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La Reina de la Oscuridad

Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:

La guerra contra los dragones siervos de la Reina de la Oscuridad sigue su curso. Armados con los misteriosos y mágicos Orbes de los Dragones y con la resplandeciente Dragonlance, los compañeros se convierten en la esperanza del mundo. Pero ahora, cuando amanece un nuevo día, los oscuros secretos que han ensombrecido los corazones de este grupo de amigos salen a la luz. La traición, el engaño, la debilidad estarán a punto de destruir todo lo que ya han conseguido.
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
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—Sea como fuere, no me imagino entrando en el templo de la Reina Oscura para preguntarle por qué revuelve el mundo en busca de un individuo con una joya verde incrustada en el pecho —dijo Tanis desalentado, tomando de nuevo asiento en la ribera.

—Lo comprendo —admitió Apoletta—. De todos modos me resulta difícil concebir que, tal como cuentas, haya adquirido tanto poder. ¿Qué han hecho los Dragones del Bien durante todo este tiempo?

—¡Los Dragones del Bien! —exclamó Tanis atónito—. ¿Quiénes son?

Ahora fue Apoletta quien le miró asombrada.

—Los Dragones Plateados, Dorados y Broncíneos, por supuesto. ¿Tampoco conoces la existencia de las lanzas Dragonlance? Sin duda las huestes argénteas os entregaron cuantas obraban en su poder.

—Insisto en que nunca tuve noticia de tales criaturas, salvo en un antiguo cántico dedicado a Huma. Y lo mismo debo decir de las Dragonlance. Las buscamos tantos meses sin éxito que empezaba a creer que sólo formaban parte de las leyendas.

—No me gusta el cariz que toman los acontecimientos. —La mujer elfa apoyó el mentón en sus manos, revelando un rostro pálido y contraído—. Algo va mal. ¿Dónde están los dragones benignos? ¿Por qué no luchan? Al principio desdeñé los rumores sobre el regreso de los reptiles marinos, pues sabía que los paladines del Bien nunca lo permitirían. Pero si estos últimos han desaparecido, según debo colegir por tus palabras, temo que mi pueblo corra un grave peligro. —Levantó la cabeza y aguzó el oído—. Espléndido, se acerca mi esposo en compañía de tus amigos. Ahora podremos regresar junto a los nuestros y discutir un plan de acción —concluyó, a la vez que se daba impulso para adentrarse en la laguna.

—¡Aguarda ! —la instó Tanis al oír también él ecos de pisadas en la marmórea escalera—. Tienes que mostrarnos la salida, no podemos quedamos en las profundidades.

—No conozco el camino de regreso —protestó Apoletta, trazando círculos en el agua con el fin de mantenerse a flote—. Ni tampoco Zebulah. Nunca nos preocupó.

—Podríamos deambular por estas ruinas durante semanas, o incluso para siempre. No estáis seguros de que algunos náufragos escapen de este lugar, ¿no es cierto? ¡Quizá mueran sin conseguirlo!

—Te repito que nunca nos inquietó esa cuestión.

—¡Pues ya es hora de deponer esa actitud indiferente!

Sus palabras resonaron en la caverna, con tal fuerza que Berem alzó los ojos y reculó alarmado. Apoletta frunció el ceño iracunda mientras Tanis suspiraba hondo y, avergonzado, se mordía, el labio.

—Lo lamento —comenzó a disculparse, pero se interrumpió al sentir la mano de Goldmoon posada en su brazo.

—Tanis, ¿qué sucede? —inquirió.

—Nada que pueda evitarse —respondió él entristecido, al mismo tiempo que forzaba la vista por encima de su hombro—. ¿Encontrasteis a Caramon y Tika? ¿Cómo están?

—Sí, dimos con ellos —susurró la mujer de las Llanuras.

Las miradas de ambos confluyeron en la escalera donde acababan de aparecer Riverwind y Zebulah seguidos por, Tika, quien examinaba su entorno llena de curiosidad. Caramon, que descendía en último lugar, caminaba en estado hipnótico. Su rostro desprovisto de expresión inquietó a Tanis, impulsándole a interrogar de nuevo a Goldmoon.

—No has contestado a mi segunda pregunta.

—Tika está bien. Caramon, en cambio... —meneó la cabeza sin acertar a concluir su frase.

Tika y Tanis intercambiaron unas palabras de bienvenida, felices por haberse reencontrado. Después el semielfo centró la vista en el guerrero y apenas pudo refrenar una exclamación de desánimo. No reconocía al jovial y activo hombretón en aquel ser con el rostro desfigurado por las lágrimas, de ojos hundidos y mortecinos.

Viendo la perplejidad de Tanis, Tika se acercó a Caramon y deslizó la mano bajo su brazo. Al sentir su contacto el guerrero pareció despertar de su ensimismamiento y sonrió a la muchacha, pero había algo en aquel esbozo de mueca, mezcla de dulzura y dolor, que el semielfo nunca había percibido.

Tanis volvió a suspirar. Se avecinaban nuevas complicaciones. Si los antiguos dioses habían regresado, ¿qué pretendían hacer con sus servidores? ¿Comprobar hasta qué punto podían soportar onerosas penalidades antes de sucumbir a causa de ellas? ¿Acaso les divertía verles atrapados en el fondo del océano? ¿Por qué no abandonar la lucha e instalarse allí? ¿Para qué molestarse en buscar la salida? Asentarse en las profundidades y olvidarlo todo, olvidar a los dragones, a Raistlin, a Laurana... a Kitiara.

—Tanis... —Goldmoon lo zarandeó sin violencia.

Se habían congregado en torno a él, esperando instrucciones. Empezó a hablar, pero se le quebró la voz y tuvo que toser para aclararse la garganta.

—¡No me miréis de ese modo! —les imprecó al fin con cierta rudeza—. Ignoro las respuestas. Al parecer estamos atrapados, no hay salida posible.

Seguían observándolo sin que en sus ojos se extinguiera la llama de la fe, de la confianza en él depositada. El semielfo se encolerizó...

—¡No esperéis que me erija de nuevo en vuestro cabecilla! —espetó al grupo—. os traicioné, ¿acaso lo habéis olvidado? Estamos aquí por mi culpa. ¡Yo soy el causante de nuestra desgracia! Buscad a otro para guiaros.

Volviendo la cabeza en un intento de ocultar las lágrimas que no podía contener, el semielfo se sumió en la contemplación de las oscuras aguas mientras luchaba consigo mismo a fin de recuperar la cordura. No se percató de que Apoletta seguía atenta sus movimientos hasta que sus palabras resonaron en la gruta.

—Quizá yo pueda ayudaros —dijo despacio la bella mujer.

—Apoletta, reflexiona —le rogó Zebulah con voz trémula a la vez que corría en dirección a la orilla.

—Ya lo he hecho —respondió ella—. El semielfo me ha indicado que deberíamos preocupamos por lo que ocurre en el mundo, y tiene razón. Podríamos tener el mismo destino que nuestros primos de Silvanesti, por idénticos motivos. Ellos prestaron oídos sordos a la realidad y permitieron que los hijos del Mal se introdujeran en sus tierras, pero nosotros debemos sacar partido de la advertencia que ahora nos ofrecen y luchar contra nuestros enemigos. Vuestra venida quizá nos haya salvado, semielfo —afirmó——. Os debemos algo a cambio.

—Ayúdanos a regresar a nuestro mundo —pidió Tanis.

Apoletta asintió con grave ademán. —Así lo haré. ¿Dónde queréis ir?

Tanis meneó la cabeza y suspiró. No lograba pensar con claridad.

—Supongo que cualquier lugar servirá para nuestros propósitos —musitó al fin.

—A Palanthas —intervino, de pronto, Caramon. Su voz agitó la superficie del agua.

Los otros le miraron en un tenso silencio. Riverwind frunció el entrecejo y adoptó una expresión sombría.

—No puedo llevaros a esa ciudad —se disculpó Apoletta, nadando una vez más hacia la ribera—. Nuestras fronteras se terminan en Kalaman. No osamos aventuramos pasado ese punto sobre todo si vuestras noticias son ciertas, pues más allá de esa urbe se encuentra el antiguo hogar de los dragones marinos.

Tanis se enjugó los ojos antes de volver de nuevo su faz hacia los compañeros.

—y bien, ¿alguna otra sugerencia?

Nadie despegó los labios hasta que Goldmoon dio un paso al frente y apoyando su acariciadora mano en el brazo del semielfo, le susurró:

—¿Me permites que te cuente una historia? Es el relato de un hombre y una mujer que quedaron solos, perdidos y llenos de espanto. Abrumados por una pesada carga, llegaron a una posada. Ella entonó una canción, una Vara de Cristal Azul obró un milagro y una multitud los atacó. Alguien se alzó, tomó el mando, un extraño que dijo: «Tendremos que salir por la cocina.» ¿Recuerdas, Tanis?

—Recuerdo —repitió él, atrapado por la bella y dulce expresión de sus ojos.

—Esperamos tus órdenes, amigo —se limitó a añadir la Princesa de las Llanuras.

Las lágrimas nublaron de nuevo su vista, pero las rechazó con un parpadeo y miró de hito en hito a sus compañeros. El severo rostro de Riverwind estaba relajado. Esbozando una leve sonrisa, el bárbaro posó su mano en el hombro de Tanis. Caramon por su parte vaciló un instante antes de avanzar unos pasos y estrechar el cuerpo del semielfo en uno de sus brazos de plantígrado.

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