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El artista de la muerte

Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:

`El artista de la muerte` es un asesino que recrea cuadros famosos con sus víctimas: La muerte de Marat de Jacques-Louis David, El Desollamiento de Marsias de Tiziano…
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
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– Entré en el depósito de cadáveres la noche que murió Mama Cass. ¡Se lo robé a esa zorra!

Kate se echó a reír.

– Cielos, me alegro de verte. ¿Qué has venido a ver?

– ¿Quién sabe? Roberta ha comprado las entradas. Creo que es una de esas tenebrosas películas escandinavas. Una especie de triángulo amoroso posmoderno: hombre, mujer y perro.

– Oh, perfecto. -Kate miró a Richard-. ¿Es la que vamos a ver nosotros?

– No me eches la culpa. No hablo danés.

Amy hizo una seña con la mano a una mujer con el pelo corto y gris acero.

– Roberta, aquí.

– Tengo que mear. A lo mejor no es más que el síndrome premenstrual, pero tengo la impresión de que voy a explotar.

Kate se volvió y de algún modo el gentío se dividió, abriendo un pasillo. De repente se quedó quieta. Allí estaba, justo al final del camino, asintiendo junto a la cafetería, comiéndose un cruasán. Y él también la había visto. Durante unos instantes pareció que iba a salir disparado, pero no, se quedó ahí, sonriendo.

Kate no estaba segura de qué haría cuando llegara allí, pero aquello implicaba tomar una decisión y, por el momento, esa parte de su psique estaba cerrada. En ese preciso instante, era todo instinto. El ruido -conversaciones, risas, anuncios por el altavoz del comienzo de las sesiones- la rodeaba, pero ella seguía avanzando. Estaba a escasos metros de distancia de Damien Trip, quien la miró a los ojos, le dedicó su sonrisa de cabrón y se pasó el dedo por la cicatriz que tenía en el mentón.

– Vaya, vaya… qué sorpresa -dijo él mientras se tragaba el último pedazo de cruasán y antes de lamerse el índice mantecoso. Recorrió lentamente con su mirada azul claro el cuerpo de Kate-. ¿No puedes estar lejos de mí, Kate? ¿Se trata de eso?

– Oh, vas a desear que me hubiera mantenido alejada…

Y entonces él dijo algo más y ella también, pero las palabras le sonaron como si procedieran de muy lejos, la sangre le bombeaba con fuerza en los oídos. Lo único que veía era su lengua rosada lamiéndose el dedo huesudo y su sonrisa burlona -la misma que había reflejado la cámara-, nada más. Ella echó el brazo hacia atrás y lo lanzó hacia él. Pero Trip también actuó con rapidez. Se giró y se agachó. El puño de Kate fue a parar a un póster enmarcado de La mort aux Tousses, la versión francesa de Con la muerte en los talones de Hitchcock. La sangre dejó un reguero en el cristal y le manchó el hoyuelo del mentón a Cary Grant y la dentadura perfecta a Eva Marie Saint.

– ¿Te has vuelto loca? -gritó Trip.

Kate no sentía el dolor de la mano, ni veía la sangre. Estaba cegada. Ahí estaba: la parte de su personalidad que le resultaba aterradora, la que descubrió la primera vez que se sujetó una cartuchera.

Trip se lo vio en la mirada. Utilizó lo que pudo, aquello en lo que hacía años que confiaba: la sonrisa, los hoyuelos.

– Tranquilízate, Kate -le instó mientras le posaba una mano sobre el hombro, casi como si le hiciera un masaje.

– Oh -dijo ella con una voz que era poco más que un susurro-. Eres… eres… hombre… muerto.

Trip se revolvió y enseguida se escabulló entre la multitud. Pero el brillo de su cabello rubio reapareció durante un instante en el estrecho pasillo que conducía a los pequeños baños unisex del Angelika.

– ¡Trip! -gritó Kate por encima del gentío-. ¡Detente!

Un grito -«¡La mujer lleva una pistola!»- y la multitud se dispersó.

Kate no recordaba haber extraído la Glock pero estaba ahí, en su mano.

Richard apareció entre la gente y vio a su esposa cruzando a la carrera el vestíbulo del cine, empuñando una pistola y con la ira reflejada en la mirada. La llamó. Pero no le oía. Iba directa hacia el estrecho pasillo.

Le dio una patada a la puerta del baño. Las bisagras se desprendieron del yeso. La madera se astilló.

– ¡Dios mío! ¡Ayuda! -gritaba Trip-. ¡Esta tía está loca!

La fuerza de su propio puntapié impulsó a Kate al pequeño baño en el que Trip estaba literalmente encogido de miedo entre el inodoro y el lavamanos.

Una voz gritaba el nombre de Elena, fuerte y desconocida. Pero hasta que llegó Richard, y los separó, Kate no se dio cuenta de que era su propia voz, y que estaba agarrando a Trip por el cuello con una mano y con la otra le presionaba la pistola contra la sien.

– ¡Vamos, basta ya! -Dos policías, con las pistolas al aire, entraron rápidamente por el pasillo. Les seguían otros dos.

Un agente con sobrepeso, resoplando como si acabara de correr un maratón, apartó a Richard. Apuntó a Kate en la cara.

– Pertenezco al Departamento de Policía de Nueva York -afirmó ella-. Este cabrón ha opuesto resistencia cuando iba a arrestarle.

– ¡Joder! -Amy Schwartz se abrió camino entre el gentío, se fijó bien en la puerta del baño reventada, en los uniformados, en Kate jadeante, con la adrenalina todavía a tope-. ¡La Mujer Maravilla está viva! Olvidaos de la película. ¡Por esto sí que vale la pena pagar! ¡Uau, mi madre!

Kate se tocó la mejilla, porque de repente notó un dolor punzante; se miró la mano, vio que le sangraban los nudillos y, cuando dio un paso, perdió el equilibrio.

– Los zapatos de trescientos dólares a la mierda -refunfuñó al tiempo que escudriñaba el suelo del pasillo-. ¿Alguien ha visto el tacón en algún sitio?

Richard dedicó una mirada a Kate que ella no acabó de comprender.

Era casi medianoche. Dos agentes uniformados arrastraban a un adolescente, que iba soltando pestes, por el lado del diminuto cubículo de Kate.

Encerraron a Damien Trip en un calabozo después de que un médico le hiciera un reconocimiento. El mismo médico que le limpió los nudillos a Kate y le vendó la mano.

– ¿Te encuentras bien? -preguntó Richard.

– Sobreviviré.

– Bueno, menos mal. Voy a buscar un café. ¿Quieres uno?

– Te arrepentirás -dijo Kate negando con la cabeza-. Me refiero al café. Está asqueroso.

Una vez neutralizada la subida de adrenalina, a Kate le entraron ganas de acurrucarse en el suelo.

Floyd Brown llevaba unos pantalones de chándal grises y unas Nike, y la expresión de su rostro no era demasiado agradable.

– Menuda nochecita la suya, ¿eh, McKinnon?

– Las he tenido mejores -dijo ella mientras se tocaba la mejilla con los nudillos magullados.

– Había emitido una orden de arresto para Trip. Podía haberme llamado.

– Lo sé. No sé qué me ha pasado.

– ¿Que no lo sabe? ¿Quiere que repasemos las normas? ¿Que le haga una lista con todo lo que no debería haber hecho? Como que no llevaba refuerzos, no cumplió con el uso razonable de la fuerza. ¿Quiere que siga? -Pero Brown sabía lo que la había hecho explotar. Exhaló un suspiro-. Ya tenemos a Trip. ¿Algún testigo de su supuesta resistencia a ser arrestado?

– Sólo si conseguimos que el inodoro y el lavabo testifiquen…

– Esto no es una broma, McKinnon. Necesitamos pruebas.

– Lo sé -apuntó Kate-. Tenemos las drogas…

– Pero no hay forma de relacionarlo con los asesinatos sin las huellas o el ADN.

– ¿Y el detector de mentiras?

– Sólo si su abogado acepta.

– Toma uno de éstos -dijo Richard al tiempo que entraba en la sala con una taza de poliestireno humeante en cada mano-. Se me están quemando los dedos. -Alzó la mirada-. Oh…

Kate tomó una taza.

– Floyd Brown. Mi esposo, Richard Rothstein.

Los dos hombres se sopesaron con la mirada antes de estrecharse la mano.

– El agente Brown me ha estado leyendo la cartilla.

– No me parece mala idea -comentó Richard.

– Menuda mujer la suya -dijo Brown.

– No está para bromas -comentó Richard.

Kate miró a uno y luego al otro.

– Bueno -dijo Brown, que parecía incómodo-. Mañana, McKinnon. Temprano. Tenemos que trabajar en lo de Trip, rápido. -Negó con la cabeza-. Qué curioso, no encuentro la moneda de veinticinco centavos que Trip necesita para llamar a su… -Se calló de repente y miró a Richard.

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