Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Другие детективы » Licenciado en asesinato
Licenciado en asesinato - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Licenciado en asesinato

Электронная книга - «Licenciado en asesinato». Краткое содержание книги:

Deborah, la mujer del mejor amigo del inspector Thomas Lynley, descubre el cadáver -desnudo y con señales de tortura de un joven estudiante. Todas las sospechas conducen a Bredgar Chambers, un viejo y sombrío internado. Allí, Lynley descubrirá una enrarecida atmósfera de frustración, desarraigo y soterrada perversidad entre estudiantes. Pero, esencialmente, descubrirá que todo ello puede resolverse de un plumazo con el asesinato o el suicidio…
1 ... 52 53 54 55 56 57 58 59 60 ... 106
Перейти на страницу:

La mujer se levantó.

– Voy a buscarla.

– Si buscan un asesino -dijo el coronel, cuando ella salió de la sala-. Mi opinión es que deberían empezar por los racistas, el tipo de gente que no soporta estar cerca de alguien un poco diferente. Gente ignorante, gente que destruye lo que es incapaz de comprender.

Lynley oyó las palabras, pero sólo podía pensar en la imposibilidad de que Matthew Whateley fuera diferente de lo que se les había presentado desde el primer momento: el hijo de Kevin y Patsy Whateley, vástago de una familia de clase obrera, beneficiario de una beca, entusiasta de los trenes en miniatura.

Jean Bonnamy volvió con la fotografía y se la entregó a Lynley. Éste la examinó y miró a Havers.

– El mismo chico -dijo, volviendo a mirarla. Plasmaba a Matthew y al coronel encorvados sobre el tablero de ajedrez. La mano de Matthew estaba extendida, como si le hubieran sorprendido en el momento de mover una pieza, pero su rostro se hallaba girado hacia la cámara, y sonreía de la misma forma que Lynley había visto en la fotografía tomada a orillas del Támesis en compañía de Yvonnen Livesly, su amiga de Hammersmith.

– He conocido a los padres de Matthew -dijo Lynley al coronel-. Ninguno es chino.

El coronel no aparentó sorpresa o desconcierto ante la noticia.

– El niño era mestizo -repuso con convicción-. Viví treinta y cinco años en Hong Kong. Reconozco a un niño mestizo en cuanto lo veo. Para ustedes, Matt parecía occidental, pero para alguien que haya vivido en Oriente, el muchacho era medio chino. -Sus ojos tristes se desplazaron hacia la chimenea y se detuvieron en la cabeza del llamativo dragón-. A cierta gente le gusta destruir lo que no puede comprender, como se aplasta una araña con el tacón del zapato. Eso es lo que usted debe buscar. Ese tipo de fealdad. Ese tipo de odio, que habla de la supremacía de una Inglaterra blanca y predica el desprecio a todos los demás. Investigue en ese colegio. Me atrevería a decir que allí lo encontrará.

Demasiadas cosas en qué pensar, demasiados datos que evaluar, pero aún era necesario aclarar algunos puntos, en especial lo que Lynley consideraba la verdad acerca de la familia de Matthew Whateley.

– ¿Le habló Matthew de esto alguna vez? ¿Sobre los orígenes de su familia, sobre si existían prejuicios en el colegio, sobre problemas con algún profesor, estudiante o miembro de la plantilla?

El coronel negó con la cabeza.

– Sólo hablaba de sus notas, y cuando yo se lo preguntaba. No hablaba del colegio para nada.

– No te olvides del lema, papá -intervino Jean Bonnamy. Regresó a su taburete y habló a Lynley-. Matthew había visto el lema del colegio en alguna parte… En la capilla, o en la biblioteca. No me acuerdo, pero a él le sorprendió mucho.

– No he visto el lema -dijo Lynley-. ¿Cuál es?

– No sé qué significa en latín, pero alguien se lo tradujo y nos lo dijo -contestó Jean Bonnamy-. Tenía algo que ver con el honor. Él estaba…

– Me había olvidado, Jeannie -interrumpió el coronel con aire pensativo-. «Que el honor sea nuestro sostén y nuestro guía.» Ésas eran las palabras exactas. Le fascinaban. Quería pasar toda la tarde hablando sobre su significado. Honor sit et baculum et ferula.

– Un tema de conversación curioso para un niño de trece años -comentó la sargento Havers.

– Para ese chico, no -replicó el coronel-. Llevaba el honor en la sangre. Es el núcleo de su cultura.

Lynley deseaba evitar este tipo de discusiones.

– ¿Cuándo tuvo lugar esta conversación? ¿Cómo siguió?

El coronel pidió ayuda a su hija con una mirada.

– ¿Cuándo, Jeannie?

– Hará un mes, más o menos. En el colegio, durante una clase de historia, había hablado acerca de… lady Jane Grey, eso es, que murió en nombre de sus creencias, en nombre de la religión. Sí, estoy segura. Recuerdo que Matt te preguntó si creías que el honor exigía hacer lo debido. Tú le preguntaste quién le había metido esa idea en la cabeza. Él dijo que lady Jane Grey y su decisión de morir antes que aceptar el deshonor de renunciar a su religión.

– Quería saber qué era más importante para nosotros, un código de honor o un código de conducta -asintió el coronel.

– Tú contestaste que no había diferencia entre ambos, ¿verdad?

– Exacto, pero Matt no estuvo de acuerdo. -El coronel miró la foto que Lynley había devuelto a Jean Bonnamy-. Era su parte occidental la que hablaba, aunque su sangre china le decía que eran exactamente lo mismo.

Lynley sintió una punzada de irritación ante las continuas referencias a un linaje cuya existencia carecía de confirmación.

– Sin embargo, usted nunca le comentó que él era chino, a pesar de su evidente amor por esa civilización.

– Como tampoco se me ocurriría comentarle a usted su ascendencia noruega, de la que ha heredado su hermoso cabello, inspector. Todos tenemos una parte de otra cultura, ¿verdad? Algunas personas están más cercanas a esa otra cultura que usted y yo, pero todos procedemos de otra fuente. Aceptar esto es aceptar la vida. Los que la destruyen son aquellos incapaces de aceptarlo. Es lo único que puedo decirle.

El coronel dio por finalizada la entrevista de esta manera, y Lynley se dio cuenta de la tensión a que le había sometido la conversación. Sus miembros temblaban. Los párpados le pesaban de cansancio. No tenía sentido insistir en obtener más información. Se puso en pie, dio las gracias al anciano y, acompañado de la sargento Havers, siguió a Jean Bonnamy por el mismo camino que habían recorrido al entrar. Ninguno de los tres habló hasta que llegaron al camino particular.

– Permítame hacerle una pregunta, señorita Bonnamy -dijo Lynley-. No quiero causarle dolor, pero sí comprender por qué su padre cree que Matthew Whateley era chino. Su padre ha sufrido cuatro ataques. No habrá salido indemne de ellos.

La mujer desvió la vista hacia el seto privado. Tres pájaros chapoteaban alegremente en un charco de agua que había en la base.

– ¿Son imaginaciones suyas? -Preguntó Jean con una sonrisa-. Ojalá pudiera facilitarle las cosas, inspector. Se las facilitaría si le diera la razón, ¿verdad? Pero no puedo. Viví en Hong Kong hasta los veinte años. En cuanto Matthew Whateley puso el pie en nuestra casa, el pasado septiembre, supe sin lugar a dudas que era un niño mestizo. Por lo tanto, el hecho no tiene nada que ver con la mente de mi padre o su plena posesión de facultades. Porque aunque él no la tenga, no importa. Yo sí. -Se rascó la suciedad adherida a las arrugas de sus palmas-. Ojalá pudiera cambiar algunas cosas, inspector.

– ¿Por ejemplo?

Ella se encogió de hombros. Sus labios temblaron, pero se controló y habló con calma.

– Cuando le acompañé al colegio el pasado martes por la noche, era tarde. Dejé atrás la casa del conserje para llevarle directamente a la puerta de Erebus. Sin embargo, me hizo parar en el camino que va al cobertizo de los vehículos, porque allí me sería más fácil dar la vuelta. Dijo que iría a pie hasta la residencia. Pensaba en todo. Matthew era así.

– ¿Fue la última vez que le vio?

Ella asintió y prosiguió, como si sus palabras pudieran exorcizar la pena.

– Salió del coche y empezó a caminar. Entonces, un minibús apareció en el sendero y sus faros iluminaron a Matthew. Me acuerdo muy bien porque oyó al autobús y se volvió. Se despidió de mí agitando la mano. Y sonrió. -Se secó los ojos-. La sonrisa de Matthew era adorable, inspector. Cuando la vi en su rostro el martes por la noche, me di cuenta de cuánto había llegado a quererle. Ojalá se lo hubiera dicho.

– Encontramos el borrador de una carta dirigida a usted entre las pertenencias de Matthew. ¿La recibió? -Lynley sacó de su bolsillo la hoja de papel y se la tendió.

Ella la leyó, asintió y se la devolvió.

– Sí, recibí una nota como ésta el viernes. Siempre que venía a cenar con nosotros escribía una nota dando las gracias. Siempre.

1 ... 52 53 54 55 56 57 58 59 60 ... 106
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)