Los hombres de la guadaña
- Автор: Коннолли Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los hombres de la guadaña». Краткое содержание книги:
Los criadores se acuclillaron a ambos lados del reñidero junto a sus gallos, que picoteaban el aire presintiendo la inminencia del combate. Presentaron a las aves, cuyos collares se erizaron en una reacción instintiva de odio, y luego las soltaron. Mientras los gallos luchaban, Griggs se abrió paso entre el gentío atisbando algún que otro destello del metal de las púas, los salpicones de sangre en brazos, pechos y caras. Vio a un hombre que instintivamente se lamía la sangre de los labios con la punta de la lengua, sin apartar la mirada del combate. Una de las aves, un gallo de collar amarillo, recibió una cuchillada en el cuello y comenzó a desfallecer. El criador lo retiró de forma provisional y empezó a soplarle en la cabeza para reanimarlo; luego le succionó la sangre del pico antes de devolverlo a la pelea, pero era obvio que el gallo ya había recibido bastante. Se quedó inmóvil, sin responder a los ataques de su adversario. Se inició la cuenta y la pelea se dio por concluida. El perdedor agarró el ave maltrecha entre sus brazos, la miró con tristeza y luego le retorció el pescuezo.
Alderman no se había movido del barril, y Griggs adivinó que la noche no le había sido propicia.
– Vaya mierda, tío -se quejó Alderman con la misma voz que un deudo pronunciando oraciones por un muerto en susurros, o como un suave cepillo barriendo las cenizas de un suelo de piedra-. Ha sido todo una verdadera mierda.
Griggs se recostó contra la pared y encendió un cigarrillo, en parte para aislarse del hedor del reñidero. Griggs nunca había sido muy aficionado a las peleas de gallos. No le gustaba el juego y se había criado en la ciudad. Aquél no era sitio para él.
– Traigo noticias para ti -anunció-, algo que debería animarte.
– Ya -repuso Alderman. No miró a Griggs, sino que empezó a contar una y otra vez su dinero, como si por el hecho de pasar los billetes con los dedos pudiese multiplicarlos o hacer aparecer uno de veinte no visto hasta ese momento entre los de cinco y los de uno.
– El chico que se cargó a Deber. Puede que sepa dónde está.
Alderman acabó de contar e introdujo los billetes en una cartera marrón de cuero gastado; luego guardó la cartera con cuidado en el bolsillo interior de la chaqueta y se abrochó el botón. Llevaban ya diez semanas buscando al muchacho. Presentándose en su enorme Ford, viejo y destartalado, habían tratado de intimidar a las mujeres de la cabaña con un despliegue de falsas sonrisas y amenazas implícitas, pero la abuela del muchacho se había enfrentado a ellos allí mismo, en el porche, y luego habían salido tres hombres de entre los árboles, lugareños que cuidaban de los suyos, y Griggs y él se habían marchado. Alderman comprendió que esas mujeres, en el supuesto de que supieran dónde estaba el muchacho, no hablarían, ni siquiera sacando una navaja a una de ellas. Lo vio en los ojos de la matriarca, plantada en jarras delante de la puerta abierta, maldiciéndoles entre dientes por lo que se proponían. Al igual que el jefe Wooster, algo había oído Alderman acerca de la fama de esa mujer. Las palabras que les dirigía no eran maldiciones corrientes. A Alderman, que no creía en Dios ni en el diablo, le trajeron sin cuidado, pero admiró la actitud de la mujer y sintió respeto por ella incluso mientras intentaba transmitirle el nivel de daño que Atlas y él estaban dispuestos a infligir para encontrar al muchacho.
– ¿Y dónde está? -preguntó a Griggs.
– En San Diego.
– Muy lejos de casa. ¿Cómo te has enterado?
– Un amigo se lo dijo a un amigo. Conoció a un hombre en un bar, se pusieron a charlar… En fin, ya sabes. El hombre oyó que buscábamos a un chico negro, oyó que podía haber dinero de por medio. Dijo que un chico como el nuestro apareció por San Diego buscando trabajo hace un par de meses. Consiguió un empleo de pinche en una casa de comidas.
– ¿Ese tipo tiene nombre?