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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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— Sí, Hermana. —Con una sonrisa, Pasha hizo una reverencia y se marchó a toda prisa por el pasillo. De pronto se detuvo y dio media vuelta—. Hermana… temo que no conozco vuestro nombre.

— ¡Vete!

Pasha se estremeció.

— Sí, Hermana.

La Hermana contempló cómo la novicia balanceaba las caderas mientras se alejaba a toda prisa por el corredor y aprovechaba para volver a colocar bien las esquinas de las alfombras. La joven tenía unos tobillos perfectos.

Un hombre hecho y derecho.

Tras un momento de reflexión, la Hermana volvió a ponerse en marcha. Mientras descendía más y más, las escaleras de madera fueron dando paso a las de piedra. Aunque el calor se fue suavizando, el aire seguía viciado y en él flotaba el olor de la marea baja. El cálido resplandor de las lámparas fue sustituido por las titilantes sombras que reinaban entre las escasas antorchas. Los medrosos criados que iba encontrando eran cada vez menos, hasta que ya no vio a ninguno. La mujer siguió descendiendo hacia los niveles inferiores del palacio, situados bajo las dependencias de los criados y los talleres. Las antorchas cada vez estaban más espaciadas, hasta que desaparecieron. La Hermana encendió en la palma de su mano una bola de fuego y la sostuvo en alto para iluminarse el camino.

Al llegar a la puerta que buscaba, envió la bola a una antorcha apagada situada en un tedero junto a la puerta. Entró en una pequeña habitación de muros de piedra que había sido una bodega. Ahora estaba abandonada y vacía, a excepción de la mohosa paja del suelo, una tea encendida y dos magos. Dentro olía desagradablemente a resina quemada y a humedad.

Cuando entró, los dos magos se pusieron en pie algo tambaleantes. Ambos llevaban la sencilla túnica que correspondía a su alto rango y exhibían una estúpida media sonrisa. La Hermana se dio cuenta de que no era que se mostraran gallitos, sino que habían estado bebiendo. Probablemente habían celebrado su última noche en el Palacio de los Profetas, la última noche con las Hermanas de la Luz, la última noche con el rada’han.

Los dos hombres eran amigos desde que, aún muchachos, llegaron al palacio casi al mismo tiempo. Sam Weber era poco agraciado, de estatura media, cabello castaño claro rizado y una mandíbula perfectamente rasurada que parecía demasiado grande en ese rostro de facciones suaves. El otro, Neville Ranson, era algo más alto, con el pelo negro lacio muy corto e impecablemente peinado. Llevaba una barba recortada a la perfección que empezaba ya a encanecer. Sus ojos eran casi tan oscuros como el pelo. Sus facciones parecían aún más marcadas en comparación con las más suaves de su amigo.

La Hermana siempre había opinado que se había convertido en un hombre muy apuesto. Lo conocía desde que, siendo niño, llegara a palacio. A la sazón era una joven novicia, y le había sido asignado como alumno; había sido la última prueba antes de ser ordenada Hermana. Pero de todo eso hacía mucho tiempo.

El mago Ranson hizo un amplio ademán con el brazo al tiempo que ejecutaba una dramática aunque tambaleante venia. Al erguirse de nuevo, exhibía una sonrisa de oreja a oreja. Pese a los años y las canas, esa sonrisa le daba invariablemente un aspecto juvenil.

— Buenas noches, hermana…

La mujer le propinó un sopapo con el dorso de la vara tan fuerte como pudo y notó cómo el hueso se rompía. El mago cayó de espaldas al suelo con un grito.

— Ya te he dicho que nunca jamás me llames por mi nombre cuando estemos solos —le espetó la mujer entre dientes—. El estar borracho no te excusa de cumplir la orden.

El mago Weber se quedó inmóvil, con los ojos desorbitados, pálido el rostro. La sonrisa había desaparecido de su cara. Ranson rodó sobre sí mismo en el suelo tapándose el rostro con las manos y dejando una estela de sangre en la paja.

Weber recuperó el color de golpe y se sonrojó.

— ¿Cómo osas tratarnos así? ¡Hemos pasado todas las pruebas! ¡Somos magos!

La Hermana mandó una andanada de poder al rada’han. El impacto lanzó al mago contra el muro. El collar se quedó pegado a la piedra como una aguja a un imán.

— ¿Que habéis pasado las pruebas? —gritó la Hermana—. ¡No habéis pasado aún mis pruebas! —La mujer se regodeó en el dolor que causaba a Weber hasta que éste empezó a jadear agónicamente—. ¿Es éste el modo de dirigirse a una Hermana? ¿Así es como muestras respeto?

La Hermana interrumpió la andanada, Weber se desplomó y gruñó al dar con sus huesos en el suelo.

— Perdonadme, Hermana —se disculpó con voz afligida y ronca—. Os pido disculpas por mi falta de respeto. El alcohol hablaba por mí. ¿Nos perdonáis? —El mago alzó con cautela la mirada hacia la furiosa mujer.

Ésta lo miraba fijamente con los brazos en jarras. Entonces señaló con la vara al hombre que rodaba sobre sí mismo en el suelo y gemía.

— Cúralo —ordenó—. No tengo tiempo para estas tonterías. He venido para someteros a ambos a una prueba, no para ver cómo Ranson lloriquea y se queja de una simple bofetada.

Weber se inclinó sobre su amigo y, con delicadeza, lo tumbó de espaldas.

— Tranquilo, Neville, te ayudaré. Quédate quieto.

El mago Weber apartó las temblorosas manos de su amigo y las reemplazó por las suyas propias. Al momento empezó el proceso de curación. La Hermana esperaba impaciente con los brazos cruzados. La cosa no duró mucho, pues Weber poseía un don especial para la sanación. Al acabar ayudó a su amigo a incorporarse y, con un puñado de paja, le limpió la sangre de la herida ya curada.

Ranson se levantó forzadamente. Sus ojos centelleaban de furia, pero se cuidó muy bien de que su voz no lo reflejara.

— Perdonadme, Hermana. ¿Qué deseáis?

— Por favor, Hermana —intervino Weber, colocándose junto a él—, hemos hecho todo lo que las Hermanas querían. Hemos terminado el aprendizaje.

— ¿Terminado? ¿Terminado, dices? No lo creo. ¿Habéis olvidado nuestras charlas? ¿Habéis olvidado ya mis palabras? ¿Pensabais acaso que yo las olvidaría? ¿Creéis que os dejaré marchar así como así, libres como pájaros? Nadie sale de aquí sin hablar conmigo antes, o con una de las mías. Queda el asunto del juramento.

Ambos intercambiaron una mirada y retrocedieron medio paso.

— Si nos dejáis marchar, os prestaremos juramento —sugirió Weber.

La mujer los observó un instante y, al hablar, su voz sonó por fin serena.

— ¿A mí? No es a mí a quien debéis prestar juramento, muchachos, sino al Custodio, ya lo sabéis. —Ambos palidecieron ligeramente—. Y el juramento vendrá después de que uno de vosotros supere la prueba. Sólo uno de vosotros deberá prestar juramento.

— ¿Sólo uno? —inquirió Ranson. El mago tragó saliva—. ¿Sólo uno de nosotros prestará el juramento? ¿Por qué sólo uno?

— Porque el otro estará muerto —susurró la Hermana.

Ambos lanzaron una exclamación ahogada y se acercaron más.

— ¿De qué prueba se trata? —quiso saber Weber.

— Desnudaos y empezaremos.

Los hombres se miraron. Ranson osó protestar.

— ¿Que nos desnudemos? ¿Ahora? ¿Aquí?

La mujer miró a uno y a otro.

— No seáis vergonzosos, muchachos. Os he visto a ambos nadar desnudos en el lago desde que apenas levantabais dos palmos del suelo.

— Pero entonces éramos niños, y ahora somos hombres adultos —replicó Weber.

— Si os lo tengo que repetir, os quemaré la túnica encima del cuerpo.

Ambos se estremecieron ante la fulminante mirada de la Hermana y empezaron a quitarse la túnica por encima de la cabeza. Para mortificarlos y mostrar su desagrado, la mujer los miró deliberadamente de arriba abajo. Los hombres se sonrojaron a la luz de la antorcha.

Un rápido giro de muñeca, y la Hermana ya tenía el puñal en la mano.

— De pie contra la pared. Los dos.

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