Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Серия: Saga del retorno #5
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6678-0
- Переводчик: Carlos Gardini
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]». Краткое содержание книги:
—No tenía derecho a amarlos más que a mí.
—Su amor por ellos nos salvó la vida.
—Sí, Luet, y también los benefició a ellos. Prosperan, son felices. A ojos de Padre, ellos son sus hijos. Mejores hijos que yo.
Y Padre tiene razón, pensó Luet a su pesar.
—No hay nada que ellos hayan logrado, nada en su relación con Padre, que no estuviera a tu alcance.
—Mientras yo admitiera que no había diferencia de valor entre el torturado y el torturador.
—Qué tontería, Akma. Ellos tenían que cambiar para que Padre los aceptara. Tenían que convertirse en otras personas.
—Pues yo no he cambiado. Yo no he cambiado.
Era la conversación más personal que Luet había tenido con Akma en años, y deseaba continuar con ella, pero en ese momento la multitud lanzó un rugido porque traían a la acusada, protegida por ocho guardias. Era otra vieja tradición, iniciada después de que en varios casos el acusado fuera asesinado en el tribunal antes de la conclusión del juicio, o secuestrado para ser sometido a otra clase de juicio en otro lugar. Aquellos guardias aún cumplían una función práctica. Hacía menos de diez años que habían asesinado a un acusado en un tribunal, aunque en la incivilizada capital de la provincia de Trubi, en el extremo del valle del Tsidorek. Aun así, nadie pensaba que Shedemei corriera peligro. Se trataba de un caso de prueba, de una lucha de poder, y sus denunciantes no sentían por ella una especial inquina.
—Mira cuánto orgullo —dijo Akma, gritando para que su hermana le oyera.
¿Orgullo? Sí, pero no con esas ínfulas que algunos demostraban cuando los llevaban a juicio. Shedemei se comportaba con sencilla dignidad, mirando en torno serena, sin temor, sin vergüenza.
Luet había pensado que ningún acusado podía comparecer a juicio sin sentir al menos cierto embarazo por verse convertido en un espectáculo público; pero Shedemei parecía tan distante como un espectador poco interesado.
Y sin embargo aquel juicio le interesaba, pues lo había buscado. Quería que aquello sucediera. ¿Acaso sabía cuál sería el resultado, tal como conocía de antemano las acusaciones?
—¿Te ha dicho Padre qué decidirá su títere? —le gritó Akma al oído.
Luet lo ignoró. Los guardias avanzaban despacio por la galería atestada, obligando a la gente a sentarse. Tardarían un rato en silenciar a la bulliciosa muchedumbre.
Luet sintió ganas de abofetear a esa gente, porque la algarabía había impedido que Akma le desnudara su alma. Eso era lo que él hacía. Por alguna razón, había escogido aquel momento para… ¿para qué? Para buscar su comprensión. Eso era. Estaba a punto de llevar a cabo un acto, un acto público. Quería justificarse ante ella. Recordarle que Padre había sido el primero en cometer una deslealtad terrible. ¿Y por qué? Porque Akma estaba preparando su propio y terrible acto de deslealtad: una traición pública.
Akma testificaría. Lo convocarían como erudito, como experto en enseñanzas religiosas sobre los nafari. Ciertamente estaba cualificado, siendo como era el alumno preferido de Bego. Y aunque en su familia y en la casa real se sabía que Akma ya no creía en la existencia del Guardián, eso no impediría que testificara acerca de las antiguas creencias y costumbres.
Luet apoyó la mano en el brazo de Akma, le hundió los dedos en la muñeca.
El gritó de dolor, apartando el brazo. Ella se le acercó.
—¡No lo hagas! —le gritó al oído.
—¿Que no haga qué?
Ella sólo pudo entender las palabras leyéndole los labios.
—¡No puedes perjudicar al Guardián! —exclamó—. ¡Sólo perjudicarás a la gente que te ama!
Él sacudió la cabeza. No la oía. No entendía sus palabras.
La multitud empezaba a callar. Al fin murió el último murmullo. Luet podría haberle hablado de nuevo, pero Akma estaba atento al juicio. La oportunidad había pasado.
—¿Quién habla en nombre de los demandantes? —preguntó Pabul.
kRo se adelantó.
—KRo —dijo.
—¿Y quiénes son los demandantes?
Cada cual avanzó por turno, dando su nombre. Tres humanos y dos ángeles, todos hombres eminentes: uno retirado del ejército, los otros hombres de negocios o relacionados con la cultura. Todos de renombre en la ciudad, aunque ninguno ocupaba un puesto que un rey airado pudiera arrebatarle en represalia.
—¿Quién habla en nombre de la acusada? —preguntó Pabul.
—Yo hablaré en mi propio nombre —respondió Shedemei firme y claramente.
—¿Quién es la acusada? —preguntó Pabul.
—Shedemei.
—Tu familia no es conocida aquí —dijo Pabul.
—Vengo de una ciudad remota que fue destruida hace muchos años. Mis padres, mi esposo y mis hijos han fallecido.
Luet oyó esto boquiabierta. No había rumores sobre aquello en la ciudad. Shedemei nunca debía haber hablado de su familia. ¡Había tenido esposo e hijos, y habían fallecido! Tal vez eso explicaba el silencio que Shedemei parecía guardar en el lugar más profundo de su corazón. Su auténtica vida había terminado, no temía la muerte porque en cierto modo ya estaba muerta. ¡Sus hijos muertos antes que ella! No era así como debía ser el mundo.
—He vagado mucho tiempo —continuó Shedemei— hasta encontrar una tierra de paz donde pudiera enseñar aquello que los niños quisieran aprender, si sus padres estaban dispuestos a mandármelos.
—¡Amante de los cavadores! —gritó alguien desde el público.
Ya no era momento para el bullicio; dos guardias se acercaron al alborotador y lo expulsaron al instante. Alguien podría entrar para ocupar su lugar.
—El tribunal está listo para oír las acusaciones —dijo Pabul.
kRo se embarcó de inmediato en una enumeración de los presuntos delitos de Shedemei, y esta vez no se trataba de las escuetas declaraciones que constaban en la lista de cargos. No, cada cargo se convirtió en una narración, un ensayo, un sermón. Era una presentación muy vistosa, pensó Luet: Shedemei ofendiendo a las jóvenes ángeles y humanas de la ciudad obligándolas a asociarse con las mugrientas e ignorantes hijas de los cavadores del río de las Ratas. Shedemei atentando contra las antiguas enseñanzas de los sacerdotes.
—Y citaré testigos que explicarán por qué las enseñanzas de esta mujer constituyen una ofensa a la tradición de los nafari.
Akma, pensó Luet.
—Ella insulta la memoria de Madre Rasa, esposa del Héroe Volemak, el gran Wetchik, padre de Nafai e Issib…
Volemak también era padre de Elemak y Mebbekew, quería replicar Luet, y Rasa no tenía nada que ver con la concepción de aquellos dos. Pero se mordió la lengua. Sería escandaloso que expulsaran del tribunal a la hija del sumo sacerdote.
—… al declarar que Rasa necesita más honor que el que obtuvo mediante su matrimonio con Volemak. Y al conferirle este honor redundante, ella emplea un honorífico masculino, ro, que significa «gran maestro», y lo utiliza como sufijo de un nombre de mujer. ¡Llama a su escuela la casa de Rasaro! ¡Como si Rasa hubiera sido un hombre! ¿Qué aprenden sus alumnas con sólo trasponer la puerta? ¡Que no hay diferencias entre hombres y mujeres!
Para desconcierto de Luet, y de todos, Shedemei habló, interrumpiendo la perorata de kRo.
—Soy nueva en vuestro país —dijo—. Decidme el honorífico femenino que significa «gran maestra» y lo usaré con gusto.
kRo esperó a que Pabul la reprendiera.
—No es costumbre que el acusado interrumpa al acusador —dijo Pabul con voz contenida.
—No es costumbre —dijo Shedemei—. Pero tampoco es ley. Y hace sólo cincuenta años, en el reino de Motiak, el difunto abuelo del rey, era frecuente que el acusado pidiera aclaraciones si la declaración del acusador era confusa.
—¡Todos mis discursos son perfectamente claros! —replicó kRo.