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Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]

Электронная книга - «Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]». Краткое содержание книги:

En esta nueva entrega de «La Saga del Retorno», Shedemei y el Alma Suprema supervisan, ya en la Tierra, la evolución de los humanos descendientes de Nafai y Elemak y su interacción con las nuevas especies que habían evolucionado en el planeta. Surgen de nuevo los problemas de siempre: racismo, explotación, enfrentamientos tribales, etc. El recurso de la hibernación permite mantener la presencia de Shedemei y su poderoso manto de capitana en un papel que deviene mítico y, en cierta forma, bíblico. Pero el misterio sigue siendo al paradero del Guardián de la Tierra cuya presencia, pese a todo, Shedemei y el Alma Suprema creen percibir, de vez en cuando, de forma siempre sutil e imprecisa.
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—Seguimos hablando de los soñantes verdaderos como si todos fueran antiguos o remotos —dijo Luet—, pero vale la pena recordar que aquí todos hemos tenido por lo menos un sueño verdadero. Yo no tengo ninguno desde que era muy pequeña, pero tampoco he necesitado algo tanto como entonces. ¿Has soñado desde esos días, Didul?

Didul meneó la cabeza, pues no deseaba hablar de «esos días».

—En realidad yo no sueño —puntualizó Chebeya—. No es el don de una descifradora.

—Pero el Guardián te muestra cosas —dijo Luet—. Eso es lo que debemos recordar. El Guardián no es sólo algo en lo que creían nuestros antepasados. No es sólo un mito. —Para sorpresa de todos, acudieron lágrimas a sus ojos—. Akma sostiene que nos engañamos, pero no es así. Yo recuerdo la sensación; mi sueño era diferente de los demás sueños. Era real. ¿No es así, Edhadeya?

—Lo era —dijo Edhadeya—. No escuches a tu hermano, Luet. Él no sabe nada.

—Sí que sabe —la contradijo Luet—. Es la persona más inteligente que he conocido. Y es tan elocuente en sus actos y palabras… fue mi maestro cuando era pequeña, y todavía lo es, salvo por este detalle…

—Este detalle —murmuró Akmaro.

—¿No puedes hacerle entender, Padre? —preguntó Luet.

—No puedes obligar a la gente a creer —dijo Chebeya.

—¡El Guardián puede! ¿Por qué el Guardián no le envía otro sueño verdadero?

—Tal vez lo haga —intervino Didul. Todos lo miraron sorprendidos.

—¿Acaso el Guardián no enviaba sueños a los hermanos mayores de Nafai?

—No sé si tiene alguna importancia —señaló Edhadeya—, pero era el Alma Suprema.

—Creo que Edhadeya tuvo al menos un sueño verdadero del Guardián —dijo Didul—. Y también estaba Moozh. Ese hombre de quien escribió Nafai, el padre de Luet y Hushidh. El que luchaba continuamente contra el Alma Suprema, y sin embargo siempre cumplía la voluntad del Alma Suprema.

—¡No creerás que Akma está haciendo la voluntad del Guardián! —exclamó Edhadeya—. ¡Odiar a la pobre gente del suelo y desear que la expulsen del reino!

—No, no me refiero a eso. Es que… puedes resistirte al Guardián si lo deseas. ¿Cómo sabemos que Akma no tiene sueños verdaderos cada noche y que al levantarse por la mañana niega el sentido de dichos sueños? El Guardián no puede obligarnos a hacer nada si nos empeñamos en luchar contra él.

—Es verdad —convino Akmaro—. Pero no creo que Akma esté soñando.

—Tal vez tiene tantos sueños verdaderos que no se da cuenta de que los demás no los tienen —dijo Didul—. Tal vez debe su inteligencia en parte al Guardián, que le presenta la verdad en la mente. Tal vez es el mayor servidor que ha tenido el Guardián, pero se niega a servirle.

—No exageres —protestó Chebeya.

—Sólo quiero decir que Akma no cambiaría necesariamente de opinión si tuviera un sueño verdadero, nada más. —Didul siguió comiendo la fruta azucarada que Edhadeya había traído de postre.

—Bien, lo cierto es que la persuasión no ha servido de nada —dijo Akmaro.

Chebeya emitió un sonido agudo y gutural.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Akmaro.

—He sido yo —dijo Chebeya—. Me reía en voz baja.

—¿Por qué?

—Akmaro, Didul me ha hecho ver las cosas de otra manera. No sé si alguna vez hemos intentado persuadir a Akma.

—Pues yo sí —dijo Akmaro.

—No, has intentado enseñarle, lo cual es muy diferente.

—Toda enseñanza es persuasión —sentenció Akmaro—. Y toda persuasión es enseñanza.

—¿Entonces por qué nos molestamos en inventar dos palabras para decir lo mismo? —bromeó Chebeya—. No te acuso de nada, Akmaro.

—Me acusas de no tratar de persuadir a mi hijo, cuando sabes que lo he intentado hasta que se me ha roto el corazón. —Akmaro trataba de no ofuscarse, pero Didul notaba que su sonrisa ocultaba una gran emoción.

—No te sientas herido —dijo Chebeya—. Todos sabemos que lo has intentado. Pero también lo hemos dejado en tus manos, ¿verdad? Yo me he contentado con ser la madre afectuosa que trataba de mantener el contacto con Akma. He dejado para ti las discusiones.

—No todas —dijo Luet.

—Akma viene tan poco que he temido discutir con él por temor a perderlo del todo —dijo Chebeya—. Pero precisamente por eso, tal vez piensa que esto es algo entre él y su padre. Que Luet y yo somos neutrales.

—Sabe que yo no lo soy —puntualizó Luet. Akmaro meneó la cabeza.

—Chebeya, esto no es necesario. Akma lo superará. Rodaron lágrimas por las mejillas de Chebeya.

—No —negó—. No es tan fácil. Este asunto de Shedemei…

—Akma no tiene nada que ver con ello, ¿o sí? —preguntó Didul.

—Las personas que presentaron cargos contra ella no están dispuestas a ceder —dijo Chebeya—. No pueden ignorar cuál es la opinión del hijo del sumo sacerdote en estas cuestiones. Encontrarán un modo de usarlo. Cuando menos, lo adularán, estarán de acuerdo con él. Akma ansia amor y respeto…

—Como todos —murmuró Edhadeya.

—Akma más que la mayoría, pues cree que nunca ha tenido amor y respeto en su hogar. —Chebeya tendió una mano hacia el esposo, como para aplacarlo—. No es culpa tuya. Así le han parecido las cosas a él, desde el principio, desde esos espantosos días de Chelem.

Didul miró las sobras de su comida, sonrojándose al recordar cómo había tratado a Akma. La imagen acudía fácilmente a su memoria, tal vez más real que en su día. El pequeño Akma llorando y rabiando mientras Didul y sus hermanos se reían. Akma gimiendo de dolor, un sonido muy distinto, un sonido terrible. Y ellos aún reían. Yo reía, pensó Didul. ¿Akma todavía oye ese sonido? Si lo recuerda con tanta nitidez como yo… Sintió una mano sobre la suya. Por un instante pensó que era la de Luet, y quiso apartar la mano, avergonzado de su indignidad. Pero era Chebeya.

—Por favor, Didul. Eres tan parte de esta familia que a veces olvidamos que oyes las cosas con otros oídos. Nadie te acusa de nada.

Didul cabeceó, sin molestarse en discutir. Chebeya encauzó la conversación hacia otros temas, y el resto de la comida transcurrió en paz.

Cuando Edhadeya debía marcharse, pidió a Didul que la acompañara. Didul rió con aire burlón, pero no pudo ocultar su nerviosismo.

—Es como si quisieras decirme algo, o como si todos quisieran decir algo sin que yo estuviera presente.

—Qué tierno, ¿verdad? —dijo Edhadeya—. ¡Ni se le ocurre la idea de que yo podría disfrutar de su compañía!

Una vez en la oscura calle, mientras caminaban a la luz de la antorcha que llevaba Didul, Edhadeya dijo:

—De acuerdo, sí. Quería decirte algo.

—Pues bien, aquí me tienes. ¿O es algo tan terrible que prefieres esperar a que estemos más cerca de la casa de tu padre, por si rompo a llorar, arrojo la antorcha y echo a correr?

—Tú sabes de qué quiero hablar.

—No debería ir más a casa de Akmaro, ¿verdad? Edhadeya rió de puro asombro.

—¿Qué? ¿Por qué iba a decirte eso? Ellos te aman… ¿Eres tan tímido que no te das cuenta?

—Por Akma. Para que puedan recobrarlo.

—No es por ti, Didul. No, quería decirte lo contrario. En realidad, primero quería pedirte algo, y luego decirte algo… Didul, ojalá te comprendiera mejor.

—¿Mejor que en este momento? ¿Mejor que en otros? ¿O mejor de lo que entiendes a otras personas?

Ella rió entre dientes, como una niña. Una imagen relampagueó en la mente de Didul. Edhadeya y Luet sentadas en un banco, riéndose de esa manera. Chiquillas.

—Te escucho —dijo—. Seré serio.

—Didul, tu vida ha sido muy extraña —dijo Edhadeya—. Tuviste mala suerte con tu padre, pero mucha suerte con tus hermanos.

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