La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
Le soltó la camisa y se marchó hecha una furia. La Madre Confesora no aguardaba respuesta a sus órdenes, sino que esperaba que fuesen obedecidas. De repente lamentó haberle gritado a Richard, pero estaba furiosa con Chandalen por no hacerles caso.
Su furia incluía también a los bantak. Las veces que había estado en su aldea le habían parecido gente pacífica. Fuesen cuales fuesen sus razones, mientras ella estuviera allí no habría guerra alguna. La labor de la Madre Confesora era detener guerras, no quedarse de brazos cruzados viendo cómo éstas se desencadenaban. Ésa era su responsabilidad, su trabajo, no el de Richard.
En la oscuridad de la casa de Savidlin y Weselan, mientras fuera el ruido no cesaba, se puso su vestido de Confesora. Todas las Confesoras llevaban vestidos del mismo corte; largo, sencillo, con escote cuadrado, suave como el satén y sin ningún tipo de adornos. Todos eran negros menos el de la Madre Confesora, que era blanco. Era como un manto de poder. Cuando se lo ponía, ya no era Kahlan Amnell, sino la Madre Confesora, un símbolo del poder de la verdad. Ahora que todas las demás Confesoras habían muerto, la carga de defender la Tierra Central y de proteger a los más débiles recaía enteramente sobre sus hombros.
Se sentía distinta ahora al llevar ese vestido. Antes era lo normal, pero, desde que había conocido a Richard, le parecía una responsabilidad más pesada. Antes, siempre se había sentido sola en el desempeño de su misión, pero ahora, gracias a Richard, se sentía más conectada con la gente de la Tierra Central, una más de ellos y, por lo tanto, más responsable de protegerlos. Ahora sabía qué significaba amar a alguien y temer por ese alguien. Mientras siguiera siendo la Madre Confesora, no iba a permitir que se iniciara una guerra. Después de coger las pesadas capas, regresó al banquete recorriendo los oscuros callejones.
Los ancianos seguían de pie frente a la plataforma, justo donde los había dejado. Richard la esperaba. Kahlan le lanzó su capa y se dirigió a los ancianos:
— Mañana por la noche se celebrará la reunión. Los preparativos deben continuar. Regresaremos a tiempo. Weselan, deseamos casarnos al día siguiente. Siento que no haya más tiempo para organizarlo, pero debemos partir en cuanto acabe la ceremonia. Debemos ir a Aydindril para detener la amenaza que pesa sobre la gente barro y todo el mundo.
Weselan sonrió.
— Tu vestido estará listo. Ojalá pudiéramos ofreceros una gran fiesta, pero lo comprendemos.
— Si Chandalen se equivoca… —dijo el Hombre Pájaro, poniéndole una mano en el hombro—. Id con cuidado. Los bantak son gente pacífica, pero tal vez las cosas han cambiado. Decidles que no les deseamos mal alguno. No queremos luchar contra ellos.
Kahlan asintió y se puso la capa sobre los hombros, mientras decía:
— Vámonos.
15
Richard la siguió sin protestas. En silencio abandonaron la aldea y tomaron dirección norte caminando por la llana y extensa pradera de hierba seca que les llegaba hasta la cintura. A medida que se alejaban, el sonido de la gente, las boldas y los tambores se fue perdiendo poco a poco en la distancia. La luna no era llena, pero les daba luz suficiente para ver por dónde iban. Kahlan esperaba que la noche fuese suficientemente oscura para que no se convirtieran en blancos fáciles.
— Kahlan —dijo al fin Richard—, te pido perdón.
— ¿Perdón por qué?
— Por olvidar quién eres. Eres la Madre Confesora, y éste es tu trabajo. Sólo estaba preocupado por ti.
— Yo siento haberte gritado —replicó Kahlan, a quien las disculpas de Richard habían cogido por sorpresa—. Es que no quiero que haya luchas. Mi misión es justamente evitar que los distintos pueblos que habitan la Tierra Central luchen entre sí. Me pongo furiosa cuando veo cómo se empeñan en matarse unos a otros. Estoy cansada de ver cómo la gente se mata, Richard. Creí que todo eso había acabado. Ya no lo soporto más, de verdad que no.
— Lo sé. Yo tampoco. —Richard le pasó un brazo por encima y la achuchó sin dejar de caminar—. La Madre Confesora los detendrá. Y yo la ayudaré. —Al mirarla, le pareció que Kahlan fruncía el entrecejo, pero estaba demasiado oscuro para estar seguro.
Se alejaron mucho de la aldea sin ver nada, excepto el suelo negro y el cielo cuajado de estrellas. De vez en cuando, Richard se detenía para inspeccionar la pradera y sacarse del bolsillo algunas de las hojas de Nissel para masticarlas. Ya era medianoche pasada cuando llegaron a una suave depresión. Tras ojear de nuevo el paisaje, Richard decidió que esperarían allí. Sería mejor que los bantak se toparan con ellos a que los dos se les acercaran por sorpresa.
El joven allanó una pequeña zona de hierba, y se sentaron a esperar. Mientras uno echaba una cabezada, el otro hacía guardia mirando al norte. Kahlan velaba su sueño con una mano posada sobre la de Richard y escrutaba el horizonte, pensando en todas las veces que habían hecho eso antes —uno dormir y el otro hacer guardia. Ojalá llegara el día en que ambos pudieran dormir sin temor. En que pudieran dormir juntos. Pronto sería posible, decidió. Richard hallaría el modo de cerrar el velo, y todo acabaría. Por fin estarían en paz.
Cuando le tocó el turno, la mujer se durmió acurrucada contra él, bien arrebujada en la capa para protegerse del frío. El calor del cuerpo de Richard la ayudaba a dormir. Empezaba a preguntarse si tenía razón, si realmente los bantak aparecerían por el norte. Sí atacaban desde el este habría muchas bajas. Chandalen no mostraría clemencia alguna. Kahlan no deseaba que nada malo le ocurriera a la gente barro, pero tampoco se lo deseaba a los bantak. También ellos eran su responsabilidad. Pensando en Richard, al fin se sumió en un sueño intranquilo.
El joven la despertó poniéndole un brazo alrededor y tapándole la boca con una mano. El cielo empezaba a iluminarse a su derecha, por el este. Jirones de nubes color púrpura oscuro se apiñaban en el horizonte, como si trataran de empañar el amanecer. Richard miraba hacia el norte. Echada en el suelo, Kahlan no podía ver nada, pero por la tensión de los músculos de Richard supo que alguien se aproximaba.
Esperaron tumbados en el suelo, inmóviles. Una suave brisa hacía susurrar la hierba seca alrededor. Lenta y silenciosamente, Kahlan se quitó la capa. No quería que hubiera error alguno sobre su identidad. Los bantak la reconocerían por su larga melena, pero quería que también vieran su vestido de Confesora. No podía haber duda alguna de que ella era la Madre Confesora. Richard también se sacudió la capa de encima de los hombros. Las sombras se deslizaban por la hierba en torno a ellos.
Cuando les pareció que estaban rodeados, se pusieron en pie. Los hombres más cercanos a ellos, armados con lanzas y arcos, retrocedieron de un salto y lanzaron exclamaciones de sorpresa. Los bantak se habían desplegado en una larga y delgada línea que avanzaba hacia la aldea de la gente barro.
Sonaron gritos excitados. Los hombres rompieron la línea, y unos pocos corrieron hacia ellos, aunque la mayoría se agrupó al frente. Kahlan se mantuvo impasible con las manos caídas a los costados. Exhibía su cara de Confesora, esa máscara de calma que nada revelaba, tal como su madre le había enseñado. Pegado a ella, Richard mantenía la mano sobre la empuñadura de la espada. La mayoría de los bantak, ataviados con sencillas prendas de cuero adornadas con hierba, alzaron sus armas contra ellos. Era evidente que estaban nerviosos.
— ¿Osáis amenazar a la Madre Confesora? —exclamó Kahlan—. Bajad las armas. Os lo ordeno.
Los hombres recorrieron rápidamente con la mirada los alrededores para comprobar que, en efecto, estaban solos. No parecían muy cómodos apuntando sus lanzas y sus flechas contra la Madre Confesora. Era algo insólito, y lo sabían. Parecían incapaces de decidir si seguir con esa actitud o bajar las armas e hincarse de rodillas. Algunos se inclinaron ligeramente en medias reverencias.