Los hombres de la guadaña
- Автор: Коннолли Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los hombres de la guadaña». Краткое содержание книги:
– No voy a hacer nada todavía. Sólo quiero ver la casa.
Esta vez fue Ángel quien maldijo, pero subió a lo alto de la colina tras los pasos de Louis. Ante ellos apareció la casa, rodeada de una cerca de estacas blancas. Una lámpara iluminaba tenuemente una de las ventanas del piso superior, pero por lo demás todo estaba en calma. Detrás de la casa, el lago era una mancha más oscura que se extendía hacia montes invisibles. Louis se llevó unos prismáticos a los ojos y recorrió la propiedad con la vista. Ángel, a su lado, hizo lo mismo, si bien dedicó más atención a los edificios vacíos detrás de él que a la casa, de manera que incluso mientras miraba hacia el norte, permanecía alerta a los sonidos procedentes del sur.
Observaron durante cinco minutos, y los Endall seguían sin aparecer. Ángel empezaba a ponerse nervioso.
– Tenemos que… -empezó a decir Ángel, pero Louis lo obligó a callar levantando una mano.
– Esa ventana iluminada -dijo.
Ángel se acercó de nuevo los prismáticos a los ojos y apenas alcanzó a ver lo que había despertado el interés de Louis antes de que volvieran a correrse las cortinas blancas: una mujer junto a la ventana, y a continuación un hombre que la apartaba. Era rubia, y Ángel le había visto el rostro con toda claridad, aunque no más de un segundo.
Era Loretta Hoyle, la difunta hija de Nicholas Hoyle, al parecer regresada de entre los muertos.
– La última vez que la vimos estaban comiéndosela los cerdos, ¿no? -dijo Ángel.
– Exacto.
– Parece que le ha sentado bien.
Pero Louis ya se había puesto en pie.
– Nos han tendido una trampa -dijo-. Salgamos de aquí ahora mismo.
Lynott y Marsh estaban sentados en su Tahoe. Resultó que compartían ciertos gustos musicales, entre otras cosas. Marsh había llevado su iPod, y el equipo de música tenía una salida de MP3, así que ahora oían Voices de Stan Getz. Era un poco demasiado estándar para Lynott y no representaba, en su opinión, lo mejor de Getz, pero era una música relajada y se acomodaba a su estado de ánimo. Desde su posición, junto a un camino maderero, se veía cualquier coche que pasara ante ellos y parte del puente al otro lado de la carretera, pero permanecían invisibles entre los árboles. Sólo alguien que viniera a pie desde el oeste tendría ocasión de verlos, y sólo si se acercaba mucho. En caso de que eso ocurriese, la persona en cuestión tendría motivos para lamentar su proximidad.
En el asiento trasero del Tahoe había once botellines de agua, un gran termo de café, cuatro bocadillos envasados y unas cuantas magdalenas y chocolatinas. También esto fue obra de Marsh. Lynott tenía que reconocer su capacidad de previsión, aun cuando empezaba a arrepentirse de haber bebido parte del café y uno de los botellines de agua del paquete de doce.
– Tengo que echar una meada -anunció-. ¿Quieres que lo haga en la botella vacía?
Marsh miró a Lynott como si acabara de preguntarle si podía mearse encima de él.
– ¿Por qué iba yo a querer que hicieras una cosa así? ¿Crees que me caliento viendo a hombres mear en una botella? Ni siquiera me caliento viendo a mujeres.
– Sólo me ha parecido conveniente preguntarlo -explicó Lynott-. Algunos son muy puntillosos con eso de quedarse en el vehículo.
– Pues no es mi caso, al menos tratándose de un asunto de cintura para abajo. Anda y ve a buscar un poco de intimidad.
Lynott así lo hizo. Le sentó bien estirar las piernas, y el aire era fresco y olía a hojas verdes y agua cristalina. Se adentró lentamente en el bosque, avanzando en perpendicular a la pendiente, cuidándose de no resbalar en el suelo mojado y las hojas caídas. Encontró un árbol apropiado; luego echó un vistazo por encima del hombro para asegurarse de que aún veía el Tahoe antes de volverse de espalda y abrirse la bragueta. Lo único que se oía en el bosque era el chorro no muy delicado contra la madera y el simultáneo suspiro de alivio y satisfacción de Lynott.
De pronto, un tercer sonido se sumó a la mezcla: cristales rotos, y un ruido a medio camino entre suspiro y tos. Lynott lo identificó de inmediato y al instante tenía el arma en la mano derecha mientras se guardaba el miembro en el pantalón con la izquierda, indiferente al desagradable goteo que acompañó el movimiento. No había dado ni dos pasos cuando algo impactó contra su nuca, y estaba muerto aun antes de darse cuenta de que moría.
Ángel resistió la tentación de decirle a Louis que ya se lo había advertido.
Rodearon las vaquerizas por lados opuestos, moviendo sin cesar sus armas, apuntando los cañones hacia las puertas vacías, las ventanas oscuras, atentos a la menor señal de movimiento.
Llegaron al granero sin percances. Parecía estar tal como lo habían dejado, con las puertas cerradas para mantener el coche oculto. Se detuvieron y aguzaron el oído, pero no oyeron nada. Louis hizo una seña a Ángel para que abriera la puerta de la izquierda después de contar hasta tres. Ángel tenía la boca seca y le dolía el vientre. Se lamió el sudor del labio superior mientras Louis contaba en silencio con los dedos y, cuando dobló el último dedo, abrió la puerta de un tirón.
– Vía libre -anunció Louis, y añadió-: pero la cosa pinta mal.
A un lado, el coche tenía los bajos demasiado cerca del suelo, como una sonrisa torcida. Les habían rajado los dos neumáticos de la derecha. Habían roto la ventanilla del conductor y abierto el capó, y luego lo habían dejado caer sin cerrarlo. Louis permaneció en la puerta, vigilando, mientras Ángel entraba. No detectó el menor movimiento. Un campo vacío se extendía desde la parte de atrás del granero hacia el bosque, pero apenas distinguía nada a lo lejos excepto la forma de los árboles.
Ángel se agachó delante del coche y levantó el capó con cuidado unos milímetros. Sacó una pequeña linterna del bolsillo, la encendió y, sujetándola entre los dientes, cogió un palo del suelo y lo pasó lentamente por la ranura entre el chasis y el capó. No encontró ningún cable. Levantó el capó un poco más con la mano izquierda y, sosteniendo la linterna en la derecha, examinó el motor. No vio resortes, ni almohadillas, ni dispositivos que pudieran activarse al abrir el capó. Aun así, respiró hondo antes de levantarlo del todo. Tardó sólo unos segundos en deducir qué habían hecho. Lo olió antes de verlo.
– Han volado el cuadro de fusibles -anunció-. Con esto no iremos a ninguna parte.
– Habrá que ir a pie, me temo.
– ¿Gamberros?
– ¿Acaso has visto tú a algún chico de la banda del pueblo cuando veníamos hacia aquí?
– No, pero es que esto es…, digamos…, rural. A lo mejor estaban escondidos.
– Sí, ya, por el miedo que les daban los chicos de la gran ciudad.
Louis echó un último vistazo alrededor y luego entró en el granero y fue derecho al maletero del coche. Apoyó el dedo en el botón de apertura y se detuvo antes de apretarlo para mirar a su compañero.
– Delante no había nada -informó Ángel.
– Entonces me quedo más tranquilo. Quizá convendría que te apartases unos pasos, por si las moscas.
– Oye, si tú te vas, yo me voy contigo.
– Puede que no te quiera conmigo.
– ¿Es que necesitas que alguien te llore después?
– No, sólo que no te quiero conmigo toda la eternidad. Y ahora aléjate de una puta vez.
Ángel se apartó. Louis pulsó el botón estremeciéndose sólo un poco. El maletero se abrió, y Louis dejó escapar una maldición. Ángel se acercó.
Juntos, miraron fijamente el maletero.
Weis y Blake no tenían música en el coche, y hacía tiempo que habían agotado las existencias de conocidos mutuos. A ninguno de los dos le preocupaba. Ambos valoraban el silencio. Si bien ninguno lo había expresado en voz alta, los dos admiraban la inmovilidad esencial del otro. Una de las razones por las que Weis detestaba a Lynott era su incapacidad para permanecer callado y quieto mucho tiempo. Sus caminos se habían cruzado por última vez en Chad, donde teóricamente luchaban en el mismo bando, pero Weis consideraba a Lynott un mal profesional, un ladrón y un hombre de moral laxa. Aunque bien es cierto, todo hay que decirlo, que Weis tenía una facilidad especial para detestar a la gente, y ya había empezado a fijarse en la respiración de Blake, que le resultaba incómodamente ruidosa, con o sin inmovilidad. Contra eso nada podía hacerse, suponía, salvo asfixiarlo, lo que incluso a Weis se le antojó una reacción exagerada.