La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
A media tarde, el señor Duplessis salió con un par de amigos que deseaban satisfacer su curiosidad. Cogió un pesado bastón, con el que se proponía repeler a los agitadores obreros. Su esposa le suplicó que no saliera.
El rostro de Annette denotaba preocupación. Los sirvientes habían traído unas terribles noticias, y temía que fueran ciertas. Lucile estaba segura de que lo eran. Permanecía sentada en silencio, sin llamar la atención, como si acabara de ganar la lotería.
Adèle estaba en casa. Casi siempre estaba en casa, salvo cuando iba a Versalles a visitar a sus amigas para enterarse de los últimos cotilleos. Conocía a las esposas de los diputados y a varios diputados, todos los rumores que circulaban por los cafés y las estrategias electorales de la Asamblea Nacional.
Lucile se retiró a su habitación. Cogió pluma y papel y escribió: «Adèle está enamorada de Maximilien Robespierre.» Luego arrancó el papel y lo arrugó.
A continuación cogió un tapete que estaba bordando. Trabajaba lentamente, atenta a lo que estaba haciendo. Más tarde mostraría a la gente la prodigiosa labor que había realizado aquella tarde entre las cinco y cuarto y las seis y cuarto. Al cabo de un rato se le ocurrió practicar unas escalas. Cuando me case, pensó, tendré un piano, aparte de otras novedades.
Al volver a casa, Claude se dirigió directamente a su estudio, sin quitarse la casaca, y cerró la puerta de un portazo. Annette comprendió que deseaba estar solo unos minutos para recuperarse de la impresión.
– Me temo que tu padre ha recibido malas noticias -dijo Annette a su hija.
– Pero si sólo ha salido a dar un paseo -respondió Adèle-. Confío en que no sean noticias de carácter personal.
Annette llamó a la puerta del estudio. La acompañaban sus hijas.
– Sal -dijo-. ¿O prefieres que entremos nosotras?
– Han utilizado al ministro como pretexto -dijo Claude.
– Querrás decir Necker -le rectificó Adèle-. Ya no es ministro.
– Tienes razón. -Claude se sentía atrapado entre su lealtad a su superior y su deseo de exponer sus opiniones-. Ese hombre nunca me cayó bien. Es un charlatán. Pero no se merecía esto.
– Querido -contestó Annette-, aquí tienes a tres mujeres que están sobre ascuas. ¿No podrías ser un poco más explícito?
– La multitud se ha lanzado a la calle -respondió Claude-. La destitución del señor Necker ha causado furor. Estamos sumidos en una situación de anarquía, y la anarquía no es una palabra que me guste utilizar.
– Siéntate, querido -dijo Annette.
Claude se sentó y se frotó los ojos. El viejo Rey los observaba a todos desde la pared: a la Reina actual, con un vestido chillón, el pelo adornado con plumas y la cabeza gacha; un busto de yeso de Luis, con aspecto de carretero; y el abate Terray, de frente y de perfil.
– Han organizado una insurrección -dijo Claude-. Han prendido fuego a las barreras aduaneras. Han cerrado los teatros y han irrumpido en el museo de cera.
– ¿Que han irrumpido en el museo de cera? -preguntó Annette, asombrada-. ¿Por qué?
– ¿Cómo quieres que lo sepa? -replicó Claude-. ¿Cómo quieres que conozca sus motivos? Hay cinco mil personas, seis mil personas, marchando sobre las Tullerías, y muchas otras que se dirigen a reunirse con ellas. Están destruyendo la ciudad.
– ¿Dónde están los soldados?
– Eso mismo debe de estar preguntándose el Rey. Quizás han ido a aclamar y vitorear a los insurrectos. Gracias a Dios que el Rey y la Reina se encuentran en Versalles, pues quién sabe lo que podría haber sucedido. A la cabeza de la multitud… -Claude se detuvo, incapaz de continuar-. He visto a esa persona.
– No te creo -dijo Annette, aunque sabía que era cierto.
– Como gustes. Lo leerás mañana en el periódico…, si es que se publica. Según parece, pronunció un discurso en el Palais-Royal que influyó decididamente en las masas y se ha convertido en una especie de héroe para esa gente. La policía trató de arrestarlo, pero él cometió la torpeza de pararlos a punta de pistola.
– No estoy segura de que fuera una torpeza -contestó Adèle-, teniendo en cuenta los resultados.
– Debí tomar medidas -dijo Claude-. Debí enviaros a un colegio internas. Me pregunto qué he hecho para merecer esto. Una de mis hijas frecuenta la compañía de radicales, y la otra planea fugarse con un delincuente.
– ¿Delincuente? -repitió Lucile, asombrada.
– Sí. Ha infringido la ley.
– La ley puede ser modificada.
– Dios mío -dijo Claude-, no lo comprendes. Las tropas los aplastarán.
– ¿Crees que todo esto es fruto de la casualidad? -preguntó Lucile-. No, padre, déjame hablar, tengo derecho a hacerlo puesto que conozco mejor que tú la situación. Dices que hay miles de insurrectos por las calles, pero no sabes el número exacto. Los guardias franceses no atacarán a sus compatriotas, la mayoría están de nuestro lado. Si se organizan debidamente dispondrán de suficientes armas para derrotar a las tropas alemanas.
Claude la miró como si no diera crédito a lo que oía.
– Es demasiado tarde para tomar medidas -dijo su esposa. Lucile carraspeó. Estaba pronunciando un discurso de salón, una pálida imitación del que debía haber pronunciado Camille en el Palais-Royal. Las manos le temblaban. Se preguntaba si Camille había sentido miedo al verse rodeado por aquella multitud enfervorizada, si había olvidado que en el ojo del huracán está la calma, el lugar más seguro en el centro de todos los designios divinos.
– Todo esto ha sido planificado -dijo-. Al otro lado del río hay refuerzos. -Se acercó a la ventana y prosiguió-: Esta noche no hay luna. ¿Cuánto tiempo les llevará atravesar el río en la oscuridad? Sólo saben luchar en el campo de batalla, no saben luchar en las calles. Mañana por la mañana -si consiguen retenerlas en la Place Louis XV- obligarán a las tropas a retirarse del centro de la ciudad. Y el electorado parisino tendrá a la milicia por las calles; podrán pedir armas al Ayuntamiento. En los Inválidos hay fusiles y mosquetones…
– ¿Campo de batalla? -repitió Claude-. ¿Refuerzos? ¿Cómo sabes todo eso? ¿Quién te lo ha dicho?
– ¿No lo adivinas?
– ¿Electorado? ¿Milicia? ¿Acaso sabes también -preguntó Claude con histérico sarcasmo- dónde conseguirán la pólvora y las balas?
– Desde luego -contestó Lucile-. En la Bastilla.
Habían elegido el color verde para identificarse, el color de la esperanza. En el Palais-Royal una muchacha había entregado a Camille una cinta verde. La multitud había saqueado las tiendas, y las calles estaban cubiertas por metros y metros de cinta verde musgo, verde manzana y verde esmeralda. Habían arrancado las hojas de los castaños del Palais-Royal, y la gente las lucía en el ojal y en el sombrero. Un olor intenso y dulzón, a vegetales, yacía como una nube sobre la ciudad.
Al anochecer se había formado un ejército que marchaba tras sus estandartes. A pesar de la oscuridad, el calor no había cedido. Por la noche estalló una tormenta. Los rayos y los truenos se mezclaban con los cantos y el fragor de los fusiles y los disparos. Durante toda la noche sonaron las pisadas de las botas sobre los adoquines y el ruido del acero. Los relámpagos iluminaban las devastadas calles, mientras el viento transportaba el humo de las barreras que ardían. A medianoche, un granadero borracho preguntó a Camille:
– ¿No nos hemos visto antes?
Al amanecer, bajo la lluvia, se topó con Hérault de Séchelles. Pero ya nada podía sorprenderle, aunque se hubiera topado con la misma señora du Barry. El juez tenía el rostro manchado y las ropas desgarradas. En una mano sostenía una pequeña pistola, perteneciente a una valiosa pareja de pistolas confeccionadas para Maurice de Saxe, y en la otra un cuchillo de carnicero.