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Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]

Электронная книга - «Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]». Краткое содержание книги:

En esta nueva entrega de «La Saga del Retorno», Shedemei y el Alma Suprema supervisan, ya en la Tierra, la evolución de los humanos descendientes de Nafai y Elemak y su interacción con las nuevas especies que habían evolucionado en el planeta. Surgen de nuevo los problemas de siempre: racismo, explotación, enfrentamientos tribales, etc. El recurso de la hibernación permite mantener la presencia de Shedemei y su poderoso manto de capitana en un papel que deviene mítico y, en cierta forma, bíblico. Pero el misterio sigue siendo al paradero del Guardián de la Tierra cuya presencia, pese a todo, Shedemei y el Alma Suprema creen percibir, de vez en cuando, de forma siempre sutil e imprecisa.
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—Shedemei invoca la antigua costumbre —dijo Pabul, complacido con la respuesta—. Te ha hecho una pregunta, kRo, y la costumbre exige que te expliques.

—No hay ningún honorífico femenino cuyo significado sea «gran maestra» —dijo kRo.

—¿Entonces cómo debo honrar a una mujer que fue una gran maestra? —preguntó Shedemei—. Quisiera evitar que las niñas ignorantes se confundan en cuanto a las diferencias entre hombres y mujeres.

Dijo esto con tono levemente irónico, sugiriendo que ningún honorífico podía inducir a confusión en un asunto tan obvio. Algunos espectadores de la galería rieron un poco. Esto irritó a kRo; era insultante que aquella mujer hubiera interrumpido un discurso que había memorizado escrupulosamente, obligándolo a improvisar respuestas.

Con un gesto de ostensible condescendencia, kRo le explicó a Shedemei:

—Las grandes mujeres pueden ser llamadas ya, que significa «mujer de gran compasión». Y como ella fue la esposa del padre del primer rey, no es inadecuado llamarla dwa, la madre del heredero.

Shedemei escuchó respetuosamente.

—Conque una mujer sólo puede ser valorada por su compasión —respondió luego—. ¿Todos los demás honoríficos se relacionan con su esposo?

—Así es —dijo kRo.

—¿Sugieres, pues, que una mujer no puede ser una gran maestra? ¿O que una mujer no puede ser llamada gran maestra?

—Sólo digo que, dado que el único honorífico para un gran maestro es masculino, el título «gran maestro» no se puede añadir al nombre de una mujer sin causar una ofensa contra natura —dijo kRo.

—Pero el honorífico ro viene de la palabra uro, que podía aplicarse tanto a un varón como a una mujer —puntualizó Shedemei.

—Pero uro no es un honorífico —dijo kRo.

—En todos los documentos antiguos, cuando comenzó la tradición de los honoríficos, lo que se agregaba al nombre era la palabra uro. Sólo hace trescientos años se elidió la u y el ro comenzó a añadirse al final del nombre, tal como se hace hoy en día. Sin duda habrás investigado todo esto.

—Nuestros testigos expertos lo hicieron —dijo kRo.

—Sólo trato de entender por qué una palabra que es demostrablemente neutra, y aplicable a ambos sexos, se debe considerar como una palabra estrictamente masculina —dijo Shedemei.

—Simplifiquemos las cosas, en bien de la acusada —dijo kRo—. Desestimemos la acusación concerniente a la confusión de sexos. Eso nos evitará enzarzarnos en una interminable discusión acerca de la aplicación de usos antiguos al derecho moderno.

—¿Entonces aceptas que continúe llamando «Casa de Rasaro» a mi escuela? —preguntó Shedemei. Se volvió hacia Pabul—. ¿Esta decisión tiene valor legal? ¿No deberé temer que me enjuicien de nuevo por esta causa?

—Así lo declaro —dijo Pabul.

—Ahora la situación queda aclarada —dijo Shedemei.

La galería rió estruendosamente. La aclaración de Shedemei había obligado a kRo a una retirada humillante. Había logrado bajarle las ínfulas. De ahí en adelante, todos los discursos del abogado quedarían teñidos de cierta ridiculez. Ya no era el formidable rival de antes.

Akma se inclinó hacia Luet.

—Alguien le ha enseñado mucha historia antigua —susurró.

—Tal vez la haya aprendido por su cuenta —respondió Luet.

—Imposible. Todos los documentos están en la biblioteca de Bego, y ella nunca ha estado allí —dijo Akma con enojo.

—Tal vez Bego la ayudó.

Akma puso los ojos en blanco, como diciendo que no podía haber sido Bego.

Bego debía de estar en el bando de Akma, pensó Luet. ¿O era al revés? ¿Era posible que Bego hubiera instigado aquella disparatada conspiración que afirmaba la inexistencia del Guardián?

kRo continuó y, como había previsto Akma, redondeó sus argumentos con la afirmación de que todas las infracciones de Shedemei eran premeditadas y deliberadas, pues ella había podido enumerar todos los cargos cuando Husu le presentó la lista.

kRo concluyó entre aplausos y ovaciones de la galería. Pero no era la entrega habitual. Shedemei había logrado humillarlo, y era obvio que kRo estaba furioso y defraudado.

Pabul sonrió, alzó una corteza de la mesa, y leyó:

—El tribunal ha llegado a un veredicto y… kRo se levantó de un brinco.

—Tal vez el tribunal haya olvidado que es costumbre oír a la parte acusada. —Se inclinó elegantemente hacia Shedemei—. Es evidente que ella ha estudiado mucho, y aunque su culpa es manifiesta, por deferencia deberíamos oír su discurso.

—Agradezco al abogado de los querellantes su deferencia hacia la acusada —respondió Pabul glacial—, pero también le recuerdo que otros abogados, al menos, no pueden leer la mente de los jueces, y en consecuencia es costumbre escuchar al juez antes de contradecirlo.

—Pero estabas declarando tu veredicto… —dijo kRo con gran embarazo.

—El tribunal ha llegado a un veredicto, y como éste se basa únicamente en las declaraciones del abogado de los demandantes, el tribunal debe preguntar a cada uno de ellos si el discurso que acaba de pronunciar el abogado representa sus palabras e intenciones tal y como si ellos mismos hubieran hablado.

Conque sondeaba a los acusadores. Esto era algo muy inusitado, e invariablemente significaba que el abogado había cometido algún burdo error que iba en contra de su causa. kRo plegó las alas y escuchó con estoico enfado mientras Pabul interrogaba a cada acusador. Aunque obviamente tenían sus reservas, kRo había pronunciado el discurso que había ensayado ante ellos el día anterior, y afirmaron que era como si ellos mismos hubieran dicho esas palabras.

—Muy bien —dijo Pabul—. Durante su discurso, el abogado de los demandantes ha infringido en ocho ocasiones la ley que prohíbe la enseñanza de doctrinas contrarias a las que enseña el sumo sacerdote actualmente en funciones.

La muchedumbre murmuró, y kRo abrió las alas y se lanzó hacia la sombra del juez, deteniéndose a un paso de la línea de sombra en la arena del patio. Los guardias del juez avanzaron un paso, las armas preparadas. Pero kRo retrocedió, abriendo las alas, el vientre expuesto en la antigua postura ángel de sumisión.

—No he dicho nada que atente contra la ley —exclamó, y su tono no era precisamente sumiso.

—No hay en este tribunal una sola persona que ignore tus propósitos y los de los acusadores, kRo —dijo Pabul—. Esta farsa se organizó como un ataque contra las enseñanzas del hombre que Motiak ha nombrado sumo sacerdote. Tratas de usar las enseñanzas de ex sumos sacerdotes, y costumbres muy antiguas pero de escaso mérito, para destruir el proyecto de Akmaro de unir a todo el pueblo del Guardián en hermandad. Este tribunal no se deja engañar. Tu discurso pone de manifiesto tus malas intenciones.

—¡El derecho y los precedentes están de nuestra parte! —exclamó kRo, abandonando su postura sumisa y levantándose.

—La ley que afirma la autoridad del sumo sacerdote en todas las enseñanzas doctrinales concernientes al Guardián fue establecida por la voz del Héroe Nafai, primer rey de los nafari, cuando nombró a su hermano, el Héroe Oykib, primer sumo sacerdote. Esta ley tiene precedencia sobre las demás leyes que atañen a la correcta enseñanza. Y cuando Sherem desafió esta ley y se opuso a Oykib, el Guardián fulminó a Sherem mientras hablaba, y el rey declaró que la pena por desafiar las enseñanzas del sumo sacerdote sería la misma muerte que el Guardián escogió para Sherem.

Akma se inclinó hacia Luet y susurró furioso:

—¿Cómo se atreve Padre a usar esos antiguos mitos para silenciar a sus oponentes?

—Padre no sabe nada de esto —respondió Luet. Pero no habló en voz baja, y varios de los que estaban a su alrededor la oyeron. Todos sabían quiénes eran Akma y Luet, y se enteraron tanto de la desdeñosa incredulidad de Akma como de la negación de que Akmaro hubiera participado en la decisión de Pabul. Akmaro formaría parte de los rumores que empezarían a correr después del juicio.

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