Cartas de un asesino insignificante
- Автор: Somoza José Carlos
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Cartas de un asesino insignificante». Краткое содержание книги:
Sólo te encuentro un pequeño defecto: que estés muerto.
Qué lástima que te mataras hace dos semanas, que te abrieras el cráneo con la moto y tu cerebro drogado se derramara sobre el asfalto (me imagino un estallido versicolor, como en tus lienzos). Razón de más, por otra parte, para no contestar las cartas que subrepticiamente me dejas en el muro. Qué lástima de accidente, y de afición a las drogas, y de moto peligrosa.
Perdona, pero he tenido que llorar un poco.
Sigue escribiéndome, por favor.
Muy bien, señorita. Descúbrame en alguien. Finjamos por un momento que me encarno en cualquier idiota y disimulo frente a usted, pero que mis ojos brillan al fondo con el relumbre del engaño. Juegue, pues, a creer que soy un vecino del pueblo. De inmediato empezará a pensar que puedo no serlo. Y entre éstos y otros pasatiempos, el día acabará y vendrá la noche.
Ayer tomé en la Trocha unas cañas con el bueno de Manolo Guerín, «el solitario de la torre». Manolo ejerce de ermitaño como yo, aunque no creo que disfrute del placer de cartearse con alguien que quiere matarle. Es verdad que lleva viviendo en Roquedal una pila de años y conoce al dedillo el laberinto de sus leyendas, pero yo escatimo nuestros encuentros, porque ya sabe usted que no me interesa el pasado de nadie y no veo de qué otra cosa podría hablar el pobre Manolo. El, no obstante, me aprecia y rastrea mi compañía. A veces me lanza guiños de complicidad, una especie de morse de miradas que yo, traductora siempre, vierto como: «Somos diferentes, Carmen del Mar. Debemos tener paciencia con la gente de aquí, porque nosotros somos distintos». Y es cierto que con Manolo se puede hablar, y que eso es lo que hago cuando lo veo, pero posee sus defectos de viejo, como todos los viejos. Sé que nunca le agradó, por ejemplo, mi párvula afición a Luis Blasco y a su conversación esnob, aunque comprendía que ahí tenía que callarse y no podía invocar sus consignas, porque yo me ponía de parte de Luis y, si era preciso, lo defendía con tanta vehemencia que terminaba enfadándolo (sospecho, por tanto, que se ha tomado su muerte con el júbilo mal disimulado de quien ve desaparecer un rival).
– ¿Y cómo va la novela? -indagó ayer-. ¿Marchando?
– Así, así. Todavía estoy con la traducción. Creo que ya te lo dije.
– Ah, sí, el americano ése…
– Faulkner.
– Eso es. Qué memoria la mía. Por cierto, échame una visita un día, mujer, que no te voy a soltar los perros.
Últimamente insiste mucho en que invada su soledad. Antes la defendía, pero cedió terreno al comprobar que yo amparaba aún más la mía. Así ocurre, según creo, con todos los hombres solitarios: que dejan de serlo cuando descubren a una mujer solitaria.
– No tienes perros, Manolo.
– Pues por eso.
Nos reímos. Llegó Juan Hernández con su mujer. Su exagerada deferencia al saludarme me puso en guardia -pese a que sé lo bien que le caigo- porque en Roquedal la mucha cortesía es siempre ficticia, como los gestos que imitan los monos o las palabras de las cotorras (en la ciudad no importa, ya que la cortesía ficticia es la única posible), y el roquedeño la usa cuando busca algo; aunque es difícil discernir lo que busca Juan, pues su conducta es jánica, bifronte. Se acercó a nuestra mesa y me tendió la delgadez de su mano:
– Escritora, mucho me alegro de verla. -Y, sin permitirme replicar, altanero, volviendo la cabeza casi con desprecio-: Que pase un buen día.