Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Серия: Saga del retorno #5
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6678-0
- Переводчик: Carlos Gardini
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]». Краткое содержание книги:
Y ahora la única pena que se le imponía a uno por hablar en contra de los sacerdotes consistía en ser expulsado de la Casa del Guardián. ¿Entonces cuál era el problema?
Aunque quizás hubiera penas no confesadas. A fin de cuentas, los extranjeros que aspiraban a la ciudadanía plena tenían que pasar por las aguas, y de eso se encargaban los sacerdotes. ¿Tenían pues los extranjeros que sumarse a los Guardados y luego dejarlos? ¿Y si el rey ahora sólo hacía negocios con los comerciantes que asistían a la Casa del Guardián o enviaban a sus hijos a las escuelas que las Casas de los Guardados mantenían en las aldeas y que un par de maestras administraban? No, más valía no abrir la boca para que a uno lo expulsaran. Convenía ver primero de dónde soplaba el viento.
Así pensaba la mayoría, pero los fanáticos comenzaron a crearles problemas a Didul y sus sacerdotes. No les bastaba con poder reunirse abiertamente. Habían esperado que miles de personas renunciaran a los Guardados y se les unieran, pero en cambio las cosas seguían más o menos como antes. Aquello era intolerable. Así que comenzaron a buscar modos de convencer a los indecisos de que era conveniente alejarse de los sacerdotes del Guardián.
Primero la expresión «agujero de cavadores» apareció escrita con excrementos en la pared de la Casa del Guardián, en Bodika. Era un juego de palabras escatológico. La primera palabra, la forma vulgar de designar el ano, combinada con «cavadores», era un término muy ofensivo para designar un túnel donde habitaba el pueblo del suelo. Al llamar así la Casa del Guardián, los vándalos no podían ser más explícitos.
Fue fácil borrar esa inscripción, pero aquello fue apenas el comienzo de los problemas. Grupos de anticavadores —que preferían autodenominarse los No Guardados— celebraban rituales al aire libre y cantaban obscenidades para ahogar la voz del sacerdote. Cuando alguien pasaba por las aguas, arrojaban al río animales muertos o estiércol, aunque aquello fuera delito. Alguien irrumpió en la Casa del Guardián y rompió todo cuanto pudo romper. Se declaró un incendio durante una reunión matinal de sacerdotes; lo apagaron, pero la intención era clara.
La asistencia comenzó a ser menor. Varios maestros de las comunidades apartadas recibieron mensajes —animales descuartizados en el umbral, o un saco sobre la cabeza y una paliza— y renunciaron o solicitaron un puesto en la ciudad, donde por ser más se sentían más a salvo. Didul no tuvo más remedio que cerrar las escuelas apartadas. La gente comenzó a asistir en grupo a las reuniones y a las clases.
Entretanto, Didul iba de localidad en localidad para presentar denuncias ante las autoridades locales.
—¿Qué puedo hacer yo? —le respondía el comandante de la guardia civil—. La pena por no creer está en vuestras manos. Averiguad quiénes son y entregadlos. Esa es la nueva ley.
—Darle una tunda a una maestra no es descreimiento —decía Didul—. Es agresión.
—Pero la maestra tenía la cabeza tapada y no pudo identificar a los culpables. Además, nunca ha sido buena idea permitir que una mujer enseñara, y menos a los cavadores junto con la otra gente.
Didul comprendía así que el comandante de la guardia civil tal vez fuera uno de los fanáticos que más odiaba a los cavadores. La mayoría de ellos eran soldados retirados para quienes los cavadores eran elemaki: guerreros crueles, conspiradores nocturnos. Sólo merecían la esclavitud, y ahora que por accidente eran libres, les resultaba intolerable que aquellos ex enemigos tuvieran los mismos derechos que los ciudadanos.
—No son animales —decía Didul.
—Claro que no —respondía el guardia civil—. La ley los considera ciudadanos. Pero no es buena idea educarlos con la gente, eso es todo. Hay que adiestrarlos para los trabajos que pueden hacer.
Cuando los No Guardados veían que las autoridades locales no se esforzaban para proteger a los Guardados, se envalentonaban. Pandillas de jóvenes prepotentes se acercaban a la gente del suelo, o a sus hijos, o a los sacerdotes y las maestras que atendían sus asuntos. Los empujaban, los golpeaban, les daban puñetazos o puntapiés.
—¿Y pretendéis que no nos defendamos? —preguntaron los padres en una reunión, en una aldea cuya población de cavadores era numerosa. La mayoría de ellos no descendían de esclavos, sino que eran aborígenes que habían vivido allí tanto tiempo como un antiguo linaje de ángeles, y mucho más que los humanos—. ¿Entonces para qué nos enseñáis esta religión? ¿Para debilitarnos? Nunca nos habíamos sentido inseguros en esta ciudad. Teníamos prestigio, ciudadanía plena, pero cuanto más predicáis la igualdad, menos igualitario es el trato que recibimos.
Didul señaló elocuentemente que era un síntoma de su impotencia que ahora culparan a sus amigos de provocar a sus enemigos.
—Los que pegan, despotrican y destruyen son vuestros enemigos. Y si os armáis les seguiréis el juego. Entonces podrán decir a todo el mundo que los cavadores se están armando, que hay espías elemaki entre nosotros.
—Pero antes éramos ciudadanos de pleno derecho y…
—Nunca habéis sido tal cosa. Si no, ¿dónde están los jueces cavadores de esta ciudad? ¿Dónde están los soldados cavadores en el ejército? Los siglos de guerra con los elemaki os han despojado de vuestra plena ciudadanía. Por eso Akmaro regresó de la tierra de Nafai con las enseñanzas de Binare, según las cuales el Guardián no desea que haya diferencias entre sus hijos. Por eso debéis tener coraje, el coraje de soportar los golpes. Permaneced siempre agrupados, pero no os arméis. Si lo hacéis, pronto tendréis que enfrentaros al ejército en vez de a estos matones.
Los persuadió, o al menos logró zanjar la discusión. Pero contenerlos era cada vez más difícil. Enviaba cartas todas las semanas, a Akmaro, a Motiak, a Pabul, a cualquiera que pudiera ayudar. Incluso escribió a Khideo, suplicándole que se pronunciara en contra de aquella violencia. «Gozas de gran prestigio entre los que odian a la gente del suelo —decía en la carta—. Si condenas abiertamente a quienes golpean a niños indefensos, tal vez les inspires vergüenza y se detengan. Quizá la guardia civil comience a imponer la ley y a proteger a los Guardados de sus perseguidores.» Pero Khideo no envió respuesta. En cuanto a Motiak, su respuesta consistió en despachar mensajes a la guardia civil recordando que era responsabilidad suya imponer las leyes con toda igualdad. La guardia civil de todas las localidades alegó que eso era precisamente lo que hacía. Somos impotentes. No hay testigos. Nadie ve nada. ¿Estás seguro de que estas denuncias no son artimañas destinadas a obtener simpatizantes?
En cuanto a Akmaro, aunque le ofrecía consuelo, no podía hacer mucho más. El problema era el mismo en todas partes, y en la tierra de Khideo hubo que retirar a todos los sacerdotes y maestras. Le escribió: «Sé que me culpas de esto, Didul, aunque eres demasiado amable para decírmelo. Yo me culpo a mí mismo. Pero también debo recordar, y espero que tú recuerdes, que la alternativa era asumir, en mi persona y en las de los otros sacerdotes de las Casas del Guardián, el poder de matar para ahogar el disenso. Es lo contrario de lo que desea el Guardián. El temor nunca convertirá a las personas en hijos del Guardián. Sólo el amor puede lograrlo. Y el amor sólo se puede enseñar, predicar, alentar y ganar por medio de la bondad, de la dulzura, incluso de la mansedumbre ante los enemigos. Nuestros enemigos están llenos de odio, pero sin duda muchos de ellos sienten repugnancia cuando golpean a un niño, cuando patean entre seis a un sacerdote con la cabeza tapada, cuando hacen llorar a la gente en la calle. Con el tiempo rechazarán esos actos y se arrepentirán, y cuando busquen el perdón, allí estarás tú, sin armas en las manos, sin odio en el corazón.» Así eran sus argumentos. Eran acertados, y Didul lo sabía. Pero también recordaba que él mismo había perseguido a otros durante meses, aporreando y humillando a niños sin sentir nada salvo orgullo, odio, rabia y diversión. Se podía causar mucho daño mientras uno esperaba que la misericordia tocara el corazón de los enemigos. Y algunos eran como el padre de Didul. Era inmune a la misericordia. Le indefensión de sus víctimas le provocaba más deseos de infligir dolor. Disfrutaba con los gritos.