corrido peligro, y luego la de Luet, y ahora el peligro había pasado. Eso era suficiente para él.

La agreste había dicho que nadie debía detenerlo en su paso por el agua y el bosque. Al cabo de una breve deliberación, las mujeres decidieron que esto significaba que debía atravesar el lago desde ese punto hasta la otra orilla, desde lo caliente hasta lo frío; Nafai ignoraba cómo deducían esto a partir de las pocas palabras de la mujer sagrada, pero a menudo se había sorprendido de los muchos sentidos que los sacerdotes hallaban en las sagradas escrituras de la religión de los hombres. Aguardaron unos minutos, hasta que varias mujeres llamaron desde el agua. Sólo entonces Luet lo llevó a un lugar desde donde podía ver el lago. Ahora entendía de dónde surgía la niebla: vaharadas de vapor brotaban del agua. Dos mujeres conducían un bote largo y bajo hacia la costa, una remando, la otra al timón. La proa del bote era cuadrangular y baja, pero como no había olas en el lago y remaban suavemente, no había peligro de que entrara agua por la proa. Se aproximaron a la costa hasta encallar. Aún quedaban varios metros de agua entre el bote y los bajíos de lodo donde se hallaban Nafai y Luet. El barro estaba decorosamente caliente, de modo que Nafai tenía que mantener los pies en movimiento para no escaldarse. ¿Qué sentiría al caminar en las aguas?

—Camina con firmeza —le susurró Luet—. Cuanto menos salpiques, mejor, así que no debes correr. Si caminas sin pausa, llegarás pronto al bote, y el dolor pasará rápidamente.

De forma que ella lo había hecho antes. Bien, si Luet podía soportarlo, también él. Avanzó hacia el lago. Las mujeres jadearon.

—No —dijo Luet—. En este lugar, donde eres un niño y un forastero, alguien debe guiarte.

¿Yo, un niño? ¿Comparado contigo? Pero Nafai comprendió que Luet estaba en lo cierto. Al margen de la edad, aquel lugar era de ella, no de él; ella era la adulta y él era el chiquillo.

Ella marcó el ritmo, ágil pero sereno. Nafai sentía que el agua le quemaba los pies, pero no era honda y no salpicó demasiado, aunque sus movimientos no eran tan gráciles ni certeros como los de Luet. El trayecto hasta el bote duró una eternidad, mil pasos punzantes, sobre todo mientras aguardó a que ella abordara la embarcación. Luet le ayudó a subir al bote y Nafai sintió aguijonazos tan profundos que temió mirarse los pies pensando que el calor le había arrancado la carne. Pero cuando miró, la piel parecía normal. Luet usó el vuelo de la falda para enjugarle los pies. La mujer que impulsaba el bote clavó el remo en el barro y dio un empellón, haciendo ondular los músculos de sus macizos brazos con el esfuerzo. Nafai se puso frente a Luet y le cogió las manos mientras se deslizaban por el agua.

Ese breve viaje fue el más extraño de su vida. La niebla creaba una atmósfera mágica e irreal. Pasaban en silencio junto a grandes rocas que surgían del agua y pronto se perdían de vista como si hubieran cesado de existir. La temperatura aumentaba, y el agua burbujeaba en ciertos sitios; eludieron esos puntos. El bote no se calentaba, pero el aire era tan tórrido y húmedo que pronto quedaron empapados, con la ropa pegada al cuerpo. Nafai advirtió por primera vez que Luet tenía silueta de mujer; las curvas no eran muy marcadas, pero sí lo suficiente para que nunca más la viera como una niña. De pronto sintió vergüenza de cogerle las manos, pero tenía miedo de soltarla. Necesitaba tocarla, como un niño que aferra la mano de la madre en la oscuridad.

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