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Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]

Электронная книга - «Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]». Краткое содержание книги:

En esta nueva entrega de «La Saga del Retorno», Shedemei y el Alma Suprema supervisan, ya en la Tierra, la evolución de los humanos descendientes de Nafai y Elemak y su interacción con las nuevas especies que habían evolucionado en el planeta. Surgen de nuevo los problemas de siempre: racismo, explotación, enfrentamientos tribales, etc. El recurso de la hibernación permite mantener la presencia de Shedemei y su poderoso manto de capitana en un papel que deviene mítico y, en cierta forma, bíblico. Pero el misterio sigue siendo al paradero del Guardián de la Tierra cuya presencia, pese a todo, Shedemei y el Alma Suprema creen percibir, de vez en cuando, de forma siempre sutil e imprecisa.
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—¿Hubo un sueño verdadero relacionado con esto? —preguntó Motiak.

—¡Hubo un sueño! —exclamó Akmaro—. ¡No puedes hacerme esto!

—Es una ofensa contra la autoridad religiosa —dijo Motiak—. Que lo juzgue la autoridad religiosa.

—¡Esto no resuelve nada! —insistió Akmaro—. ¡El caso sigue siendo muy complicado!

—Pero, como bien ha señalado Didul —dijo Motiak—, de este modo no atentará contra la autoridad del rey y la paz del reino. Haré que se redacte mi decisión en una corteza de inmediato, Akmaro. Sólo el sumo sacerdote puede juzgar este caso; contarás con plenos poderes.

—No los condenaré a muerte —dijo Akmaro—. No lo haré.

—Creo que será mejor que medites sobre la ley con serenidad. Piensa en las consecuencias de tu decisión.

—¡Nadie puede pertenecer a los Guardados si sigue al Guardián por temor a la ejecución! —exclamó Akmaro.

—Estará en tus manos —dijo Motiak—. Akmaro, perdóname, pero en todo caso las consecuencias serán menos terribles si la decisión es tuya y no mía. —Motiak se levantó y salió de la sala.

Se hizo un silencio que Akmaro interrumpió con un susurro cortante.

—Didul, no me pidas que te perdone por volver esta situación en mi contra. Didul palideció.

—No pido tu perdón, pues no obré mal. Y estoy de acuerdo contigo. Nadie debe morir por hablar contra la doctrina que predicas.

—Pues bien, y en tu infinita sabiduría, Didul, ¿tienes alguna sugerencia acerca de lo que debo hacer?

—No sé qué debes hacer —dijo Didul—. Pero creo saber lo que harás.

—¿Y qué haré?

—Los declararás culpables, pero modificarás la pena.

—¿Y cuál impondré? ¿Descuartizamiento? ¿Corte de la lengua? ¿Flagelación pública? ¿Incautación de propiedades? Ah, ya sé… tendrán que vivir un año en un túnel con los cavadores que tanto desprecian.

—Con toda la autoridad del Guardián, no puedes devolver a alguien una mano o una lengua, no puedes sanar las heridas del látigo en la espalda, no puedes crear nuevas tierras o propiedades. Sólo tienes poder para enseñarles cómo desea el Guardián que vivan sus hijos, y luego hacerles atravesar las aguas y convertirlos en hombres y mujeres nuevos, hermanos y hermanas en la Casa del Guardián. Como eso es lo único que puedes darles, eso es lo único que tienes derecho a quitarles si rechazan tus enseñanzas.

Akmaro miró fijamente a Didul.

—Habías pensado en eso, ¿verdad? Lo tenías en mente antes de venir aquí.

—Sí —dijo Didul—. Pensé que así irían las cosas.

—Pero no te molestaste en decírmelo hasta que persuadiste al rey a echarme esta carga encima.

—Mientras el rey no pusiera el caso en tus manos, no tenía motivos para hacer sugerencias en cuanto a su resolución.

—He traído una serpiente a mi casa —dijo Akmaro. Didul tembló al oír estas palabras.

—Oh, no te ofendas, Didul. Las serpientes son sabias. También cambian de piel y se convierten en hombres nuevos de cuando en cuando. Algo que aparentemente yo necesito. Entonces declararé que la única pena por predicar contra el sumo sacerdote consiste en ser expulsado de la Casa del Guardián. ¿Y después qué, Didul? ¿Comprendes lo que sucederá?

—Sólo se quedarán en ella los creyentes.

—Subestimas la crueldad de los hombres y las mujeres, Didul. Sin la amenaza del castigo, los gusanos saldrán de debajo de las piedras. Los matones. Los torturadores.

—Conozco a esa gente —murmuró Didul.

—Debes partir de inmediato —dijo Akmaro—. Cuando este decreto se difunda mañana, querrás estar en Bodika para ayudar a los Guardados de allí a afrontar lo que sin duda sucederá.

—Hablas como si esto fuera culpa mía —protestó Didul—. Antes de irme, tengo derecho a que admitas en mi presencia que no hice más que expresar lo que inevitablemente habrías decidido tú mismo.

—¡Sí! —barbotó Akmaro—. Y no estoy enfadado contigo. Sí, habría tomado esta misma decisión porque es justa. Pero no sé qué pasará con los Guardados, con la Casa del Guardián. Tengo miedo, Didul. Por eso estoy furioso.

—Es la Casa del Guardián, no la nuestra. El Guardián nos mostrará una salida.

—A menos que el Guardián esté poniendo Darakemba a prueba, para ver si somos dignos. Recuerda que el Guardián también puede optar por rechazarnos tal como rechazó a los rasulum cuando el mal triunfó entre ellos. Sus huesos cubren kilómetros de arena en el desierto.

—Tendré en cuenta ese alegre pensamiento mientras regreso —dijo Didul.

Se levantaron de la mesa. Akmaro y Chebeya se marcharon. Edhadeya detuvo a Didul en la puerta.

—¿Has decidido algo sobre Luet? —preguntó.

Didul tardó un instante en comprender de qué hablaba.

—Oh. Sí. Anoche decidí que hoy hablaría con ella… pero ahora tengo trabajo que hacer. No es buen momento para el amor ni el matrimonio, Edhadeya. Tengo responsabilidades más importantes.

—¿Más importantes? —preguntó ella incisivamente—. ¿Más importantes que el amor?

—Si no creyeras que el servicio al Guardián es la más alta responsabilidad, hace tiempo que te habrías unido a Akma por amor a él. Pero no lo has hecho, porque sabes que a veces el amor está en segundo lugar.

Didul se marchó.

Edhadeya se apoyó en la jamba largo tiempo, reflexionando sobre aquellas palabras. Amo a Akma, y sin embargo nunca he pensado en unirme a él rechazando al Guardián. Pero no es porque ame más al Guardián, como Didul. Es porque sé lo que sé, y para estar con Akma tendría que mentir. No renunciaré a mi honestidad por un hombre. No hay nada de noble en eso y sí en el sacrificio de Didul. Tal vez mi honor también sea una manera de servir al Guardián.

9. PERSECUCIÓN

Al principio Didul creyó que sus temores eran exagerados. La asistencia a la Casa del Guardián de Bodika no disminuyó. Más aún, los rumores que circulaban por la provincia eran favorables. Habían juzgado a Shedemei por enseñar que todos los pueblos eran hermanos a ojos del Guardián, y sobre todo por permitir que las hijas de los pobres, las hijas de los ex esclavos, asistieran a la escuela, comieran y trabajaran con las hijas de los humanos y de los ángeles. Que se desestimaran los cargos y los demandantes fueran acusados resultó alentador.

Pero poco a poco la comunidad comprendió que Akma-ro, al negarse a ejecutar a los herejes que habían acusado a Shedemei, había cambiado la ley. La pena por una ofensa contra la religión oficial del estado consistía únicamente en la expulsión de la Casa del Guardián. ¿Pero qué clase de pena era ésa para quienes no creían? Akmaro quedaba confirmado como arbitro de la doctrina de la religión estatal, pero la pena que protegía la ley era tan poco severa que no creer ni siquiera era delito.

¿Qué significaba aquello? La mayoría de la gente sólo había conocido una clase de religión, la consistente en los ritos oficiales celebrados por los sacerdotes del rey en cada ciudad. Esos sacerdotes se habían quedado sin trabajo hacía trece años; los había reemplazado una mezcolanza de sacerdotes y maestros que, en vez de limitarse a los rituales públicos, se dedicaban a recoger comida para ayudar a los pobres y a enseñar extrañas y nuevas doctrinas acerca de la igualdad de todos los pueblos, algo que era claramente antinatural. Como decía la mayoría, estaba bien liberar a los cavadores esclavos que habían trabajado diez años, estaba bien decir que los hijos de los esclavos nacían libres, pero todos sabían que los cavadores eran aborrecibles, estúpidos e incivilizados. Educarlos para algo que no fuera el trabajo manual era un derroche de dinero. Era incomprensible que la religión estatal se obstinara en ir contra el funcionamiento obvio del mundo.

Pero nadie decía nada, salvo algunos fanáticos que odiaban a los cavadores y murmuraban en secreto. A fin de cuentas, la ley establecía que uno no debía hablar en contra de la religión de los sacerdotes del rey.

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