Los hombres de la guadaña
- Автор: Коннолли Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los hombres de la guadaña». Краткое содержание книги:
Curiosamente, Blake tenía el mismo problema con Weis, sólo que, a diferencia de él, no era hombre dado a tragarse las cosas en silencio. Se volvió hacia Weis.
– Oye -dijo, y en ese momento la ventanilla del lado del acompañante estalló junto a la cabeza de Weis, y el oído izquierdo de Blake casi ensordeció a causa del rugido de la escopeta. De pronto, Weis ya no tenía cabeza. Una tibia rojez salpicó a Blake al mismo tiempo que el torso de Weis se desplomaba hacia él, pero para entonces Blake estaba ya por debajo del nivel de la ventanilla. Accionó el tirador de la puerta y se lanzó al suelo con la pistola en la mano, disparando a ciegas, enturbiada su visión por la sangre de Weis, consciente de que el ruido y el miedo a que una bala perdida alcanzase su blanco podían bastar para brindarle unos segundos vitales. Debía de haberle sonreído la suerte, advirtió, porque al parpadear para limpiarse la sangre de los ojos, vio caer a tierra a un hombre con un poncho de camuflaje verde y marrón, pero Blake no se detuvo a asimilar lo que había hecho. Lo importante era mantenerse en movimiento. Si se detenía, moriría. Sintió dolor en la cabeza y el hombro, y supo que debía de haberle alcanzado alguno de los balines, pero con la ayuda de Weis y su buena suerte por estar sentado un poco más adelante que su difunto compañero se había salvado de lo peor de la descarga.
Las balas impactaban en torno a él mientras corría, y una le pasó tan cerca de la mejilla izquierda que sintió su calor y casi le pareció ver volar el proyectil, una masa gris en rotación rasgando el aire. Los árboles empezaron a espesarse alrededor, y otro disparo de escopeta hizo jirones una rama no muy lejos de su cabeza, pero él siguió adelante, girando a izquierda y derecha, usando los árboles para cubrirse, sin ofrecer en ningún momento un blanco claro. Oyó a sus perseguidores, pero no miró atrás. Para eso tenía que haberse parado y si se paraba, lo alcanzarían.
Se llenó los pulmones de aire preparándose para un sprint que podía proporcionarle un poco más de tiempo vital, y de pronto su cara chocó contra un objeto duro y se le rompieron la nariz y los dientes. Por un momento quedó de nuevo cegado, y esta vez no por sangre sino por una luz blanca. Cayó de espaldas, pero aun mientras caía conservó alerta el instinto de supervivencia, ya que mantuvo empuñada el arma al tocar el suelo y disparó en dirección al encontronazo. Oyó un gruñido, y un cuerpo se desplomó sobre él y lo inmovilizó. La luz blanca se desvanecía, y un nuevo dolor la sustituyó. Un hombre se sacudía en espasmos sobre él, echando sangre por la boca. Blake lo apartó de un empujón y, contorsionando la mitad inferior del cuerpo, empleó tanto su propio peso como el del moribundo para liberarse de la carga. Todavía aturdido por la fuerza del golpe se levantó tambaleándose, y la primera bala lo alcanzó en la parte alta de la espalda y lo obligó a girar y a abatirse de nuevo. De rodillas, intentó levantar el arma, pero el brazo no aguantaba el peso, y sólo pudo alzarla unos centímetros. De algún modo reunió fuerzas para disparar, pero al sentir el retroceso lanzó un grito de dolor y, sin querer, soltó la pistola. Intentó agacharse y alcanzarla con la mano izquierda, pero recibió otro balazo, que le perforó el brazo izquierdo y le penetró en el pecho. Cayó de espaldas sobre las hojas y fijó la mirada en los árboles y el cielo oscuro.
La cabeza de un hombre apareció ante él, su rostro oculto tras un pasamontañas negro. Dos ojos azules lo observaron con un parpadeo de curiosidad. Luego apareció un tercer ojo, negro y exento de emoción, y éste no parpadeó, ni siquiera cuando su pupila se convirtió en una bala y puso fin al dolor de Blake.
Habían metido dos cadáveres en el maletero del coche de Louis. Las últimas moscas de la temporada ya los habían encontrado. Abigail Endall había recibido una descarga de escopeta en el pecho. Los daños habían sido considerables; el salpicón de puntos negros en los contornos de la herida y la camisa hecha jirones indicaban que le habían disparado a cierta distancia, la suficiente para permitir que los balines se dispersasen pero no tanta como para disipar la fuerza de la descarga. Al marido lo habían matado a quemarropa de un solo disparo de pistola en la cabeza, acercando tanto el arma a su frente que se veían ampollas y quemaduras de pólvora alrededor de la herida. Abigail tenía los ojos medio cerrados, como si estuviese atrapada entre la vigilia y el sueño.
– Ayúdame a sacarlos -dijo Louis.
Se inclinó hacia el interior del maletero, pero Ángel alzó la palma de la mano para detenerlo.
– Mierda -maldijo Louis.
Ángel volvió a coger la linterna y el palo para examinar lo mejor que pudo el espacio debajo de los cuerpos. Cuando consideró que los cadáveres no estaban conectados a una bomba en modo alguno, sacaron primero a Abigail, que yacía sobre su marido, y luego a Philip. Las alfombrillas bajo los cuerpos habían sido retiradas y habían activado una serie de resortes ocultos en el fondo del maletero para desprender los paneles en la base y los laterales. Habían desaparecido las armas allí almacenadas, junto con toda la munición. Para mayor precaución, también habían rajado la rueda de repuesto.
Ángel miró a Louis, y dijo:
– ¿Y ahora qué?
Hara y Harada no llegaron mucho más allá de Massena, y en eso residió su desgracia y su suerte: desgracia porque ya no pudieron participar en la operación de Louis y, mayor desgracia aún, porque en un registro de rutina del vehículo se descubrió su alijo de armas. Los agentes de policía se negaron a concederles el beneficio de la duda, y los asiáticos acabaron en una celda en la comisaría de la calle mayor de Massena mientras el jefe de la policía decidía qué hacer con ellos, y les salvaba así la vida.
Lentamente, Ángel y Louis se acercaron a las puertas del granero. -Treinta metros -dijo Louis. -¿Qué?
– La distancia entre aquí y el bosque situado al este. -Si están esperándonos, nos liquidarán en cuanto salgamos. -¿Prefieres que nos liquiden aquí? Ángel movió la cabeza en un gesto de negación. -Tú ve por la izquierda; yo iré por la derecha -indicó Louis-. Corre y no pares por nada. ¿Queda claro? -Sí, clarísimo. Louis asintió.
– Nos veremos al otro lado -dijo. Y echaron a correr.
Tercera parte
Las candelas de la noche se han extinguido ya,
y el día bullicioso asoma de puntillas en la
brumosa cima de las montañas… ¡Es preciso
que parta y viva, o que me quede y muera!
William Shakespeare,
Romeo y Julieta, III, V
16
Gabriel abrió los ojos. Por unos instantes no supo dónde estaba. Le llegaban sonidos extraños, y un exceso de blancura lo rodeaba. Aquello no era su casa: en su casa todo eran rojos, morados y negros, como el interior de un cuerpo, un capullo de sangre y músculos y tendones. Ahora se había visto despojado de esa protección, y su conciencia había quedado vulnerable y aislada en ese entorno estéril desconocido.
Sus reacciones eran tan lentas que tardó en darse cuenta de que sentía dolor. Era un dolor sordo, y no parecía situado en ningún punto concreto, pero allí estaba. Tenía la boca muy seca. Intentó mover la lengua, pero se le había pegado al paladar. Poco a poco, formó saliva para despegarla y a continuación se humedeció los labios. Al principio no podía mover la cabeza más de un par de centímetros a la derecha o a la izquierda, y además al hacerlo le dolía. Entonces probó con los brazos, las manos y los dedos de manos y pies. Entretanto, intentó rememorar cómo había llegado hasta allí. Apenas conservaba recuerdo alguno de lo sucedido después de despedirse de Louis en el bar.