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El artista de la muerte

Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:

`El artista de la muerte` es un asesino que recrea cuadros famosos con sus víctimas: La muerte de Marat de Jacques-Louis David, El Desollamiento de Marsias de Tiziano…
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
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– No se preocupe por mí -dijo Richard-. No voy a representarle.

– ¿Es consciente -dijo Brown- de que Trip podría presentar cargos contra usted, McKinnon?

– No creo que Kate tenga que preocuparse por eso -declaró Richard-. Está claro que el hombre opuso resistencia. Kate actuaba teniendo en cuenta la información obtenida a través de una investigación policial legal. Ha sido un arresto con todas las de la ley.

– ¿Es su abogado?

– Si lo necesita, sí.

– Gracias por tomar cartas en el asunto -dijo Kate cuando Brown se hubo marchado-. No estaba preparada para otra pelea.

– No ha sido más que jerga legal, pero qué coño. -Lanzó la taza de café a la basura-. ¿Qué ha pasado exactamente con ese tal Trip?

– Era el novio de Elena. Pornógrafo y traficante de drogas.

– ¿Me estás tomando el pelo?

– Ojalá.

– ¿Cuándo has descubierto todo esto?

– Hoy mismo.

– A lo mejor tenías que habértelo cargado. Hace tiempo que no llevo un caso de asesinato.

– Como si lo viera -dijo Kate-. «Marido defiende a esposa lunática.» -Y siempre la defenderé. -Sonrió.

Kate entrelazó los dedos con los de él. La alivió unos segundos. Pero la adrenalina se le había agotado. Sólo pensaba en dormir.

28

El poli de uniforme dejó una pila gruesa de papeles encima de la mesa, al lado de Kate y Brown.

– Mead ha dicho que le echéis un vistazo a esto.

Kate ojeó las primeras páginas.

– Las cuentas de William Pruitt. Su cartera de valores. -Extrajo una hoja, intentó leerla por encima, aunque estaba tan cansada que se le nublaba la vista. Había dormido menos de cuatro horas. Le dolía todo-. Acciones, recibos de cuentas bancarias. -Dejó las hojas sobre la pila-. Estoy demasiado cansada para leer. Voy a pedir a uno de los agentes de General que repase todo esto, que busque referencias cruzadas con nuestras víctimas y sospechosos, a ver qué encuentran.

– Buena idea -dijo Brown-. ¿Se siente con ánimos para interrogar a Trip, McKinnon?

Kate le clavó a Brown una mirada grave.

– Por supuesto.

– Oh. Y debería saber que Pruitt sí era el del vídeo. El anillo de Yale, el reloj Rolex. Está confirmado.

Kate asintió.

– Lo repasé todo con Mead -continuó Brown-. Va a pasar por alto su procedimiento de arresto poco ortodoxo. Se alegra de que detuviera al tío. -Le dedicó una sonrisa cálida-. Mead quería que yo hiciera el interrogatorio, pero le dije que era su presa. Así que no lo eche a perder, ¿vale? Porque a lo mejor sólo tiene una oportunidad.

Kate volvió a asentir.

– Según los antecedentes penales de Trip, se llevó sólo un tirón de orejas por esa acusación interestatal. No me cuadra.

– Un buen abogado, supongo -manifestó Brown-. Lo cierto es que si Trip está metido en el porno y en las drogas, probablemente cuente con un muy buen abogado, un especialista. -Brown tamborileó con los dedos el borde del escritorio-. De hecho, ya es la hora. Pasa de la hora. Tengo que dejar que Trip haga esa llamada antes de que hable con él.

Janine Cook se sentía mal y nada parecía aliviarle.

Ya había esnifado un poco de coca y sí, se calmó un poco pero no lo suficiente. Estaba revolviendo los cajones del tocador, apartando las medias de encaje, los ligueros y los Wonderbra. Extrajo una bolsa con cierre hermético de debajo del montón de camisetas sin mangas. En ella guardaba un par de canutos. Encendió uno, retuvo el humo en los pulmones. El acto la ayudó a tranquilizarse. Pero no lo suficiente. Una mirada a la foto -dos chicas con falda escocesa, camisa blanca, calcetines hasta las rodillas- y a Janine le daba vueltas la cabeza.

«Maldita sea.» No era más que una foto -su forma de esbozar una sonrisa inocente con los labios- y se preguntó adónde había ido a parar toda aquella inocencia. Quizá nunca hubiera existido realmente. Elena, a su lado, se reía, tiraba de las trencitas de Janine. Elena, que siempre la sacó de los numerosos aprietos en sus años escolares.

Giró la foto por enésima vez. Ahí, con su letra clara e inconfundible, Elena había escrito: JANINE Y YO, 1984.

Estaba empezando a amanecer, la ciudad se despertaba para vivir otro día. Gracias a Dios, pensó Janine, por fin había terminado la noche.

La sala de interrogatorios número 4 era como todas las demás: un cuadrado pequeño y gris con un panel en la puerta de treinta por cuarenta centímetros que era un espejo unidireccional. Dos fluorescentes colgaban del techo como si fueran luciérnagas. Daban a la sala un brillo blanco azulado y enfermizo. El único mobiliario era una mesa de metal rectangular y unas sillas de madera intencionadamente rígidas. Hacía tiempo que Kate no entraba en una sala así, pero no tanto como para haberlo olvidado. Echó un vistazo a las dos sillas -por supuesto, una era ligeramente más alta que la otra- y las colocó en la posición correcta. Extrajo un paquete de Marlboro del bolso -sólo le quedaban tres- y compró otro paquete en la máquina de cigarrillos del pasillo.

Fue al baño de señoras y se lavó la cara con agua fría. El agua no logró reanimarla después de la nochecita que había pasado, pero le limpió el emplaste de maquillaje de Estée Lauder de los pómulos, dejando a la vista el moratón que le había salido después de arremeter contra el baño del Angelika. No tenía que haberse mirado al espejo. Reflejaba a una mujer de cuarenta y un años muy cansada que muy posiblemente debería hacer caso a su esposo y amistades, o a cualquier otro, ya puestos, y volver a organizar obras de beneficencia o escribir su siguiente obra sobre el mundo del arte.

Era demasiado tarde para eso. Kate se dio unas palmaditas en la cara con una toalla de papel áspera. A la mierda con el maquillaje. Estaba preparada.

La sala de estar se iba iluminando, pero Janine bajó las persianas, observó que el pequeño destello naranja del segundo canuto se tornaba amarillo pálido y luego se extinguía.

Las ocho de la mañana. En la ciudad la gente se levantaba, se vestía, se dirigía a su trabajo normal, habitual. Se levantó del sofá de terciopelo, caminó descalza por las alfombras de pelo grueso, los suelos de madera del pasillo, la alfombra del dormitorio. Encendió el televisor para que le hiciera compañía, cambió el alegre programa Today que le resultaba nauseabundo con esa insoportable Miss Pan Blanco, Katie no sé qué coño. Puso VH-1, se tumbó en la enorme cama con dosel, recorrió las sábanas de satén con las manos, escuchó a Vanessa Williams cantando con voz suave un tema de amor, tarareó, distraída, pensando que Vanessa era una zorra negra y lista, aunque no estaba muy segura de lo negra que era la ex Miss América, la ex estrella de Penthouse.

Tenía la impresión de que le iba a estallar la cabeza.

Sólo quería dormir.

Golpeó los cojines más que rellenos, los empujó, tiró de ellos y al final los lanzó al suelo.

Trip estaba magullado, se movía con lentitud. Kate se dio cuenta de que le había hecho mucho más daño que él a ella. Le ofreció la silla baja. Él la miró antes de sentarse. Ya había pasado por aquello con anterioridad, conocía la mecánica.

Kate dio una, dos vueltas por la sala; el movimiento la ayudaba a mentalizarse. Trip la observaba a través de sus ojos hinchados.

– Supongo que te han leído los derechos, ¿no? -preguntó ella.

– No tengo nada que ocultar. -Trip jugaba con un botón suelto de su camisa de algodón.

– Está bien. -Kate se acomodó en la silla más alta. Estaba elevada con respecto a Trip. Se tomó su tiempo para encender un Marlboro, luego deslizó una hoja de papel sobre la mesa-. La lista de lo que encontramos en tu casa, sobre todo de debajo del lavabo del baño. -Exhaló una columna de humo-. Quizá te interese comprobar los últimos elementos: la heroína y la coca. Por lo que me han dicho, hay suficiente para encerrarte una buena temporadita. ¿Y tu culito, Damien? -Chasqueó la lengua para mostrar su desaprobación-. Va a hacerse muy popular.

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