Los hombres de la guadaña
- Автор: Коннолли Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los hombres de la guadaña». Краткое содержание книги:
Alderman era respetuoso con las mujeres. Había estado casado una vez, pero ella había muerto y él no había vuelto a tomar esposa. No hacía uso de las prostitutas ni coqueteaba con mujeres de baja estofa, y no veía con buenos ojos a quienes lo hacían. Por eso, Deber, que era un sádico sexual y un explotador de mujeres en serie, nunca había sido santo de su devoción. Pero Deber tenía la virtud de acceder a situaciones que propiciaban el enriquecimiento, como una serpiente o una rata introduciéndose por los resquicios y los agujeros a fin de llegar a la presa más jugosa. El dinero que Alderman se embolsaba por ese canal le permitía abandonarse a su único y auténtico vicio, que era el juego. El juego escapaba por completo a su control. Lo consumía, y eso explicaba por qué un hombre listo que de vez en cuando daba golpes de nivel entre bajo y medio había acabado teniendo sólo dos trajes manchados que antes fueron propiedad de otros hombres.
Griggs, en cambio, no era inteligente, o al menos no destacaba por ello, pero sí leal y fiable, y poseía un grado poco común de fuerza y valor personal. Si bien no era mucho más alto que Alderman, pesaba veinticinco kilos más. Tenía la cabeza casi perfectamente redonda, las orejas pequeñas y pegadas al cráneo, y la piel negra con un asomo de rojo según la luz. Deber era primo segundo suyo, y los dos hombres acostumbraban andar en busca de mujeres en los pueblos y ciudades por los que pasaban. Deber tenía encanto, aunque era un encanto tan poco profundo que en él no se ahogaría siquiera un insecto, y Griggs era apuesto a su manera robusta, de modo que formaban buen equipo. La adoración de Griggs por su primo le impedía ver los aspectos más ingratos del comportamiento de éste con las mujeres: la sangre, las magulladuras y, la noche que mató a la mujer con quien vivía, la visión de un cuerpo maltrecho tendido en el callejón detrás de una licorería, con la falda levantada en torno a la cintura, la mitad inferior del cuerpo desnuda, violada por Deber mientras moría.
Griggs llegó al viejo almacén de patatas que albergaba el reñidero cuando estaba a punto de empezar la última pelea de gallos. Era agosto, casi el final de la temporada, y las aves que habían sobrevivido presentaban las señales de sus peleas anteriores. No se veía una sola cara blanca. Dentro del almacén hacía tal calor que la mayoría de los hombres habían prescindido de la camisa y, en un esfuerzo por refrescarse, bebían cerveza barata, sacando las botellas de cubos llenos de hielo a rebosar. Aquello olía a sudor y a orina, a excrementos y a la sangre de los gallos, que había salpicado las paredes del reñidero y se filtraba en el suelo de tierra. Sólo Alderman permanecía indiferente al calor. Sentado en un barril, sostenía un delgado fajo de billetes enrollados en la mano izquierda y mantenía la atención fija en el reñidero que tenía delante.
Dos hombres acabaron de afilar las cuchillas que llevaban sus aves en las patas y entraron en el reñidero. Al instante se alteraron el tono y el volumen de las voces de los espectadores mientras hacían las últimas apuestas antes de iniciarse la pelea, cruzando señas con las manos y gritos, buscando confirmación de que quedaba constancia de la cantidad apostada. Alderman no se sumó a ellos. Ya había hecho su apuesta. Alderman nunca dejaba nada para el último momento.