Los hombres de la guadaña
- Автор: Коннолли Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los hombres de la guadaña». Краткое содержание книги:
Louis miró el arma que sostenía en la mano. Tenía la respiración acelerada y el corazón le latía con tal fuerza que le dolía. Regresó a su habitación, se vistió e hizo la maleta. No tardó mucho, pues en realidad nunca la había deshecho, consciente de que llegaría la hora en que, si sobrevivía, tendría que marcharse otra vez. Volvió a cargar el revólver por si acaso aquellos hombres no iban solos; luego pasó por encima de los dos cadáveres y recorrió el pasillo. Abrió la puerta y aguzó el oído, después echó una ojeada al patio. No se movía nada. Abajo, en el aparcamiento, vio un Ford destartalado, con las dos puertas delanteras abiertas, pero no había nadie dentro.
Louis corrió escalera abajo y, nada más doblar la esquina, recibió un puñetazo en plena sien izquierda. Se desplomó, cegado por el dolor. Mientras caía, intentó levantar el revólver, pero ya en el suelo notó en la mano el peso de una bota que se la inmovilizó y le pisó los dedos hasta que soltó el arma. Unas manos lo agarraron de la pechera de la camisa y lo pusieron en pie de un tirón; luego, a empujones, lo obligaron a doblar de nuevo la esquina y retroceder hasta que notó el primer peldaño de la escalera en las pantorrillas. Se sentó y vio claramente, por primera vez, al hombre que lo había atacado. Era blanco, de metro ochenta, con el pelo al cepillo igual que un policía o un soldado. Vestía traje oscuro, corbata negra y camisa blanca. Tenía la tela salpicada de alguna que otra gota de sangre de Louis.
Detrás de él estaba Gabriel.
A Louis se le empañaron los ojos, pero no quería que esos hombres pensaran que lloraba.
– Están muertos -dijo.
– Sí -confirmó Gabriel-. Claro que sí.
– Usted los ha seguido hasta aquí.
– Me enteré de que venían de camino.
– Y no los detuvo.
– Tenía fe en ti. Y no me equivocaba. No necesitabas a nadie más, podías ocuparte de ellos tú solo.
Louis oyó unas sirenas a lo lejos que se acercaban.
– ¿Cuánto tiempo crees que conseguirás eludir a la policía? -preguntó Gabriel-. ¿Un día? ¿Dos?
Louis no contestó.
– Mi oferta sigue en pie -continuó Gabriel-. De hecho, aún más que antes, después de la pequeña demostración de tus aptitudes que hemos visto esta noche. ¿Qué me dices? ¿La cámara de gas en San Quintín o yo? Deprisa. Se acaba el tiempo.
Louis observó con atención a Gabriel, preguntándose cómo se las había arreglado para estar allí en el momento justo, y consciente de que esa noche había sido una prueba pero sin saber muy bien hasta qué punto la había urdido Gabriel. Alguien tenía que haber dicho a esos hombres dónde encontrarlo. Alguien lo había delatado. Aunque, claro, podía ser una coincidencia.