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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Aunque no trató de moverse, sabía que no podía. Sentía que algo la tenía firmemente agarrada. Para liberarse, lo tornó frío y frágil como el hielo, y lo quebró. Una vez libre, levantó a Pasha en el aire. La joven tejió redes defensivas que la atacaron, tratando de rodearla, pero fue incapaz de liberarse. De nuevo sintió cómo sus pies abandonaban el suelo. Era realmente impresionante; la joven contraatacaba incluso estando inmovilizada.

Hechizos se enredaron unos con otros, en pugna, luchando, creando nudos. La lucha estaba igualada. Ambas se defendían y atacaban a la menor oportunidad. Suspendidas en el aire, las dos mujeres midieron sus fuerzas en silencio y sin moverse durante un buen rato.

Al final, la Hermana se hartó de eso, rompió las redes que la rodeaban y envolvió con ellas a la joven. Entonces se posó con suavidad en el suelo, dejando que Pasha hiciera juegos malabares con todo el peso de esa carga. Era una treta simple, pero efectiva; lanzarle al oponente no sólo los hechizos de ataque, sino volver contra él los propios. Pasha no se lo esperaba y era incapaz de defenderse contra ello; no era lo que le habían enseñado.

El sudor corría por el rostro de la novicia, ligeramente contraído en una mueca. La fuerza que irradiaba por todo el pasillo hacía que las alfombras se curvaran en los extremos. Las lámparas se rompían en sus soportes. Pasha empezaba a enfurecerse. Frunció el entrecejo. Con un sonoro estallido que destrozó en mil pedazos un espejo situado a la otra punta del pasillo, rompió los hechizos. Sus pies calzados con chinelas se posaron en el suelo.

La novicia inspiró profundamente varias veces, antes de poder decir:

— Nunca había visto hacer algo así. Hermana. No se ajusta a… las normas.

— Las normas son sólo para los juegos de niños —replicó la Hermana, colocando de nuevo la vara bajo el mentón de la joven—. Y tú ya no eres ninguna niña. Cuando seas ordenada Hermana, tendrás que enfrentarte a situaciones para las que no rige norma alguna. Debes estar preparada. Si sigues siempre las «normas» de alguien, es muy posible que acabes con el puñal de ese alguien clavado en la garganta.

— Sí, Hermana —repuso Pasha, sin inmutarse—. Gracias por enseñarme.

La Hermana sonrió interiormente, aunque cuidándose muy bien de mostrarlo. Tenía agallas, la joven. Una cualidad rara en una novicia aunque fuera de tercer rango.

De nuevo estudió con atención a Pasha: su suave pelo color castaño que justo le llegaba a los hombros, sus grandes ojos color avellana, sus atractivos rasgos, unos labios del tipo que atraen todas las miradas masculinas, hombros altivos y erguidos, y curvas por todas partes que ni siquiera la túnica de novicia lograba ocultar.

La Hermana deslizó la vara del mentón de la joven hasta el cuello y luego hasta el arranque del escote abierto.

Un hombre hecho y derecho.

— Pasha, ¿desde cuándo se permite que las novicias lleven la túnica desabrochada? —preguntó con una voz serena que tanto podía ser tomado por amenazante como por amable.

La joven se sonrojó hasta la raíz de los cabellos.

— Perdonadme, Hermana. Hace una noche tan calurosa… Estaba sola y no creí que hubiera nadie por aquí. Sólo quería refrescarme un poco con la brisa. —El arrebol de su rostro se acentuó—. Sudaba tanto. No era mi intención ofender a nadie. Me siento avergonzada. Perdonadme.

Con rapidez empezó a abrocharse los botones. Pero, suavemente, la superiora le apartó con su mano las manos de los senos.

— El Creador te hizo así. No deberías sentirte avergonzada de los atributos que Él, en su infinita sabiduría, te ha concedido. No te sientas nunca avergonzada de lo que el Creador te ha otorgado. Sólo aquellos cuya lealtad hacia el Creador es cuestionable te menospreciarían por exhibir en toda su magnificencia su creación.

— Yo… gracias, Hermana. Nunca se me había ocurrido mirarlo de ese modo. ¿A qué os referís con eso de «lealtad cuestionable»? —inquirió, extrañada.

— Quienes veneran al Innombrable no se ocultan en las sombras, querida. Podrían estar en cualquier parte —repuso la Hermana, apartando la vara y enarcando una ceja—. Incluso tú podrías ser uno de ellos. O yo.

— Oh, por favor, Hermana —imploró Pasha, cayendo de rodillas—, no digáis algo así de vos, ni siquiera en broma. Vos sois una Hermana de la Luz y estamos en el Palacio de los Profetas, donde ruego que estemos a salvo de los susurros del Innombrable.

— ¿A salvo? —Con un gesto de la vara, indicó a la novicia que se levantara. Una vez de pie, le dirigió una severa mirada—. Sólo una estúpida se creería a salvo, incluso aquí. Las Hermanas de la Luz no son estúpidas. Incluso nosotras debemos estar siempre alerta ante los oscuros susurros.

— Sí, Hermana. Lo recordaré.

— Recuérdalo cada vez que alguien te haga sentir avergonzada por cómo te ha hecho el Creador. Pregúntate a ti misma por qué se sonrojan al contemplar su obra. Se sonrojan como haría el Innombrable.

— Sí, Hermana… Gracias —tartamudeó Pasha—. Me habéis dado mucho en qué pensar. Nunca había pensado en el Creador de ese modo.

— Él no hace nada sin una razón, ¿no es cierto?

— ¿Qué queréis decir?

— Bueno, cuando da a un hombre unos músculos fuertes, ¿por qué razón es?

— Es fácil; para que los use. El Creador le ha otorgado fuerza para que pueda trabajar duro y alimentar a su familia. Para que trabaje bendiciendo su nombre. Para que el Creador esté orgulloso de él, no para que malgaste el regalo del creador siendo holgazán.

— ¿Y qué crees tú que pensaba el Creador cuando te dio este cuerpo? —preguntó la Hermana, agitando la vara de arriba abajo delante de Pasha.

— Yo… pues no lo sé exactamente. ¿Para que lo usara y el Creador estuviera orgulloso de su obra tal vez?

— Sigue pensando en ello. Piensa en qué razones hay para que estés aquí. Para que estés aquí ahora. Todos estamos aquí por una razón concreta. Las Hermanas de la Luz cumplen un propósito, ¿verdad?

— Oh sí, Hermana. Están aquí para enseñar a los nacidos con el don, para enseñarles a usarlo y guiarlos de modo que no escuchen los susurros del Innombrable y únicamente escuchen las palabras del Creador.

— ¿Y cómo logramos hacer eso?

— Se les concede el don de la brujería, para que puedan guiarlos en su don.

— Y, si el Creador fue lo suficientemente sabio para concederte ese don, el don de la brujería, ¿no crees que también te ha dado el aspecto que tienes por alguna razón? ¿Tal vez como parte de tu vocación como Hermana de la Luz? ¿Tal vez para que uses ese aspecto para servirle?

— Bueno, nunca lo había visto de ese modo. —Pasha estaba desconcertada—. ¿En qué puede ayudar mi aspecto?

La Hermana se encogió de hombros.

— No siempre conocemos los propósitos del Creador. Cuando Él desee, te será revelado.

— Sí, Hermana —replicó la novicia, pero su voz sonaba insegura.

— Pasha, cuando ves a un hombre al que el Creador ha concedido belleza, un cuerpo apuesto, ¿qué piensas?

Pasha se sonrojó.

— Bueno… a veces… el corazón me late muy deprisa. Me hace sentir… bien. Tengo deseos.

— No hay motivo para sonrojarse, querida —dijo la Hermana, sonriendo al fin—. Se trata del deseo de tocar lo que las manos del Creador han forjado. ¿Acaso crees que a Él le disgusta que aprecies su obra? ¿No te parece que quiere que te guste lo que ha hecho? ¿Que lo disfrutes? Del mismo modo debes saber que los hombres disfrutan contemplando tu belleza y desean tocar en ti la obra del Creador. Sería un sacrilegio no usar lo que Él te ha dado para servirle.

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