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Los secretos de Oxford

Электронная книга - «Los secretos de Oxford». Краткое содержание книги:

Cuando Harriet Vane regresa a la Universidad de Oxford, encuentra a los profesores y alumnos de su college nerviosos por los extraños mensajes de un lunático. Con la ayuda de lord Peter Wimsey, Harriet empieza una investigación para desenmascarar al autor de las amenazas.
Una novela de misterio, e incluso de terror, Los secretos de Oxford es también una obra sobre el papel de las mujeres en la sociedad contemporánea, una reflexión sobre la educación y una historia de amor entre dos mentes privilegiadas.
Una de las mejores novelas de misterio del siglo XX y la obra maestra de Sayers, precursora de Patricia Highsmith, Iris Murdoch o A.S. Byatt.
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Estaban atravesando el campanario, con un clamor insistente, impertinente. A Harriet le recordó algo que le había contado Peter Wimsey hacía unos años, un día en el que, solo gracias a la inquebrantable decisión de seguir hablando él, logró evitar que acabara en pelea una lamentable excursión. Era algo sobre un cadáver en un campanario, y una inundación y las grandes campanas propagando la alarma por tres condados.

El ruido de las campanas fue apagándose a medida que Harriet avanzaba, y también el recuerdo, pero se había detenido un momento en el difícil descenso, y la chica, quienquiera que fuese, se había adelantado. Cuando llegó al pie de las escaleras y salió a la clara luz del día, vio la delgada figura atravesar disparada el pasadizo y salir al patio. Dudó si debía perseguirla o no. La siguió desde lejos, observó que torcía hacia la ciudad y de repente se encontró poco menos que en los brazos del señor Pomfret, que bajaba del Queen's con un traje de franela gris zarrapastroso y una toalla al brazo.

– ¡Hola! -dijo el señor Pomfret-. ¿Viene de saludar al amanecer?

– Sí. No ha sido un amanecer muy bueno, pero el saludo sí.

– Yo creo que va a llover, pero he dicho que iba a bañarme y voy a bañarme.

– Pues igual que yo. He dicho que voy a remar, y voy a remar -replicó Harriet.

– ¿No somos dos héroes? -dijo el señor Pomfret.

La acompañó hasta el puente de Magdalen, lo llamó desde una canoa un amigo irritado, que dijo que llevaba esperando media hora, echó a andar río arriba, rezongando que nadie lo quería y que sabía que iba a llover.

Harriet encontró a la señorita Edwards, quien, al oír lo de la chica dijo:

– En fin, supongo que podría haberle preguntado cómo se llama, pero no sé qué se podría hacer. No sería una de las nuestras, ¿no?

– No la he reconocido, y creo que ella a mí tampoco.

– Entonces probablemente no lo es. De todos modos, es una lástima que no averiguase su nombre. La gente no debería hacer cosas así. Es una falta de consideración. ¿Qué prefiere, proa o popa?

Capítulo 12

Como un tulipán (que nuestros herboristas llaman Narcissus) cuando brilla el sol es admirandus flos ad radios solios se pendens, una flor exhibiendo su esplendor, cuando el sol se pone, o llega la tempestad, se oculta, languidece y sin deleite alguno queda… así hace todo enamorado con su amada.

ROBERT BURTON

La mente actúa con suma eficacia sobre el cuerpo, provocando con sus pasiones y perturbaciones prodigiosas alteraciones, tales como la melancolía, la desesperación, crueles enfermedades y en ocasiones la muerte misma… Aquellos que viven con temor jamás son libres, audaces, seguros, alegres, sino que padecen incesante dolor… Causa a menudo la locura repentina.

Ibidem

La llegada de la señorita Edwards, junto con la reorganización de las residencias debido a la finalización del edificio de la biblioteca contribuyeron considerablemente a reforzar la autoridad al comienzo del último trimestre. La señorita Barton, la señorita Burrows y la señorita De Vine se instalaron en tres nuevos apartamentos en la primera planta de la biblioteca; a la señorita Chilperic la trasladaron al patio nuevo y se llevó a cabo una redistribución general, de modo que los edificios del Tudor y del Burleigh quedaron privados por completo de profesoras. La señorita Martin, Harriet, la señorita Edwards y la señorita Lydgate establecieron un sistema de rondas, mediante el cual se podían hacer visitas nocturnas a intervalos variables al patio nuevo, el Queen Elizabeth y el edificio de la biblioteca y vigilar cualquier movimiento sospechoso.

Gracias a este plan se frenaron las actuaciones más violentas de la autora de los anónimos, si bien llegaron unas cuantas cartas anónimas por correo, con insinuaciones insidiosas y amenazas de venganza contra varias personas. Harriet se encargaba escrupulosamente de cuantas muestras tenía noticia o podía recoger. Cayó en la cuenta de que ya habían llegado a todo el claustro, salvo a la señora Goodwin y a la señorita Chilperic; además, las alumnas de tercero empezaron a recibir siniestros pronósticos sobre sus posibilidades en los exámenes, mientras que a la señorita Flaxman la obsequiaron con un dibujo de muy mala factura de una arpía arrancándole la carne a un caballero con birrete. Harriet había intentado librar de toda sospecha a la señorita Pyke y a la señorita Burrows, basándose en que eran bastante hábiles con el lápiz y, por consiguiente, incapaces de realizar dibujos tan malos, ni siquiera a propósito; sin embargo, descubrió que aunque ambas eran diestras, ninguna de las dos era ambidiestra, y que lo que intentaban hacer con la mano izquierda resultaba tan malo como cualquier obra de la autora de los anónimos, si no peor. Desde luego, cuando le enseñó el dibujo de la arpía, la señorita Pyke comentó que contradecía en varios aspectos el concepto clásico de ese monstruo, pero a una experta podía resultarle muy fácil fingir ignorancia, y quizá el ardor con que resaltó los errores de escasa importancia decía tanto contra ella como a su favor.

Otro suceso insignificante pero curioso, que tuvo lugar el tercer lunes del trimestre, fue la queja de una alumna de primero, que estaba muy nerviosa y muy seria: había dejado una novela moderna, totalmente inofensiva, abierta sobre la mesa en la biblioteca de narrativa, y al volver a recogerla tras haber pasado la tarde en el río, encontró varias páginas del centro, justo donde estaba leyendo, arrancadas y desparramadas por la sala. A la alumna, que tenía una beca del condado y era más pobre que las ratas, poco le faltó para echarse a llorar. No había sido culpa suya, pero ¿tendría que reponer el libro? La decana, a quien fue presentada la cuestión, dijo que no, porque no parecía ser culpa de una alumna de primero. Hizo una nota sobre aquella atrocidad: «La búsqueda, de C. P. Snow. Páginas 327-340 arrancadas y cortadas. 13 de mayo», y le dio la información a Harriet, que la incorporó a su diario del caso, junto con entradas como: «7 de marzo. Carta insultante por correo para la señorita De Vine», «11 de marzo, para la señorita Hillyard y la señorita Layton», «29 de abril. Dibujo de la arpía para la señorita Flaxman», y acumuló una lista imponente.

Y así se presentó el trimestre de verano, salpicado de sol, precioso; abril se despidió como una exhalación, espoleado por el viento, para recibir a un mayo esplendoroso. Los tulipanes se mecían en el jardín de las profesoras; un fleco de verdor dorado relucía hasta lo más intrincado de las hayas seculares; las barcas dispuestas en el Cher, entre las orillas que empezaban a florecer y la ancha cuenca del Isis, se agotaban con tanto entrenamiento de los equipos. Por las calles de la ciudad y por las puertas de los colleges revoloteaban togas negras y vestidos veraniegos, formando descuidados blasones con el verde del suave césped y el sable plateado de la piedra ancestral; automóviles y bicicletas torcían peligrosamente por estrechas bocacalles codo con codo, y con los alaridos de los gramófonos, los canales desde el puente de Magdalen hasta mucho más allá de la nueva carretera de circunvalación resultaban odiosos. Las alumnas que tomaban el sol y merendaban ruidosamente profanaban el patio viejo de Shrewsbury, las zapatillas de tenis recién lavadas proliferaban en zócalos y alféizares de ventanas, y la decana se vio obligada a promulgar un edicto sobre la cuestión de los trajes de baño, que ondeaban y revoloteaban, a modo de banderas, y se veían desde cualquier posición estratégica. Las solícitas tutoras empezaron a cloquear y empollar con ternura cuantos huevos becarios a punto de madurar estaban destinados a eclosionar en la humedad de los exámenes tras tres años de incubación; las candidatas, al darse cuenta con remordimiento de conciencia de que apenas les quedaban ocho semanas para compensar las clases que se habían saltado y las horas de trabajo perdidas, iban como flechas desde la Bodleiana hasta las aulas y desde la cámara a las clases, y entonces el goteo de insultos de las cartas anónimas quedó anegado y prácticamente olvidado en la corriente de joviales amenazas que siempre brotaban de labios de las alumnas elegidas entre el grueso de las examinandas. Ni tampoco faltó la nota más alegre en el delirio generalizado al comienzo de la fiebre de los exámenes. El claustro decidía las candidatas para la «carrera», y a Harriet le proporcionaron los nombres de dos «caballos», uno de los cuales, la señorita Newland, era al parecer favorito. Preguntó quién era, porque nunca la había visto ni había oído hablar de ella.

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