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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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— Tal vez esta vez no será tan duro. Quizá podemos hacer lo que dices, averiguar lo que debemos hacer y solucionar este lío. Será mejor que salgamos —añadió, después de darle un beso en el cuello—. Nos están esperando. Además, si me quedo aquí contigo más tiempo, no podré esperar hasta estar los dos en mi enorme y cómoda cama de Aydindril.

Abandonaron la quietud de la casa de los espíritus y recorrieron con las manos entrelazadas los oscuros callejones entre las casas. Kahlan se sentía segura dándole la mano a Richard. Desde el día que se conocieron, y Richard le había ofrecido la mano para ayudarla a ponerse de pie, le gustaba sentir su mano en la de él. Nadie antes le había cogido la mano; todo el mundo tenía miedo a las Confesoras. Kahlan deseaba que todo eso acabara para poder estar juntos y vivir en paz. Entonces podrían cogerse de las manos siempre que quisieran y ya no tendrían que huir.

El sonido de la gente, el baile, las conversaciones y el alboroto de los niños fueron creciendo en intensidad hasta que, por fin, llegaron a la zona iluminada por las hogueras. Los músicos, subidos a plataformas abiertas con los tejados de hierba, se balanceaban mientras pasaban una especie de lengüetas arriba y abajo de las ondulaciones talladas de las boldas, produciendo inquietantes y evocadores sones que se propagaban por la llana pradera que rodeaba la aldea. Los tamborileros golpeaban los parches de los tambores a una velocidad vertiginosa, creando frenéticos ritmos que resonaban en la aldea. Otros respondían a ellos o se unían. Los bailarines, disfrazados, danzaban en círculos, deteniéndose y girando todos a una, brincando y pateando el suelo con los pies, escenificando historias para deleite de niños y adultos que se agolpaban alrededor. De las hogueras emanaba un humo dulzón así como maravillosos aromas.

En el centro del campo ardían y crepitaban grandes fogatas que les calentaron un lado del rostro al pasar junto a ellas. Los hombres exhibían con orgullo sus mejores pieles, mientras que las mujeres iban ataviadas con sus vestidos más vistosos. Todos ellos se habían alisado el pelo para la ocasión con lodo húmedo. Las jóvenes llevaban bandejas de junco con pan de tava, pimientos asados, cebollas, judías, calabaza, pepino y remolacha, cuencos con carnes estofadas, pescado y pollo así como fuentes con jabalí y carne de venado desde las hogueras en las que se cocinaba hasta la gente congregada en los diversos cobertizos. Toda la aldea estaba de celebración para dar la bienvenida a los espíritus de los antepasados.

Al verlos llegar, Savidlin se levantó y les dio la bienvenida a la plataforma de los ancianos. Tenía un aspecto muy digno con la piel de coyote oficial sobre los hombros. El Hombre Pájaro y los demás ancianos los saludaron con sonrisas e inclinaciones de cabeza. Tan pronto como se hubieron sentado en el suelo con las piernas cruzadas, unas muchachas les colocaron delante bandejas de junco y fuentes llenas de comida. Ambos cogieron pedazos de pan, los enrollaron alrededor de los pimientos y recordaron llevárselos a la boca usando sólo la mano derecha. Un muchacho les llevó tazas de cerámica y una jarra de agua ligeramente sazonada con especias.

Cuando se dio por satisfecho de verlos cómodamente instalados, el Hombre Pájaro hizo una seña con la cabeza a un grupo de mujeres que esperaba en el cobertizo de al lado. Kahlan sabía qué significaba. Esas mujeres eran cocineras especiales, las únicas a las que les era permitido preparar las especialidades del banquete. Los ojos de Richard siguieron a la mujer que se acercaba a ellos con una bandeja de junco sobre la que había carne seca dispuesta de modo circular. Nada en él dejaba traslucir sus sentimientos.

Si no comía carne, no habría reunión. Y no era una carne cualquiera. Sin embargo, Kahlan sabía que Richard estaba decidido, y que comería.

La mujer ofreció la bandeja al Hombre Pájaro y, después, a los demás ancianos manteniendo la cabeza gacha. Después de que todos cogieron un pedazo, ofreció a las esposas de los ancianos. Unas pocas aceptaron. A continuación, le tocó el turno a Richard. El joven miró fijamente la carne un momento, tras lo cual alargó un brazo y cogió uno de los pedazos más grandes. Lo sostuvo entre los dedos, mirándolo, mientras Kahlan declinaba y la mujer se alejaba.

— Sabemos que te resulta difícil, pero es necesario que adquieras la sabiduría de nuestros enemigos —dijo el Hombre Pájaro a Richard.

El joven tomó un trozo grande entre los dientes.

— La tradición lo exige —dijo. Masticó y tragó la carne sin mostrar emoción alguna, con la mirada perdida—. ¿Quién era?

El Hombre Pájaro se quedó mirándolo un momento antes de responder:

— El hombre que tú mataste.

— Comprendo.

El joven dio otro mordisco a la carne. Había elegido un trozo grande y se lo estaba comiendo todo para demostrarles que estaba decidido a que se celebrara la reunión, que, pese a la advertencia de los espíritus, nada le impediría seguir adelante. Mientras masticaba y tragaba cada bocado con un sorbo de agua, contemplaba a los bailarines. La plataforma de los ancianos era como un remanso de paz entre el bullicio y la actividad.

De pronto, dejó de masticar, abrió mucho los ojos y se sentó muy erguido. Volvió con brusquedad la cabeza hacia los ancianos y les preguntó:

— ¿Dónde está Chandalen?

Los ancianos, después de estudiar su rostro un momento, se miraron entre sí.

— ¿Dónde está Chandalen? —repitió Richard, poniéndose en pie de un salto.

— Por ahí, en alguna parte —contestó el Hombre Pájaro.

— ¡Buscadlo! ¡Ahora! ¡Traedlo aquí!

El Hombre Pájaro envió a uno de los cazadores a buscar a Chandalen. Sin decir palabra, bajó de un salto la plataforma y se encaminó al cobertizo donde se cocinaba. Localizó a la mujer con la fuente de carne y cogió un trozo.

— ¿Tienes alguna idea de qué está pasando? —preguntó Kahlan al Hombre Pájaro.

Éste asintió con solemnidad.

— La carne de nuestro enemigo le ha dado una visión. A veces ocurre. Ésta es la razón de esta tradición: para conocer qué alberga el corazón de nuestros enemigos.

Richard regresó y esperó paseando de un lado a otro frente a la plataforma de los ancianos.

— ¿Richard, qué ocurre? ¿Qué ves?

El joven se detuvo. Mostraba una expresión agitada.

— Problemas —se limitó a decir, y siguió andando. Kahlan le preguntó qué tipo de problemas, pero él ni siquiera pareció oír la pregunta.

Al fin, el cazador volvió con Chandalen y sus hombres.

— ¿Qué puede querer de mí Richard el del genio pronto?

— Come esto y dime qué ves —repuso Richard, tendiéndole la tira de carne.

Chandalen clavó la mirada en los ojos de Richard mientras comía la tira de carne seca. El joven volvió a caminar impaciente de arriba abajo, mientras cortaba otro pedazo con los dientes y lo masticaba.

Por fin no pudo esperar más.

— ¿Y bien? ¿Qué ves?

— Un enemigo —contestó Chandalen, receloso.

Richard suspiró, exasperado.

— ¿Quién era ese hombre? ¿Cuál era su pueblo?

— Era un bantak, del este.

— ¡Bantak! —Kahlan se puso en pie de un brinco y bajó la plataforma para colocarse junto a Richard—. Los bantak son un pueblo pacífico. Nunca atacarían a nadie. No es su costumbre.

— Era un bantak —repitió Chandalen—. Llevaba pintura negra en los ojos y nos atacó. Al menos, eso es lo que sostiene Richard el del genio pronto —agregó el cazador, mirando a Richard.

— Se acercan —masculló Richard, caminando de nuevo arriba y abajo. Entonces se detuvo y agarró a Chandalen por los hombros—. ¡Se acercan! ¡Piensan atacar a la gente barro!

— Los bantak no son luchadores. Como la Madre Confesora dice, es un pueblo pacífico que cultiva la tierra y cría cabras y ovejas —replicó Chandalen—. El que nos atacó debía de estar mal de la cabeza. Los bantak saben que la gente barro son más fuertes, y nunca osarían atacarnos.

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