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Los hombres de la guadaña

Электронная книга - «Los hombres de la guadaña». Краткое содержание книги:

Cuando parecía que la vida de Louis y Angel, los amigos del ex policía Charlie Parker, había alcanzado cierta paz y estabilidad, surgen de pronto sombras de su turbio pasado deseosas de saldar cuentas pendientes. No cabe duda de que alguien quiere atentar contra sus vidas. Y, en esta ocasión, prefieren dejar al margen a Parker, que ha perdido su licencia de investigador privado y el permiso de armas y se gana la vida de camarero en un bar. A Louis no le queda más remedio que volver a ponerse en contacto con su viejo mentor, el enigmático Gabriel… A los quince años, Louis estaba al borde del abismo: había vengado la muerte de su madre y, acusado de asesinato, se encontraba en pleno interrogatorio cuando apareció Gabriel y le ofreció una vía de escape: formar parte de los temibles Hombres de la Guadaña. Ahora, Louis tendrá que librar junto a Angel una encarnizada lucha a vida o muerte.
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Ya estaban cerca.

Se detuvieron en Massena. Allí entraron por separado en un motel anónimo y tomaron habitaciones distintas. Louis durmió. Ángel vio la televisión, con el volumen al mínimo audible, atento al sonido de los coches que entraban en el aparcamiento, de las voces, de la presencia de figuras anónimas en la oscuridad cada vez más cerrada. A esa hora tan temprana le costaba conciliar el sueño. Era ave nocturna por naturaleza. A él lo que se le hacía cuesta arriba eran las mañanas. Al final se obligó a apagar el televisor y se tendió en la cama. Quizá se adormiló un rato, pero cuando el reloj junto a la cama indicó que pasaban de las cuatro de la madrugada, estaba despierto y desconectó el despertador sin darle ocasión de sonar.

Louis aguardaba ya en el coche cuando Ángel salió de la habitación. No cruzaron saludo ni palabra alguna. Abandonaron Massena en silencio, con la atención fija en la carretera, en la oscuridad y en el trabajo que tenían por delante.

15

A unos ocho kilómetros al oeste de Massena, Louis dobló hacia el sur. Recorridos otros diez kilómetros, pasaron ante una serie de embalses en forma de U llenos de agua estancada y viejas explotaciones mineras en estado de decrepitud, los únicos vestigios de las minas de talco de Leehagen. En segundo plano, ahora invadidas poco a poco por la naturaleza, se encontraban las ruinas de Winslow. No se veían en la oscuridad, pero Louis sabía que estaban allí. Las había visto en las fotografías, y memorizado su posición hasta el último metro. Conocía asimismo la situación exacta de las dos carreteras no señalizadas, que, trazando una curva en dirección sudoeste, atravesaban el río Roubaud y se adentraban en las tierras de Leehagen.

Llegaron al primer desvío cuando el indicador del salpicadero marcaba veinticinco kilómetros: un rótulo advertía propiedad privada. Esa carretera conducía al primer puente del Roubaud. Louis aminoró la marcha. A su derecha, una linterna destelló una vez entre los árboles: Lynott y Marsh, dando a conocer su presencia. Louis y Ángel siguieron por la carretera otros cinco kilómetros hasta llegar al segundo puente. Otra vez vieron una señal desde algún lugar en la espesura: Blake y Weis.

Mientras tanto, los Endall habían entrado en la propiedad de Leehagen al amparo de la oscuridad poco después de las doce de la noche e ido a pie hasta las ruinas de las antiguas vaquerizas, desde donde debían vigilar la casa de Leehagen y aguardar la llegada de Ángel y Louis. Al igual que con las tres parejas principales, era imposible comunicarse con ellos una vez iniciada la operación. No importaba. Todos sabían lo que tenían que hacer. Los teléfonos habrían sido útiles, pero no eran una opción, allí no.

Los únicos que aún no habían ocupado su puesto eran Hara y Harada. Seguían en Massena, y sólo se pondrían en marcha a la hora acordada previamente, tan pronto como Ángel y Louis hubiesen penetrado en la propiedad de Leehagen, a fin de evitar que el pequeño convoy de coches llamara la atención y alertara sobre lo que estaba a punto de ocurrir.

Una vez confirmada la presencia de los equipos en los puentes, Louis accedió a las tierras de Leehagen por el del sur. No vieron luces, no se cruzaron con ningún otro coche ni detectaron señal alguna de vida en la carretera. Alrededor, el paisaje era predominantemente boscoso, con árboles a ambos lados, pero en un par de ocasiones vieron claros abiertos por el hombre de cien metros de ancho como mínimo: eran los pastos de Leehagen. Al cabo de tres kilómetros se desviaron otra vez en dirección norte por un camino de tierra donde el bosque se hacía menos espeso hasta llegar a un viejo granero, marcado en uno de los mapas junto a una granja abandonada, y allí dejaron el coche. Estaban a menos de un kilómetro de la casa de Leehagen, y si seguían adelante en coche, se arriesgaban a poner sobre aviso a sus ocupantes, ya que reinaba un silencio absoluto.

Se armaron de Glocks y un par de metralletas Steyr TMP de 9 milímetros provistas de silenciadores y correas para llevar al hombro, y dejaron el resto de su arsenal móvil en el maletero. Aquello iba a ser una incursión asesina, rápida y brutal, y no preveían la necesidad de armas de más largo alcance. Las Steyr eran sencillas y eficaces: fáciles de manejar pese a su alcance real de no más de veinticinco metros; ligeras, con un peso sin carga de menos de un kilo doscientos; un retroceso limitado, y un índice cíclico de novecientas balas por minuto. Los dos se habían pertrechado de sendos cargadores de recambio de treinta balas para las Steyr, y también para las Glock.

Frente a ellos se hallaban las vaquerizas, unas estructuras de madera de una sola planta idénticas, pintadas de blanco. Cerca de allí, un moderno montacargas azul se elevaba por encima de los edificios más bajos. Ángel percibió en el aire el olor residual de los excrementos y la orina de las vacas, y cuando miró dentro de la primera vaqueriza, advirtió que no se había limpiado desde el sacrificio de los animales. Louis comprobó la vaqueriza de la derecha, y en cuanto se cercioraron de que las dos estaban vacías, siguieron adelante, utilizando los edificios para ocultarse hasta llegar al pie de una pequeña colina frente a la casa de Leehagen, a unos cuatrocientos metros al oeste.

Louis no se había planteado siquiera liquidar a Leehagen con un rifle de largo alcance, y tampoco lo habría hecho aun en el caso de que el viejo hubiese tenido más movilidad. No era una de sus especialidades, y menos aun desde la lesión que sufrió en la mano izquierda cuando estaban en Louisiana con Parker unos años atrás. Pero, incluso de tener la opción, le habría sido imposible saber si Leehagen estaría en condiciones de salir a tomar el aire esa mañana en particular, y además se habría visto obligado a prever las condiciones meteorológicas. Al fin y al cabo, a un hombre enfermo difícilmente iban a pasearlo en silla de ruedas por sus tierras si hacía frío, y el pronóstico del tiempo anunciaba lluvias torrenciales. Pero además debía ocuparse del hijo. Louis quería acabar también con él. Si mataba al padre y dejaba vivo al hijo, la vendetta continuaría. Había que eliminar a los dos al mismo tiempo. Eso implicaba matarlos en la casa, que entrasen Louis y Ángel mientras los Endall los cubrían. Lo harían con el mayor sigilo posible, usando silenciadores para reducir el riesgo de que los disparos atrajeran una atención no deseada, pero Louis sabía que quizá pecaba de optimista al concebir tales esperanzas. Dudaba mucho de que pudieran llegar y marcharse pasando totalmente inadvertidos y no descartaba ni mucho menos la posibilidad de salir a tiros de las tierras de Leehagen. Al menos no tendrían que hacerlo solos, y los hombres de Leehagen no estarían a la altura de sus diez armas.

– ¿Dónde se han metido? -susurró Ángel.

Louis volvió a mirar hacia las vaquerizas vacías. Era allí donde debían reunirse, pero aún no había señales de los Endall.

– Mierda -dijo Louis entre dientes. Consideró las opciones-. Vamos a echar un vistazo a la casa, para ver si hay movimiento.

– ¿Cómo? -preguntó Ángel-. ¿No irás a seguir adelante sin ellos?

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