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El hombre de la reina

Электронная книга - «El hombre de la reina». Краткое содержание книги:

En 1193, el joven Justin de Quincy descubre casualmente una pista que puede desvelar el paradero de Ricardo Corazón de León, a quien se da por muerto. Leonor de Aquitania, la reina que escandalizó al mundo al divorciarse del que sería rey de Francia (Luis VII) para casarse con Enrique II, le encomienda una investigación que le obligará a adentrarse en el complejo y peligroso mundo de las intrigas que rodean la corte de Leonor.
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– Mi suerte se os está empezando a contagiar, porque hay un hombre que va en dirección oeste mañana por la mañana. Dádmela y me ocuparé de que se la lleve. ¿Para quién es? ¿Para Aldith?

– Finalmente. Irá primero al justicia, explicándole que se ha requerido mi presencia en Londres. Explico que ha sido por orden de la reina, así que confío en poder contar con vos si hay necesidad de corroborarlo. Le pido luego que le envíe la carta a Aldith, una vez que la haya leído él. He añadido un mensaje para ella también, en la parte inferior.

Cuando Lucas señaló el lugar del mensaje, Justino vio que efectivamente había unas líneas garabateadas al pie de la página. Después de examinarlas, levantó la vista hacia Lucas con expresión de regocijada incredulidad.

– ¿Le decís que esperáis estar de vuelta dentro de unos quince días más o menos y que deseáis que esté bien, y nada más? ¡No cabe duda de que sois un incorregible romántico!

– Le digo lo que es importante, es decir, cuándo regresaré -replicó Lucas-. ¿Qué más le debo decir?

– No os hubiera costado nada decirle que la echáis de menos. O que se ha adueñado de vuestro corazón. Cuál es mi misión, ¿escribir cartas de amor en vuestro nombre?

– ¡Que Dios me proteja! Eso tal vez se lo diga en la cama y, desde luego, no a la luz del día y ciertamente no por escrito. Me sentiría el hombre más ridículo del mundo. ¡Y no digamos cómo se sentiría el cura cuando Aldith le llevara la carta para que se la leyera!

Justino no pudo por menos de reírse.

– Sugiero, pues, que enseñéis a leer a Aldith. Y, ahora, ¿qué hay de la puta del Flamenco? ¿Pudisteis averiguar algo más sobre ella?

– Jonás se está ocupando de eso. Dijo que se encontraría con nosotros aquí esta tarde para comunicarnos lo que hubiera averiguado. Pero me sorprenderá mucho si esa pista nos lleva a algún sitio.

– ¿Por qué son todos los justicias tan reacios a dispensar esperanzas? -bromeó Justino, aunque la esperanza había sido un producto más bien escaso también en su propia vida.

– La esperanza y las rameras van pocas veces juntas -le respondió Lucas, y Justino no tenía argumentos para contradecirle en eso. En lugar de hacerlo, pidió prestado un par de dados a otro parroquiano de la taberna y le dijo a Nell que les trajera un botellón de cerveza. Si tenían que esperar a Jonás, por lo menos podían divertirse un poco mientras tanto.

No tuvieron que esperar mucho porque Jonás llegó antes de una hora. Venía acompañado de un muchacho desgarbado, rubio y pecoso, con el aspecto de ser más un labriego de los campos de Kent que un ciudadano acostumbrado a arrostrar los peligros urbanos de Londres. Haciéndole una señal a Nell para que trajera bebida, Jonás acercó uno de los bancos.

Casi en el acto Nell se acercó a la mesa con dos vasos más y una jarra de vino llena a rebosar, pero no hizo el menor intento de marcharse después de servirlos, sino que se quedó rondando cerca de ellos con curiosidad mal disimulada. Los hombres estaban tan concentrados en las noticias que traía Jonás que ni siquiera se dieron cuenta de que estaba escuchando.

– Este es Aldred. Tenemos que hablar en inglés porque no sabe francés. Aldred es el hombre que mandé al Toro. Todos mis hombres querían ir -dijo Jonás con una sonrisa maliciosa-. No recuerdo ninguna otra vez en que se ofrecieran tantos voluntarios para una misión determinada. Pero Aldred la cumplió a la perfección. El estar en una casa de citas parece haber aguzado su ingenio, porque fue capaz de seguir después a Nora hasta su casa sin que ésta se diera cuenta. He dejado allí a un hombre vigilando por si el Flamenco va a verla.

Justino estaba sorprendido.

– ¿Nora no vive en el burdel? Yo creía que eso era lo normal.

Jonás movió la cabeza.

– Los «estofados» del Southwark son distintos de los prostíbulos de otras ciudades, porque el viejo rey promulgó leyes para gobernarlos, leyes que ordenan la limitación del acto pecaminoso a un sector determinado y la alteración del desorden público al mínimo.

– Tienen todo tipo de reglas -interrumpió Aldred con entusiasmo. Tenía una manera de hablar tosca, carecía del característico acento sajón oriental del nativo de Londres. Pero los ojos azules que se encontraron con la mirada de Justino eran claros y brillantes. Tal vez fuera inexperto, pero no lerdo-. Las mujeres casadas o embarazadas no pueden trabajar en los «estofados» -añadió-. Tampoco las monjas.

Lucas interpuso un sardónico:

– ¡Espero que no!

Pero Aldred quería a toda costa compartir sus recién adquiridos conocimientos y volvió a interrumpir.

– Nora, que ése era su nombre, me habló de las leyes. Son muy interesantes y creo que también justas. No se puede obligar a ninguna mujer a quedarse allí en contra de su voluntad. Las prostitutas tienen que vivir en otro lugar y pagar un alquiler por sus habitaciones al jefe del «estofado». Este no debe prestarles más de seis peniques, a no ser que contraigan deudas tan grandes que terminen trabajando por nada. Deben ser examinadas por un médico cada tres meses para que los hombres puedan estar seguros de que no padecen sífilis. No se les permite tener amantes y se las castiga si los tienen. No pueden ejercer su profesión en días sagrados y el último hombre que esté con una prostituta debe quedarse con ella toda la noche.

– ¿Por qué? -Justino encontró las otras reglas fáciles de comprender, pero esta última le dejaba perplejo; dudaba mucho de que a la Corona le preocupara el asegurarse de que un hombre le sacara partido a su dinero.

– Es fácil de entender -explicó Lucas-. Es para impedir que tengan que cruzar el río. Después del toque de queda se cierran las puertas de la ciudad, pero si los hombres contratan a un barquero en la orilla del río, pueden vagar por las calles a su gusto y no precisamente para hacer nada bueno.

Aldred siguió hablando, pero se calló de pronto, y es que Nell se acercaba con otra jarra de vino. Tan pronto como la camarera se alejó, reanudó la conversación.

– Supongo que ésa es la razón por la que está prohibido vender vino o cerveza en los «estofados», para impedir las peleas de borrachos. Pero algunos de los rostíbulos los proporcionan a hurtadillas -confesó-, Nora hizo que le mandaran vino a su habitación. Dijo que tampoco se les permite vender comidas y no veo la razón para esa regla. ¿La ven vuesas mercedes?

Lucas estaba a punto de aventurar la conjetura de que era para impedir que los clientes se demoraran una vez que habían pagado por los servicios recibidos. Pero Jonás se lo impidió.

– Veo que nos vamos a pasar el día hablando de prostitutas. De quien debemos hablar es de una en particular. Cuéntanos acerca de la puta del Flamenco, Aldred.

– Bueno, pues… es joven y guapa. Tiene el pelo de color rubio claro, como mantequilla recién batida. Tiene una cintura muy fina y… -Aldred vaciló porque Nell seguía merodeando por allí y no sabía cómo describir los encantos físicos de Nora en términos refinados-. Sería una excelente ama de cría -espetó finalmente, haciendo gestos con las manos para indicar el tamaño de los senos de la joven, y ruborizándose después cuando Lucas y Justino rompieron a reír.

Pero Jonás no se rió.

– Ya sé que en la cama es insuperable, muchacho -dijo con impaciencia-, porque tú saliste de su cuarto con una mueca de placer de oreja a oreja. Pero no es eso lo que necesitamos saber. ¿Es lista? ¿Cabeza de chorlito? ¿Una zorra? ¿Una charlatana? ¡Debes de haberte formado una opinión sobre ella, Aldred!

Aldred se revolvió en el banco; hasta ahora Jonás le había pedido que suministrara músculo, no materia gris.

– Habla, habla bastante, pero en realidad dice poco. No es una charlatana como lo son la mayoría de las mujeres. Al principio era tan dulce como la miel… -Se sonrojó aún más; resonaba en sus oídos esa suave cadencia irlandesa, llamándole «adorado muchacho» y «amor mío»-. Pero cambió radicalmente en cuanto recibió el dinero. Entonces se mostró práctica. Creo que es una mujer con secretos no fáciles de desentrañar. -Esta última frase la dijo con cierta timidez, porque Aldred no había abierto jamás un libro-. Mirarla a los ojos era como mirar a los ojos del gato del establo en nuestra casa. ¿Tiene esto algún sentido? -Con gran alivio suyo, los otros asintieron, así que debía de tenerlo.

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