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Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:

El cuerpo calcinado de una de las personas más estrechamente vinculadas a un pequeño museo privado es el origen de esta nueva investigación de Adam Dalgliesh. La entidad dedicada al período de entreguerras, acoge, además de obras de arte, biblioteca y archivo una inquietante Sala del Crimen donde estudiar los sucesos más sonados de la época, uno de los cuales presenta extrañas semejanzas con el caso en que se ocupa Dalgliesh.
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– ¿Y a qué hora regresó usted, señor?

– Hacia las siete, más o menos. Me encontré con un amigo en la puerta de la sala de subastas y fuimos a un pub local a tomar algo. Ryan ya estaba aquí cuando llegué.

– ¿Y qué estaba haciendo, señor?

– Viendo la televisión en su cuarto. Alquilé un aparato para él. El chico ve programas diferentes de los que veo yo y me gusta tener un poco de intimidad por las tardes. En general, funciona.

– ¿Cómo lo encontró? -preguntó Kate.

– ¿A qué se refiere?

– ¿Estaba nervioso, triste, distinto de lo habitual?

– No lo vi hasta al cabo de unos quince minutos. Sólo lo llamé para comprobar si estaba en casa y me contestó. No recuerdo lo que dijimos. Luego salió de su habitación y empezó la discusión. La verdad es que fue culpa mía.

– ¿Puede decirnos qué sucedió exactamente?

– Todo comenzó cuando nos pusimos a hablar de las Navidades. Había planeado llevármelo a Roma, tenía el hotel reservado, los billetes comprados… Dijo que había cambiado de opinión, que alguien lo había invitado a pasar juntos la Navidad, una mujer.

Escogiendo sus palabras con sumo cuidado, Kate preguntó:

– ¿Y eso le molestó? ¿Se sintió usted decepcionado, celoso?

– Celoso no, estaba completamente furioso. Le he dicho que ya había comprado los malditos billetes.

– ¿Le creyó?

– La verdad es que no, lo de la mujer, quiero decir.

– ¿Y qué pasó luego?

– Era evidente que no quería ir a Roma. Pensé que podía habérmelo dicho antes de que hiciese las reservas. Además, había pedido información sobre la posibilidad de apuntarlo a unos cursos de extensión cultural para adultos. El chico es inteligente, pero prácticamente es un inculto. Faltaba a clase la mayor parte del tiempo. Le había dejado los folletos para que se los mirase y después habláramos de las posibilidades. Bien, pues no había hecho nada. Tuvimos una fuerte discusión por ese motivo. Yo pensaba que a él le apetecía, pero está claro que no. Dijo que estaba harto de que me metiera en su vida, o algo así. No lo culpo. Como ya he dicho, toda la culpa es mía. Empleé las palabras equivocadas.

– ¿Cuáles fueron?

– Le dije: «Nunca llegarás a nada en la vida», e iba a añadir: «a menos que recibas un poco de educación o de formación», pero no tuve ocasión de terminar la frase. Ryan se puso como loco. Ésas debían de ser las palabras que oía de labios de su padrastro. Bueno, no el padrastro exactamente, sino el hombre que vivía con su madre. Es la historia típica, deben de haberla escuchado un millar de veces. El padre los abandona, la madre tiene una sucesión de amantes hasta que al final uno de ellos se va a vivir con ella. El hijo y el amante se detestan y uno de ellos tiene que irse, no es difícil imaginar cuál de los dos. El hombre, evidentemente, era un bestia. Es curioso que a algunas mujeres les guste esa clase de cosas. Bueno, el caso es que más o menos echó a Ryan de su casa. Es raro que Ryan no le diera con un atizador.

– Le dijo a la encargada de la limpieza del museo que había vivido en centros de internamiento para menores desde que era pequeño -señaló Kate.

– ¡Patrañas! Vivió en su casa hasta cumplir los quince. Su padre murió dieciocho meses antes de eso. Ryan ha insinuado más de una vez que fue una muerte especialmente trágica, pero nunca ha llegado a explicármelo. Puede que sólo se trate de otra de sus fantasías. No, nunca estuvo interno en ningún centro. El chico es un desastre, pero no tanto como lo sería si las autoridades le hubiesen echado el guante.

– ¿Se había mostrado violento con usted antes?

– Nunca. No es un chico agresivo. Como ya he dicho, ha sido culpa mía. Pronuncié las palabras incorrectas en el momento equivocado.

– ¿Y no le contó nada acerca del día que había tenido, de lo que había estado haciendo en el trabajo, a qué hora se había ido, cuándo había llegado a casa?

– Nada. Aunque tampoco es raro, ¿no? No tuvimos mucho tiempo para charlar antes de que perdiese los estribos, agarrase el atizador y se abalanzara sobre mí. Me dio un golpe en el hombro derecho. Me tiró al suelo y di con la cabeza contra el borde del televisor. El puñetero aparato también acabó en el suelo.

– ¿Puede contarnos algo de su vida aquí, cuánto tiempo llevan viviendo juntos, cómo se conocieron? -preguntó Piers.

– Lo recogí en Leicester Square hace nueve meses, quizá diez. Es difícil calcular el tiempo; a finales de enero o principios de febrero. Era distinto de los otros chicos. En cuanto habló comprendí que iba a meterse en líos. La de la prostitución es una vida terrible. Si sigues ese camino, más te vale estar muerto. Todavía no había empezado, pero pensé que podría hacerlo. En aquella época estaba durmiendo en la calle, así que lo traje aquí conmigo.

– Y empezaron a vivir juntos. Quiero decir que se hicieron amantes -apuntó Kate con franqueza.

– Es gay, por supuesto, pero no fue por eso por lo que me lo traje a casa. Tengo a otra persona, hace años ya. Ahora está trabajando de asesor en el Lejano Oriente, durante seis meses, pero volverá a principios de enero. La verdad es que para entonces espero que Ryan se haya establecido en otro sitio; este piso es demasiado pequeño para los tres. Ryan vino a mi habitación aquella primera noche; al parecer, creía que tenía que pagarme en especies por su alojamiento. Enseguida le dejé las cosas claras al respecto. Nunca mezclo sexo y trato social, jamás lo he hecho. Además, no me atraen demasiado los jóvenes. Hacen que me sienta extraño, me atrevería a decir, pero así son las cosas. Me caía bien el chico y sentía lástima por él, pero eso es todo. Iba y venía, ¿saben? A veces me decía que iba a estar fuera, y otras, no. Por lo general regresaba al cabo de una o dos semanas, en busca de un baño, ropa limpia, una cama cómoda… Vivía en casas ocupadas, pero ninguna le duraba demasiado.

– ¿Sabía usted que trabajaba de jardinero en el Museo Dupayne?

– Yo mismo le di una carta de recomendación. Me explicó que trabajaba allí los lunes, miércoles y viernes. Normalmente, esos días se iba temprano y regresaba hacia las seis. Yo daba por supuesto que estaba donde decía estar, en el Dupayne.

– ¿Cómo iba hasta allí? -quiso saber Kate.

– En metro y andando. Tenía una bicicleta vieja, pero desapareció.

– ¿No es muy tarde las cinco para estar trabajando en invierno? El sol se pone mucho antes.

– Según él, siempre había algo que hacer. No sólo ayudaba en el jardín, sino también en la casa. Yo no le hacía preguntas, para no recordarle a su padrastro, y Ryan no tolera que se metan en su vida. No lo culpo, yo también siento lo mismo. Oigan, ¿no quieren tomar nada? ¿Té o café? No me he acordado de preguntarles antes.

Kate le dio las gracias y repuso que tenían que irse. El comandante asintió con la cabeza y añadió:

– Espero que lo encuentren. Si lo hacen, díganle que estoy bien. La cama sigue aquí por si decide volver. Por el momento, en cualquier caso. Y él no mató a ese doctor…, ¿cómo se llama? ¿Dupayne?

– El doctor Neville Dupayne.

– Ya pueden quitarse esa idea de la cabeza. El chico no es ningún asesino.

– Si lo hubiese golpeado más fuerte en otra parte, podría haberlo sido -señaló Piers.

– Bueno, pero no lo hizo, ¿no? Tengan cuidado con esa regadera al salir, ¿quieren? Siento no haberles sido de mayor utilidad. ¿Me avisarán cuando lo encuentren?

Asombrosamente, al llegar a la puerta les tendió la mano. Estrechó la de Kate con tanta fuerza que ésta por poco se estremece de dolor.

– Sí, señor, le avisaremos, no se preocupe -respondió ella.

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