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Los hombres de la guadaña

Электронная книга - «Los hombres de la guadaña». Краткое содержание книги:

Cuando parecía que la vida de Louis y Angel, los amigos del ex policía Charlie Parker, había alcanzado cierta paz y estabilidad, surgen de pronto sombras de su turbio pasado deseosas de saldar cuentas pendientes. No cabe duda de que alguien quiere atentar contra sus vidas. Y, en esta ocasión, prefieren dejar al margen a Parker, que ha perdido su licencia de investigador privado y el permiso de armas y se gana la vida de camarero en un bar. A Louis no le queda más remedio que volver a ponerse en contacto con su viejo mentor, el enigmático Gabriel… A los quince años, Louis estaba al borde del abismo: había vengado la muerte de su madre y, acusado de asesinato, se encontraba en pleno interrogatorio cuando apareció Gabriel y le ofreció una vía de escape: formar parte de los temibles Hombres de la Guadaña. Ahora, Louis tendrá que librar junto a Angel una encarnizada lucha a vida o muerte.
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– Era blanco, no dijo cómo se llamaba. Le habló de él un paleto que tiene un bar en el pueblo del chico. Pero hice unas cuantas llamadas y pedí a alguien que fuera a echarle un vistazo. Según parece, es él.

– Es un viaje muy largo para ir hasta allí y descubrir que nos hemos equivocado.

– Mandé a Del Mar. No queda lejos de Tijuana. En todo caso, es él. Lo sé.

Alderman se levantó del barril y se desperezó. No había gran cosa que lo retuviera allí, y tenía que ajustarle las cuentas a ese muchacho: Deber estaba preparando un golpe y con su muerte se había ido todo a la mierda. Sin Deber, Atlas y él se las habían ido arreglando a duras penas. Necesitaban otro contacto, alguien con garra, pero corría el rumor de lo que el muchacho podría haberle hecho a Deber y ahora a Atlas y a él no se les guardaba el merecido respeto. Necesitaban zanjar el asunto con el chico para empezar a ganar dinero otra vez.

Esa noche atracaron un negocio familiar y se embolsaron setenta y cinco dólares de la caja registradora y la caja fuerte, y cuando Griggs acercó una navaja al cuello de la mujer, el marido sacó otros ciento veinte de una caja en el almacén. Los dejaron atados en la trastienda, apagaron las luces y, antes de marcharse, arrancaron el cable del teléfono de la pared. Alderman vestía un viejo abrigo gris encima del traje y tanto Griggs como él llevaban bolsas de tela en la cabeza para ocultar sus rostros. Antes de entrar habían buscado un sitio donde aparcar que no se viera desde la tienda, para que nadie pudiera identificar el coche. Había sido un golpe fácil, no como algunos de los que habían dado con Deber en su día. Deber habría violado a la mujer en la tienda por despecho, delante del marido.

Se detuvieron cerca de Abilene en un bar propiedad de un antiguo conocido de Griggs, y allí un tal Poorbridge Danticat, que había oído hablar de Alderman, Griggs y Deber, hizo un comentario jocoso sobre Deber, en alusión al hecho de que perdió la cabeza. Alderman y Griggs lo esperaron después en el aparcamiento, y Griggs dio tal paliza a Poorbridge que casi le arrancó la mandíbula del cráneo y le dejó una oreja colgando de un trozo de piel. Serviría como mensaje. La gente tenía que aprender a mostrar un poca de respeto.

Todo por culpa de Deber, pensó Alderman mientras se dirigían en coche hacia el oeste. Ni siquiera me caía bien, y ahora tenemos que hacer un viaje de varios días para matar a un chico sólo porque Deber fue incapaz de controlarse con su mujer. En fin, se lo harían pagar al muchacho, le darían un castigo ejemplar para que la gente supiese que Atlas y él se tomaban en serio esas cosas. No quedaba más remedio. Al fin y al cabo, el negocio era el negocio.

La casa de comidas estaba en National Boulevard, no lejos del cine por-no Pussycat. El Pussycat había nacido con el nombre de teatro Bush en 1928, luego, en sucesivas etapas de su historia, había sido el National, el Aboline y el Paris, antes de incorporarse por fin a la corriente porno en la década de 1960. Cuando Louis llegaba a trabajar cada mañana poco después de las cinco, el Pussycat estaba dormido y en silencio, como una puta vieja después de una dura noche de faena, pero cuando se iba, doce horas más tarde, una continua cola de hombres ya había empezado a hacer uso de las instalaciones del Pussycat, aunque, como comentaba a menudo el señor Vasich, el propietario de la casa de comidas: «Ninguno se queda más tiempo de lo que duran unos dibujos animados».

El trabajo en la Casa de Comidas Número Uno de Vasich, cuyo nombre se anunciaba en un cartel de neón amarillo y rosa, consistía en hacer todo lo necesario para que el establecimiento permaneciera en marcha, salvo preparar la comida o cobrar a los clientes. Fregaba, pelaba patatas, desgranaba maíz y sacaba brillo. Ayudaba con las entregas de los repartidores y a sacar la basura. Se aseguraba de que los lavabos estuvieran limpios y de que hubiera papel higiénico en los retretes. Por eso le pagaban el salario mínimo, 1,40 dólares la hora, de los que el señor Vasich deducía veinte centavos por hora en concepto de alojamiento y comida. Trabajaba sesenta horas semanales, y libraba los domingos, aunque si quería, podía ir y poner al día la contabilidad durante un par de horas la mañana del domingo, por lo que el señor Vasich le pagaba cinco dólares limpios, sin hacer preguntas. Louis hacía las horas extra. Gastaba sólo una pequeña parte del dinero que ganaba, salvo por alguna que otra película que se concedía un domingo por la tarde, ya que el señor Vasich le daba bien de comer y le proporcionaba una habitación en el piso de arriba con un cuarto de baño al otro lado del pasillo. Desde donde Louis se alojaba, no había acceso a la propia casa de comidas, y el resto de las habitaciones se empleaban como almacén y depósito de una colección de muebles rotos y desparejados, casi ninguno relacionado con el negocio.

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