Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Серия: Saga del retorno #5
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6678-0
- Переводчик: Carlos Gardini
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]». Краткое содержание книги:
—A Pabul le va bien. Los demás nos las apañamos.
—Tú has mejorado con la edad… más que la mayoría de nosotros. La mayoría comenzamos siendo inocentes y nos estropeamos.
—Con un comienzo tan bajo, Edhadeya, no podía ir sino hacia arriba.
—Creo que no. Pero escucha, por favor. No quiero hablar de tu pasado. Sólo digo que gozas de gran admiración. Muchos lo dicen… Padre recibe informes de Bodika. Gozas de gran prestigio, y no sólo entre los Guardados.
—Eres amable al mencionarlo.
—Sólo repito lo que dicen otros. Que eres un hombre compasivo.
—Digan lo que digan, siempre puedo afirmar que yo hice algo peor, y que el Guardián puede aceptarte si cambias.
—Por favor, Didul, escucha. Tengo que saber algo de tus propios labios. Parece que amas a todo el mundo, que demuestras compasión por todo el mundo, que eres ingenioso y espontáneo… todos se sienten cómodos contigo.
—Salvo tú.
—Porque cuando estás conmigo, o cuando estás con Akmaro, eres tímido, y no te encuentras a tus anchas. Te sientes…
—Como un advenedizo.
—Fuera de lugar.
—Sí.
—Así que alguien podría preguntarse qué sientes en realidad por la familia de Akmaro. ¿Los amas? ¿,O sólo buscas constantemente su perdón?
Didul reflexionó.
—Los amo. Tengo su perdón desde hace años. El de los padres… el de Luet, cuando tuvo edad suficiente para entender. Ella era muy pequeña, y los niños suelen perdonar.
—Entonces alguien podría preguntarse, si confías en su perdón, por qué eres tan tímido, tan reservado cuando estás con ellos.
—¿Y quién se hace tantas preguntas, Edhadeya?
—Yo, y cállate. Alguien podría preguntarse, Didul, si parte de tu timidez se debe a que sientes algo especial por una persona de la familia pero no te atreves a hablar de ello.
—¿Me estás preguntando si amo a Luet?
—Gracias —dijo Edhadeya—. Sí, eso te estoy preguntando.
—Claro que la amo. Todo el que la conozca debe amarla. Edhadeya resopló de frustración.
—No juegues conmigo, Didul.
Didul alzó la antorcha para alumbrarse el rostro mientras hablaba.
—¿Puedes imaginar algo peor que el día en que Akma descubra que me casaré con Luet?
—Sí, claro que puedo. Lo peor sería que Luet se pasara la vida esperándote, día tras día, año tras año, y tú nunca fueras a buscarla.
—Ella no me espera.
—¿Se lo has preguntado?
—No hemos hablado de ello.
—Y Luet nunca lo hará, pues teme que no sientas nada por ella. Pero ella siente algo por ti. Soy indiscreta al contarte esto. Pero debes tomar una decisión basándote en toda la información disponible. Sí, Akma detestaría que fueras su cuñado. Pero Akma ya es enemigo de todo lo que defiende su padre. ¿Y por no lastimar sus sentimientos romperás el corazón de Luet, que te espera? ¿Cuál es el mayor mal? ¿Lastimar al que no ha perdonado, o lastimar a quien lo ha perdonado todo?
Didul siguió caminando en silencio. Llegaron a la puerta de la casa del rey.
—Eso era cuanto tenía que decirte —dijo Edhadeya.
—¿Puedo creerte? —susurró él—. ¿Puedo creer que ella se interesa por mí? ¿Después de lo que le hice?
—Muchas mujeres se comportan sin demasiada cordura cuando eligen a quien amar.
—¿También tú?
—Y te diré hasta qué punto, Didul. Cuando Luet y yo éramos más pequeñas, cada cual se enamoró del hermano de la otra. Ella se decidió por Mon, porque era el más cercano a mí. Y por supuesto yo amé a Akma desde lejos. —Edhadeya sonrió misteriosamente—. Luego Luet superó ese amor juvenil y encontró algo mucho más exquisito en su amor por ti. —Edhadeya rió ligeramente—. Buenas noches, Didul.
—¿No piensas terminar tu historia?
—Ya he terminado. —Edhadeya caminó hacia la puerta, y el guardia le abrió.
Didul se quedó bajo la trémula luz de la antorcha mientras cerraban la puerta.
Al fin el guardia le preguntó:
—¿Eres forastero? ¿Necesitas indicaciones?
—No, no… conozco el camino.
—Entonces será mejor que te largues. Tu antorcha no arderá para siempre, a menos que pienses quemarte el brazo con la llama.
Didul se lo agradeció con una sonrisa y se dirigió hacia la posada donde se alojaba. Akmaro y Chebeya lo invitaban a cenar, pero nunca a pernoctar. No era conveniente que estuviera allí, aunque fuese durmiendo, si Akma optaba por volver a casa.
Luet dejó de amar a Mon, pero Edhadeya nunca superó su amor juvenil por Akma. Debía de ser una situación difícil para ella. Al menos el hombre que amaba Luet era leal a la causa del Guardián. Edhadeya, una soñante verdadera, la hija del rey, amaba a un hombre que no creía en el Guardián y que despreciaba a los Guardados.
Tal vez yo no sea el peor esposo que cabe concebir. Tal vez pueda ofrecer algo a Luet, aparte de mi pobreza, de la furia de su hermano y del recuerdo de lo cruel que fui con ella de pequeña. ¿Le debía a Luet la oportunidad de oírle hablar de su amor y de pedirle que fuera su esposa, para que ella pudiera rechazarlo e infligirle un mínimo de la humillación y el dolor que él le había infligido?
Al instante se despreció por pensar eso. ¿Acaso no conocía a Luet? ¿Cómo podía pensar que ella querría hacerle daño a él o a cualquier otro? Edhadeya decía que Luet lo amaba. Y Didul sabía que él la amaba a ella. Akmaro, según decía, lo aprobaba. También Chebeya, siempre dando a entender que él formaba parte de la familia.
Hablaré con ella, decidió. Le hablaré mañana.
Apagó la antorcha en el cubo que había a la puerta de la posada y entró para tratar de dormir unas horas en vez de ensayar una y otra vez qué le diría a Luet, de imaginar una y otra vez la sonrisa y el abrazo de ella, o su sollozo y su huida precipitada, o su cara horrorizada y boquiabierta al preguntarle cómo osaba pedirle tal cosa.
Al fin se durmió. Y en sueños se vio a sí mismo de pie bajo un árbol, con Luet. El árbol estaba cargado de frutos blancos, pero quedaban fuera de su alcance. Ninguno de los dos llegaba tan arriba. «Álzame —decía Luet—. Álzame, y cogeré suficientes para los dos.»
Didul la alzaba, y ella se llenaba las manos de fruta, y cuando él la bajaba al suelo ella daba un mordisco y lloraba debido a la intensa dulzura del fruto. «Didul —susurraba—, no soporto que tú no lo pruebes. Muerde aquí, al lado de donde he mordido yo, para que puedas saborear exactamente lo que he saboreado.»
Pero en el sueño él no mordía la fruta, sino que besaba a Luet, y de sus propios labios saboreaba exactamente lo que ella había saboreado, y sí, era dulce.
El juicio era tan famoso que aun antes de que Didul se durmiera la gente ya se congregaba en el gran tribunal abierto. Al amanecer, cuando llegaron los guardias, condujeron a los madrugadores a las primeras filas. El asiento del juez estaba en la sombra, y así permanecería todo el día. Algunos pensaban que era para comodidad del juez, para protegerlo durante la canícula; pero en invierno podía hacer mucho frío a la sombra, sin un rayo de sol para calentarse. No, la sombra era para contribuir al anonimato del juez. La gente podía ver claramente dónde estaba la luz; los demandantes y el acusado estaban siempre a la luz, y si uno de ellos tenía un abogado que lo representara, éste recorría la zona soleada a lo largo y a lo ancho. Pero ningún abogado se internaba en la zona de sombra del juez. Algunos pensaban que era por respeto al honor del rey, encarnado en el juez, su representante. Pero los abogados sabían que si salían de la luz parecerían torpes, débiles, distantes, y que predispondrían al pueblo en su contra. El pueblo no tenía voz en la decisión, oficialmente, aunque en el pasado habían existido juicios famosos en los que al parecer el juez había llegado a un veredicto que le permitiera salir vivo del tribunal. Pero los abogados sabían que su reputación, que sus probabilidades de que los contrataran para otros casos dependían de la impresión causada en los asistentes.