La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
Como no obedecieron con prontitud, la mujer usó los collares para arrojarlos contra el muro. Enviando un hilo de poder a cada rada’han, los inmovilizó contra la piedra. Los magos quedaron aplastados contra el muro, incapaces de levantar ni un dedo.
— Por favor, Hermana —susurró Ranson—, no nos matéis. Haremos cualquier cosa. Cualquiera.
— Sí, lo haréis. Al menos uno de los dos. —La fría mirada de la Hermana se posó en los negros ojos de Ranson—. Pero ya llegaremos al juramento. Por lo pronto, muérdete la lengua o te la arrancaré.
La Hermana se acercó a los dos magos indefensos. Primero colocó la punta del cuchillo en la parte superior del pecho de Weber y lo fue deslizando lentamente, con cuidado de cortar sólo piel y nada más. El mago apretó los dientes, la frente se le perló de sudor y los carrillos le temblaron. Tras hacerle un corte de la longitud de un antebrazo, la mujer volvió al punto de inicio y le hizo otro igual a un dedo de distancia. Mientras el cuchillo cortaba, de la garganta del hombre se escaparon leves sonidos agudos. Los extremos de ambos cortes convergían. Por el pecho de Weber se deslizaban hilillos de sangre. La Hermana introdujo la punta del puñal entre ambos cortes en la parte superior y fue separando la piel hasta formar un generoso colgajo.
Acto seguido, hizo los mismos cortes gemelos a Weber, dejando un colgajo de piel arriba. En el rostro del mago se mezclaron las lágrimas con el sudor, pero no profirió queja alguna. Sabía que de nada serviría. Al acabar, la mujer se pudo derecha y examinó su trabajo. Eran dos cortes idénticos. Perfecto. Entonces volvió a guardarse el puñal dentro de la manga y dijo:
— A uno de vosotros mañana le quitarán el rada’han del cuello y será libre para marcharse. Al menos, será libre en lo que concierne a las Hermanas de la Luz. Pero no en lo que me concierne a mí y, sobre todo, al Custodio. Mañana uno de vosotros empezará a servirle. Si le sirve bien, tendrá su recompensa cuando el Custodio se libere del velo. Pero, si fracasa… bueno, será mejor que no os diga qué destino le espera.
— Hermana, ¿por qué sólo uno de nosotros? —preguntó Ranson con voz trémula—. Ambos podríamos prestar juramento y servir al Custodio.
Weber lanzó una iracunda mirada a su amigo. No le gustaba que nadie hablara en su nombre. Siempre había sido muy obstinado.
— Se trata de un juramento de sangre. Uno de vosotros tendrá que superar mi prueba para ganarse el privilegio de jurar. El otro perderá el don esta noche, perderá su magia. ¿Sabéis cómo pierde la magia un mago?
Ambos negaron con la cabeza.
— Mientras es despellejado vivo, va exudando su magia —respondió la mujer con toda tranquilidad, como si estuvieran hablando de mondar una pera—. La destila hasta que no le queda ni gota.
Weber se quedó mirándola fijamente, muy pálido. Ranson cerró los ojos y tembló. Al mismo tiempo, la Hermana envolvió el colgajo de piel de cada uno de ellos en sus dedos índices y dijo:
— Voy a pedir un voluntario. Esto es sólo una pequeña demostración de lo que le espera a quien se ofrezca. No quiero que penséis que morir va a ser fácil. —La mujer les dirigió una cálida sonrisa antes de añadir—: Os doy permiso pata que chilléis, muchachos. Creedme; esto os va a doler.
Dicho esto, tiró de ambas tiras de piel y luego esperó pacientemente a que los gritos cesaran, y un poco más a que los magos dejaran de sollozar para darles así tiempo de que asimilaran la lección.
— Por favor, Hermana, nosotros servimos al Creador tal como las Hermanas nos han enseñado —sollozó Weber—. Servimos al Creador, no al Custodio.
— Puesto que tan fiel eres al Creador, Sam, serás el primero en elegir. —La Hermana lo miraba con frialdad—. ¿Quieres vivir o morir?
— ¿Por qué él? ¿Por qué tiene que ser él quien elija primero? —protestó Ranson.
— Cierra el pico, Neville. No hables hasta que me dirija a ti. —La mujer posó de nuevo los ojos en Weber y le levantó el mentón con los dedos—. ¿Y bien, Sam? ¿Quién morirá: tú o tu mejor amigo? —La Hermana esperó la respuesta con los brazos cruzados sobre los pechos.
El mago la miró con ojos vacuos, evitando mirar a su amigo. Tenía la tez cenicienta y su voz no era más que un débil susurro.
— Yo. Mátame a mí. Deja que Neville viva. Prefiero morir antes que prestar juramento al Custodio.
La Hermana observó por un momento sus ojos vacíos y luego se volvió hacia Ranson.
— ¿Y tú qué dices, Neville? ¿Quién vive y quién muere? Tú o tu mejor amigo. ¿Quién prestará juramento al Custodio?
El mago echó un vistazo a Weber, el cual no le devolvió la mirada. Entonces se humedeció los labios, y su mirada de ojos oscuros se posó de nuevo en la Hermana.
— Ya lo habéis oído. Prefiere morir. Si quiere morir, que muera. Yo prefiero vivir. Prestaré juramento al Custodio.
— Le entregarás tu alma.
Neville asintió lentamente. Sus ojos relucían con feroz determinación.
— Le entregaré mi alma.
— Muy bien —dijo la mujer, sonriendo—. Parece que, como buenos amigos, habéis llegado a un acuerdo. Todo el mundo está contento, y yo también. Me alegro de que seas tú, Neville, quien se una a nosotros. Me siento orgullosa de ti.
— ¿Tengo que quedarme? ¿Tengo que ver cómo lo haces?
— ¿Ver? —La Hermana enarcó una ceja—. Tienes que hacerlo tú.
Ranson tragó saliva, pero su mirada seguía siendo dura. La Hermana había sabido siempre que sería él. A veces dudaba, pero en el fondo lo sabía. Le había enseñado bien. Le había dedicado mucho tiempo para moldearlo a su gusto.
— ¿Puedo pedir algo? —inquirió Weber—. ¿Podría quitarme el collar antes de morir?
— ¿Para así poder hacer un conjuro de Fuego Vital y quitarte la vida antes de que lo hagamos nosotros? ¿Me tomas por estúpida? ¿Crees que soy una mujer blanda y estúpida? —La Hermana negó con la cabeza—. Petición denegada.
La mujer liberó ambos rada’han de la pared. Weber cayó de rodillas, con la cabeza colgando. Estaba solo en esa habitación y lo sabía.
Ranson se levantó e irguió los hombros. Entonces se señaló la sangrante herida en el pecho y preguntó:
— ¿Y esto qué?
— Sam, levántate —ordenó la Hermana al otro mago. Weber obedeció con la mirada clavada en el suelo—. Tu buen amigo está herido. Cúralo.
Sin decir ni media palabra, Weber se volvió, posó las manos sobre el pecho de Ranson y se dispuso a curarlo. Muy erguido, Ranson esperaba que el dolor desapareciera. La Hermana anduvo hacia la puerta y contempló cómo Weber hacía su trabajo, el último, con la espalda recostada contra la puerta.
Al acabar, Weber no la miró ni a ella ni a su amigo, sino que se dirigió a la pared más alejada y deslizó por ella la espalda hasta quedar sentado en el suelo. Una vez allí, hundió la cabeza entre las rodillas y se tapó con los brazos.
Ranson, curado ya pero aún desnudo, se aproximó a la Hermana y le preguntó:
— ¿Qué debo hacer?
Con un rápido movimiento de muñeca, la Hermana empuñó de nuevo el puñal. Acto seguido lo lanzó al aire y lo recogió por la hoja. Se lo tendió al mago por el mango.
— Tienes que despellejarlo vivo.
La Hermana empujó el mango contra él hasta que éste alzó una mano y lo cogió.
— En vivo —repitió el mago, contemplando el puñal que empuñaba con una mirada que nada tenía ya de firme.
La mujer se metió la mano en un bolsillo y sacó un pequeño objeto: la figura de peltre de un hombre barbudo con una rodilla hincada que sostenía un cristal sobre la cabeza. Su diminuto rostro miraba hacia arriba con expresión de maravilla. El cristal tenía una forma ligeramente alargada y acababa en minúsculas facetas. En el interior flotaban inclusiones congeladas, como un cielo de constelaciones. Tras sacarle el polvo con una esquina de su delgada capa, le tendió la figurilla a Ranson.
— Es un objeto mágico; un receptáculo de magia. El cristal, denominado quillion, absorberá la magia de tu amigo a medida que abandone su cuerpo después de ser despellejado. Entonces, una vez que haya absorbido toda su magia, brillará con luz anaranjada. Cuando eso ocurra, tráemelo para demostrarme que has concluido el trabajo.