La Reina de la Oscuridad
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: Cronicas de la Dragonlance #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Tere Casanovas
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
Caramon le dio una suave palmada en el hombro para calmarla y la acunó con ternura. Se sintió reconfortado al ver que se sumía de nuevo en un profundo sueño, y suspiró mientras pensaba que pocas semanas antes le había advertido que no aceptaría su amor hasta poder entregarse a ella en cuerpo y alma. Casi oía sus palabras: «Debo consagrarme por entero a mi hermano. Yo soy su fuerza.»
Ahora Raistlin se había ido, había hallado su propia fuerza. «Ya no te necesito», le había dicho a Caramon.
«Debería estar pletórico de felicidad. Amo a Tika y ella me corresponde. Somos libres de manifestar nuestros sentimientos, puedo comprometerme. Tendría que ocupar el primer lugar en mis cavilaciones, me da lo mejor de sí misma. Merece ser querida», así pensaba Caramon en la vista perdida en la penumbra.
«No era ése el caso de Raistlin, al menos así lo creían todos. ¡Cuántas veces oí cómo Tanis preguntaba a Sturm, sin percatarse de mi presencia, por qué soportaba sus sarcasmos, sus amargas recriminaciones, sus desabridas órdenes! Les he visto mirarme compasivamente.
Sé que me juzgan torpe comparado con Raistlin, y lo soy. Yo soy el buey que camina cansino, cargado de fardos, sin proferir una queja. Eso piensan de mí. ..
»No lo comprenden porque ellos no me necesitan. Ni siquiera Tika, al menos no del mismo modo que Raistlin. Nunca presenciaron cómo se despertaba, siendo niño, en medio de la noche presa del paroxismo. ¡Nos dejaban solos tan a menudo! No había nadie en la oscuridad, salvo yo dispuesto a tranquilizarle. Nunca recordaba sus pesadillas, pero eran espantosas. Su frágil cuerpo se estremecía de miedo, sus ojos se desorbitaban en la contemplación de horrores que sólo él veía. Se abrazaba a mí, sollozando, y yo le relataba historias o hacía sombras chinescas en la pared para aliviar su pánico. Mira, Raistlin, conejos, le decía mientras levantaba dos dedos y los movía como las orejas de estos animales.
»Pasado un rato, los temblores cedían a la sonrisa. Nunca fue muy dado a las manifestaciones de alegría, ni siquiera en su infancia, pero se relajaba.
»'Quiero dormir, estoy muy cansado —susurraba aferrado a mi mano Tú quédate despierto, Caramon, velando mi sueño. No permitas que se acerquen, que me atrapen.
» Yo le prometía entonces que lo haría, que me encargaría de que nadie lo lastimara. El esbozaba un amago de sonrisa y, exhausto, cerraba los ojos. Cumplía siempre mi palabra, custodiaba su descanso y me decía que quizá tenía el poder de ahuyentar a sus verdugos pues, mientras yo vigilaba, nunca se repetían las pesadillas.
»Incluso en la pubertad se despertaba gritando y estiraba la mano en busca de mi cuerpo. Siempre lo encontraba. ¿Qué va a hacer ahora solo, sin mi protección, cuando le asalte el pavor en la negrura?
»¿Qué haré yo sin él?»
Caramon entornó los ojos y, en silencio para no alertar a Tika, rompió a llorar.
7
Ayuda inesperada.
Y ésta es nuestra historia —concluyó Tanis.
Apoletta le había escuchado con suma atención, clavados sus verdes ojos en el rostro del semielfo. No le había interrumpido y, cuando terminó, permaneció silenciosa con los brazos apoyados en los peldaños más próximos a las tranquilas aguas, al parecer absorta en sus meditaciones.
Tanis no la molestó. La sensación de paz que dimanaba de la laguna lo reconfortaba, y la mera idea de regresar a aquel lejano mundo terrestre presidido por un sol justiciero y una barahúnda de ruidos discordantes se le antojaba pavorosa. ¡Qué fácil sería ignorarlo todo y quedarse bajo el mar, oculto para siempre en el sosiego!
—¿Qué me dices de él? —preguntó, de pronto, la elfa marina, señalando a Berem con un ademán de cabeza.
—Poca cosa, es un auténtico misterio —respondió a la vez que lanzaba a Berem una mirada de soslayo y se encogía de hombros. El Hombre de la Joya Verde contemplaba la penumbra de la caverna sin cesar de mover los labios, como si repitiera un cántico hasta la saciedad.
—Según la Reina de la Oscuridad —prosiguió el semielfo— él es la clave. Afirma que, si lo encuentra, nadie podrá arrebatarle la victoria.
—Siendo tú quien le ha descubierto —declaró Apoletta— se supone que el triunfo está en tus manos.
Tanis pestañeó, sobresaltado por tal aseveración. Rascándose la barba, se dio cuenta de que no se le había ocurrido esta posibilidad.
—Es cierto que está con nosotros —farfulló al fin— pero, ¿qué podemos hacer con él? ¿Qué tiene para que su presencia garantice la victoria de cualquiera de los litigantes?
—¿Acaso él no lo sabe?
—Me ha asegurado que no.
Apoletta estudió a Berem con el ceño fruncido.
—Juraría que miente —dijo tras una breve pausa— pero es humano y desconozco la intrincada mente de las criaturas de esta raza. En cualquier caso, existe una forma de averiguarlo: encaminaos al Templo de la Reina Oscura en Neraka.
—¡Neraka! —repitió Tanis perplejo—. Pero ésa... —Le interrumpió un alarido, tan preñado de pánico que estuvo a punto de arrojarse al agua. Se llevó la mano a la vaina vacía y, pronunciando un reniego, dio media vuelta convencido de tener que enfrentarse nada menos que a una horda de dragones.
Sólo vio a Berem, mirándole con los ojos desorbitados.
—¿Qué ocurre? —preguntó irritado al enigmático personaje—. ¿Has detectado algún peligro?
—No es eso lo que le ha perturbado, semielfo —dijo Apoletta observando a Berem con creciente interés—. Ha reaccionado así cuando he mencionado Neraka.
—¡Neraka! —la interrumpió aquel hombre insondable—. Anida allí un mal terrible. ¡No!
—Es tu patria natal —le recordó Tanis, dando un paso hacia él.
Berem negó con la cabeza.
—Pero si tú mismo nos lo contaste...
—Me equivoqué —susurró él—. No me refería a Neraka sino a... a... ¡Takar!
—Mientes, no cometiste ningún error. ¡Sabes que la Reina de la Oscuridad ha mandado erigir su gran templo en Neraka! —le imprecó Apoletta sin dar opción a una nueva negativa.
—¿De verdad? —Berem la miró con sus azules ojos en actitud inocente—. ¿Tiene la Reina Oscura un templo en Neraka? Allí no hay más que un pueblo, casi una aldea. El lugar donde nací. —De pronto se apretó el vientre con los brazos, como si un punzante dolor se hubiera apoderado de él—. Dejadme en paz —farfulló antes de, doblando el cuerpo, agazaparse en el suelo cerca de la orilla. Se inmovilizó en tan extraña postura mientras su vista se perdía en la oscuridad adyacente.
—¡Berem! —le reprendió Tanis exasperado.
—No me encuentro bien —se lamentó el hombre en tonos apagados.
—¿Cuál es su edad? —preguntó Apoletta.
—Afirma tener más de trescientos años —contestó el semielfo con patente enfado—. Si sólo creemos la mitad de sus palabras hemos de concederle ciento cincuenta, lo cual tampoco parece muy plausible en un humano.
—Verás —explicó la elfa marina—, el templo de Neraka constituye para nosotros un misterio insondable. Apareció de forma repentina después del Cataclismo, si nuestros cálculos son exactos. Y ahora me tropiezo con este hombre cuya historia se remonta al mismo tiempo y lugar.
—Es extraño —reconoció Tanis mirando de nuevo a Berem.
—Sí. Quizá se trata de una coincidencia pero, como dice mi esposo, rastrea las coincidencias hasta su mismo origen y descubrirás sus vínculos con el destino.