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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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— Sí, Hermana —replicó Ranson, después de tragar saliva.

— Esta noche, antes de que me marche, prestarás juramento. —La Hermana empujó hacia él la figurilla con el cristal hasta que el mago la tomó—. Éste será tu primer trabajo después de jurar. Si fracasas en esta tarea o en cualquiera de las que seguirán, desearás haberte encontrado en el lugar de tu amigo. Lo desearás por toda la eternidad.

— Sí, Hermana. —Ranson sostenía el cuchillo en una mano, y la pequeña estatua en la otra. El mago echó una furtiva mirada por encima del hombro a su amigo, acurrucado en el suelo contra el muro—. Hermana, ¿podríais… podríais hacerlo enmudecer? —preguntó, bajando la voz—. No sé si podré soportar que hable mientras lo hago.

— Tienes un cuchillo, Neville. Si te molesta que hable, córtale la lengua.

El mago tragó saliva y cerró los ojos un instante. Al abrirlos, inquirió:

— ¿Y si muere antes de que su cuerpo destile toda la magia?

— Con el quillion aquí, vivirá hasta que no le quede ni una pizca de magia. Una vez que el cristal la haya absorbido por completo, empezará a brillar. Así sabrás que el proceso ha acabado. Después de eso, no me importa qué hagas con él. Si quieres, remátalo rápidamente.

— ¿Y si trata de ponerme trabas? Con su magia, me refiero.

La Hermana sonrió con aire indulgente.

— Con el collar no podrá. No podrá hacer nada para detenerte. Una vez muerto, ya no habrá vida que mantenga el rada’han alrededor de su cuello y se abrirá. Tráemelo cuando me traigas el cristal.

— ¿Y el cuerpo?

— He dedicado mucho tiempo a enseñarte Magia de Resta, como a los demás —repuso la mujer, con una dura mirada—. Úsala. Deshazte del cuerpo con Magia de Resta hasta que no quede ni una gota de sangre ni un pedazo de carne.

Ranson se puso algo más derecho y asintió con la cabeza.

— Esta noche, cuando acabes aquí, y antes de que vengas a verme al alba, hay una cosa más que quiero que hagas.

Ranson inspiró hondo y fue soltando el aire lentamente.

— ¿Otro trabajo? ¿Debo hacer otro trabajo esta noche?

— Éste te gustará —le aseguró la Hermana, sonriéndole y dándole un cariñoso cachete en la mejilla—. Será la recompensa por hacer un buen trabajo con el quillion. Ya te darás cuenta de que servir al Custodio tiene sus ventajas, y espero que nunca compruebes que fallarle tiene su castigo.

— ¿Cuál es ese otro trabajo? —preguntó el mago, receloso.

— ¿Conoces a una novicia de nombre Pasha?

— No hay hombre alguno en palacio que no conozca a Pasha Maes —repuso Ranson, con un gruñido.

— ¿La conocen muy íntimamente?

Ranson se encogió de hombros.

— Le gusta dar besos y algún que otro abrazo en los rincones.

— ¿No pasa de los besos y los abrazos?

— Conozco a unos pocos que han logrado tocarla por debajo de la falda. Todos hablan de las piernas tan estupendas que tiene y que sacrificarían el don a cambio de que las enlazara alrededor de ellos. Pero creo que ninguno lo ha conseguido. Algunos de los hombres la guardan como si fuera un gatito indefenso. Uno en particular, el joven Warren, no la pierde de vista.

— ¿Warren es uno con los que se besa por los rincones?

— No creo ni que lo reconociera, si lo tuviera delante. —El mago se rió entre dientes—. Ése no tiene agallas ni para asomar la nariz fuera de sus archivos y mirarla a la cara. Así pues, ¿en qué consiste el trabajo? —inquirió, frunciendo el entrecejo.

— Cuando acabes aquí, quiero que vayas a su alcoba, que le digas que mañana serás libre y que, después de pasar todas las pruebas, tuviste una visión del Creador. Dile que en esa visión el Creador te decía que fueras a verla y le enseñaras a usar el glorioso don de su belleza, que le enseñaras a usar ese don que Él le ha otorgado para hacer felices a los hombres, de modo que, cuando le revele la especial misión que le tiene reservada, estará preparada.

»Dile que el Creador te dijo que la ayudaría a tratar a su nuevo alumno, pues será el más difícil que haya tenido nunca una novicia. Dile que el Creador te ha revelado que ha hecho que esta noche sea calurosa para que ella sudara entre los pechos, sobre el corazón, y así despertara a Sus deseos. Luego, quiero que le enseñes cómo complacer a un hombre —concluyó con una suave sonrisa.

Ranson la miró, con incredulidad.

— ¿Que os hace pensar que creerá lo que le digo y que se entregará a mí?

La sonrisa de la Hermana se hizo más amplia.

— Tú dile lo que yo te he dicho, Neville, y te dejará hacer mucho más que ponerle una mano bajo la falda. Probablemente te enlazará la cintura con las piernas antes de que hayas acabado de hablar.

Sin salir de su estupor, el mago asintió con la cabeza.

— Me alegra comprobar que estarás… a la altura del trabajo —dijo la mujer, mirándolo deliberadamente de la cabeza a los pies—. Enséñale todo lo que se te ocurra que puede complacer a un hombre. Al menos, todo lo que puedas hasta el alba. Enséñale bien. Quiero que aprenda cómo hacer feliz a un hombre de modo que éste nunca tenga bastante.

— Sí, Hermana —repuso Ranson, muy complacido.

La mujer colocó la punta de la vara bajo su mentón y lo alzó un poco.

— Se amable con ella, Neville. No quiero que le hagas daño en ningún aspecto. Quiero que esto sea una experiencia muy agradable para ella. Quiero que la disfrute. Bueno, hazlo lo mejor que puedas con lo que tienes —añadió, bajando de nuevo la vista.

— Nunca nadie se ha quejado —protestó el mago.

— Idiota. Las mujeres no se quejan a la cara del hombre, sino a sus espaldas. Ni se te ocurra abalanzarte sobre ella, gozarla y luego quedarte dormido. Tienes de tiempo hasta el amanecer. No quiero que duermas esta noche. Asegúrate de que recordará esta noche con nostalgia. Enséñale todo lo que sabes.

»Se trata de un trabajo agradable, pero no olvides que lo haces al servicio del Custodio. Fracasa, en esto como en cualquier otra misión, y tu servicio acabará de repente. Pero el dolor que sentirás, no. No bajes la guardia mientras estés con ella. Por la mañana espero que me des un informe detallado de todo lo que le has enseñado, sin omitir nada de nada. Tengo que saber qué sabe para seguir guiándola.

— Sí, Hermana.

— Cuanto antes termines, antes podrás estar con Pasha y de más tiempo dispondrás para enseñarle —dijo, mirando al hombre contra el muro.

— Sí, Hermana —repitió Ranson, sonriendo.

La mujer apartó la vara y soltó un suspiro. Con un gesto, la túnica del mago voló hacia su mano. Se la tendió.

— Toma, póntela. Te estás poniendo en evidencia. —La mujer lo observó mientras cogía la prenda y se la ponía por la cabeza—. Mañana empezará el verdadero trabajo, la verdadera labor.

— ¿Qué trabajo? ¿Qué labor? —Ranson asomó la cabeza por la túnica, seguida de los brazos, primero uno y luego el otro.

— Una vez seas liberado, deberás partir de inmediato para ponerte al servicio de tu patria. Recuerdas tu patria, ¿no? Irás a Aydindril para convertirte en el consejero del príncipe Fyren. Tienes cosas que hacer allí. Cosas importantes.

— ¿Cómo por ejemplo?

— Ya hablaremos de eso mañana. Por ahora, antes de cumplir tu primera misión, la segunda y todo lo demás, debes prestar juramento. ¿Deseas hacerlo por propia voluntad, Neville?

La Hermana se fijó en que Ranson echaba una rápida mirada a su amigo, acurrucado contra el muro. Entonces, sus ojos se posaron en el cuchillo y el quillion. Cuando su mirada se quedó perdida, supo que estaba pensando en Pasha.

— Sí, Hermana —respondió en un susurro.

— Muy bien, Neville. Arrodíllate. Ha llegado el momento del juramento.

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