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Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]

Электронная книга - «Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]». Краткое содержание книги:

En esta nueva entrega de «La Saga del Retorno», Shedemei y el Alma Suprema supervisan, ya en la Tierra, la evolución de los humanos descendientes de Nafai y Elemak y su interacción con las nuevas especies que habían evolucionado en el planeta. Surgen de nuevo los problemas de siempre: racismo, explotación, enfrentamientos tribales, etc. El recurso de la hibernación permite mantener la presencia de Shedemei y su poderoso manto de capitana en un papel que deviene mítico y, en cierta forma, bíblico. Pero el misterio sigue siendo al paradero del Guardián de la Tierra cuya presencia, pese a todo, Shedemei y el Alma Suprema creen percibir, de vez en cuando, de forma siempre sutil e imprecisa.
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—No creo que Akma los quiera, tampoco. Todavía te odia, naturalmente…

—Naturalmente… —dijo secamente Didul.

—Pero… se está concentrando en otras cosas.

—Lo que quiero saber es si tiene algo que ver con esas acusaciones contra Shedemei.

—¿No es maravillosa? ¿La has conocido?

—Esta mañana. Fue bastante agotador, en realidad. Prácticamente me arrinconó hasta convencerse de que yo no era un jaguar disfrazado de pavo.

—¿Sabía algo sobre tu pasado?

—Como si me hubiera observado constantemente. Lo sabía todo. Era escalofriante, Luet. Me preguntó…

—¿Qué?

Didul se estremeció.

—Me preguntó si había disfrutado cuando te golpeaba. Luet le apoyó una mano en el hombro.

—Fue cruel de su parte. Yo te he perdonado… ¿qué le importa a ella?

—Dijo que estaba comprobando si una persona podía cambiar de veras. Trataba de averiguar si antes yo era realmente malvado, y ahora un hombre realmente virtuoso, o si antes era malvado y ahora fingía ser bueno, o si era bueno siempre y sólo estaba mal aconsejado.

—¿De qué le serviría a ella averiguarlo?

—Oh, se me ocurren varias cosas. En todo caso, es una filósofa moral. Uno de los grandes interrogantes es si los seres humanos son realmente capaces de cambiar o si todos los cambios aparentes sólo consisten en una adaptación del carácter ya existente a otra situación moral… ya sabes. Filosofía. Pero nunca conocí a alguien que intentara medir sus ideas contra el mundo real de esta manera. Al menos, nunca he sido yo el mundo real que servía de medida.

—No se caracteriza por sus buenos modales, ¿verdad?

—Es mejor que tú —dijo Didul—. Me invitó a comer con ella al mediodía.

—Sabes muy bien que ya estás invitado a cenar con nosotros —dijo Luet, dándole un suave empellón.

Él le cogió la mano, riendo, pero de inmediato la soltó y procuró disimular su embarazo.

—Didul —dijo ella—, a veces eres muy raro. —Luego, mientras lo conducía a la casa, comentó por encima del hombro—. No te molesta que venga Edhadeya, ¿verdad?

—No, a menos que yo sea un estorbo.

Luet respondió con una carcajada.

En la cocina, Didul y Luet hablaron con Chebeya mientras la ayudaban a preparar la cena. Akmaro llegó a casa con tres jóvenes cavadores, dos varones y una muchacha, que trataban de convencerlo de que los aceptara como discípulos.

—No me bastan las horas del día —dijo él, y obviamente no era la primera vez, mientras lo seguían por la casa.

—No queremos que interrumpas tus actividades. Sólo déjanos seguirte.

—Como sombras.

—No diremos ni una palabra.

—A lo sumo te haremos una pregunta de vez en cuando.

Akmaro los interrumpió para presentarles a su esposa y a su hija. Antes de que pudiera mencionar a Didul, la joven cavadora retrocedió un paso y dijo:

—Tú debes ser Akma.

—No, no soy Akma —dijo Didul. La joven cavadora se relajó y se acercó.

—Lo lamento —dijo—. Supuse…

—Y ahora veis por qué no puedo consentir que me sigáis a todas partes —dijo Akmaro—. Akma es mi hijo. Si creéis en esos malignos rumores que habéis oído, no puedo permitir que os instaléis en mi casa.

—Lo siento —dijo ella.

—No lo sientas. Lamentablemente, algunos de esos rumores son ciertos. Pero debéis permitirme cierta intimidad, y si no habéis pensado en cenar aquí…

El joven cavador parecía dispuesto a aceptar la invitación, pero las dos muchachas se lo llevaron.

—Estudiad con los maestros —les dijo Akmaro—. Nos veremos con frecuencia si lo hacéis.

—Lo haremos —dijo uno de los jóvenes, remedando un tono amenazador—. Estudiaremos con tanto empeño que lo sabremos todo.

—Bien. Entonces yo iré a estudiar con vosotros, porque sé muy pocas cosas. —Akmaro cerró la puerta sonriendo.

—Ahora me siento culpable —dijo Didul—. Parece que continuamente obtengo aquello que ellos imploran. Si tener cavadores en casa causaría problemas con Akma, piensa cómo reaccionaría si intentaras tenerme a mí.

—Oh, tu caso es distinto —dijo Akmaro—. Por lo pronto, sabes tanto como yo.

—De ningún modo.

—Y podemos discutir como iguales. Eso no sería posible con ellos. Son demasiado jóvenes. No han vivido.

—Hay muchas cosas que yo no he hecho —dijo Didul.

—Como casarte… eso es verdad.

Didul se sonrojó y se puso a llevar los tazones de arcilla a la habitación de delante. Oyó que Luet reprendía en voz baja a su padre.

—¿Era preciso que lo avergonzaras de esa manera? —susurró.

—A él le agrada —respondió Akmaro en voz alta.

—Claro que no —dijo Luet.

Pero le agradaba.

Edhadeya llegó antes de la hora convenida. Didul la había visto un par de veces, y siempre en las mismas circunstancias, cenando con la familia de Akmaro.

A Didul le gustaba que ella y Luet fueran buenas amigas. Le agradaba que Luet no fuera servil, que ni siquiera fuera más respetuosa de la cuenta, aparte de la cortesía normal de la amistad. Era evidente que Luet conocía a Edhadeya como persona y que no pensaba en ella como en la hija del rey. Y Edhadeya, por su parte, se portaba con total espontaneidad en casa de Akmaro, sin el menor indicio de afectación, prepotencia o condescendencia. Su experiencia siempre había sido diferente de la de otras personas, pero parecía fascinada con los pensamientos y observaciones de los demás, y no se daba aires de superioridad.

La conversación pronto quedó encauzada hacia el tema del juicio, y Akmaro les suplicó que hablaran de otras cosas. Pasaron gran parte de la cena hablando de Shedemei. Didul escuchaba fascinado lo que decían de la escuela, y Edhadeya tenía tanto que decir que al fin él comprendió que ella, a diferencia de los otros, no recordaba una única visita.

—¿Cuántas veces has estado allí? —preguntó.

—¿Yo? —dijo Edhadeya, sonrojándose.

—No es que me importe —comentó Didul—. Pero hablas como si estuvieras… muy comprometida.

—Bien, he ido varias veces.

—¡Sin mí! —exclamó Luet.

—No era una visita de cortesía —dijo Edhadeya—. He ido a trabajar.

—Pero ella dijo que no podías.

—También me dijo que no esperara.

—¿Conque te ha dejado ayudar? —preguntó Luet—. Si lo ha hecho, nunca le perdonaré que no me haya aceptado.

—Nunca me ha permitido hacer nada —dijo Edhadeya.

—Pero sigues yendo —dijo Didul.

—Entro a hurtadillas —explicó Edhadeya—. No es difícil. La escuela no está vigilada. Entro en el patio si Shedemei no está allí, y ayudo a las niñas con sus lecturas. A veces cojo una fregona y un cubo de agua y limpio el suelo de un pasillo mientras los demás comen. En ocasiones he entrado y salido sin que Shedemei me viera, pero suele pillarme.

—Es raro que las alumnas y maestras no te denuncien en cuanto te ven —comentó Akmaro.

—En absoluto. Las niñas valoran mi ayuda. Y creo que las maestras también.

—¿Qué dice Shedemei cuanto te expulsa? —preguntó Didul.

—Es muy pintoresca. Me explica que cuando me dijo que no debía esperar quería decirme que no debía limitarme a esperar. Que debo vivir activamente, obteniendo experiencias que me ayuden a poner en perspectiva mi aprendizaje académico.

—¿Y por qué no haces lo que te pide? —preguntó Akmaro.

—Creo que entrar a hurtadillas en su escuela y enseñar sin que ella me pille es una experiencia excelente.

Todos rieron. Al fin dejaron de hablar de Shedemei para especular sobre cómo habría sido la Casa de Rasa, en el planeta Armonía, y de allí pasaron a hablar de la gente que había tenido sueños verdaderos del Guardián.

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