Licenciado en asesinato
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Licenciado en asesinato». Краткое содержание книги:
– Ha llegado el inspector, papá -dijo Jean Bonnamy-. Y la sargento.
– Que el diablo se los lleve -replicó el coronel Bonnamy. Hablaba con perfecta claridad, sin que el ataque hubiera dejado secuelas.
Su hija se acercó a la silla de ruedas y la cogió por los asideros.
– Lo sé, papá -dijo con ternura, girando la silla. Procuró no tocar la mesa sobre la que descansaban las piezas de ajedrez.
Aunque Jean Bonnamy les había hablado de los ataques de su padre, no les había preparado para los estragos causados por la apoplejía. Aunque su salud no estuviera deteriorada, habría presentado un aspecto poco reconfortante. Grandes mechones de pelo gris brotaban de sus orejas. Enormes manchas oscuras, semejantes a costras, cubrían su cabeza calva. La nariz era bulbosa, y en su fosa nasal izquierda crecía una verruga deforme.
La persistente mala salud había exacerbado su desagradable apariencia. Los ataques habían afectado la parte izquierda de su cuerpo; los músculos faciales se contorsionaban en una mueca permanente y su mano izquierda se había quedado inmovilizada en una garra, de uñas recorridas por cutículas. A pesar de la estufa eléctrica que calentaba la habitación, llevaba zapatos gruesos, camisa de franela y pantalones de lana. Se cubría las rodillas con una manta de angora.
– Inspector, sargento, siéntense, por favor -dijo Jean Bonnamy.
Apartó un montón de revistas de un sofá protegido por una funda y acercó la silla de ruedas a la policía.
Había un taburete de ratán al otro lado de la mesa de ajedrez, y lo cogió para sentarse junto a su padre, apoyando una mano en la silla de ruedas. Se había lavado después de trabajar en el huerto, y la proximidad de su mano a la garra blanquecina de su padre la dotaba de un aspecto desaliñado y vivaz al mismo tiempo.
– ¿Cómo se entra en contacto con los Voluntarios de Bredgar? -preguntó Lynley-. Por lo que me dijo en el colegio el señor Pitt, Matthew no fue el primer Voluntario que vino a visitarle.
– El primero con un poco de sentido común -murmuró el coronel Bonnamy. Tosió y aferró la silla con su mano buena. Su brazo derecho tembló.
– Papá es un poco cascarrabias cuando le da la gana -dijo su hija-. No lo niegues, papá. Ya sabes que es verdad. Me pareció una buena idea proporcionarle otra compañía que no fuera la mía. Me enteré de la existencia de los Voluntarios por el tablón de anuncios de la iglesia, así que telefoneé al colegio y llegué a un acuerdo. Fue durante el cuarto trimestre del año pasado.
– Todos eran idiotas, hasta que llegó Matt -añadió su padre, con la cabeza inclinada hacia adelante y los ojos clavados en el regazo.
– Probamos seis o siete, de todas las edades. Chicos y chicas. Ninguno funcionó, excepto Matt. Papá y él se entendieron desde el primer momento.
– Hoy. -La voz del coronel se endureció-. Tenía que venir hoy, Jeannie. Las piezas están como las dejamos el martes pasado. Igual que las dejamos. Y ustedes dicen que -alzó la cabeza con visible esfuerzo y miró a Lynley. Sus ojos eran grises y transparentaban inteligencia-. Ha sido asesinado. ¿Asesinado?
– Sí. Lo siento. -Lynley adelantó el cuerpo. A su lado, la sargento Havers pasaba las páginas del cuaderno-. Le encontraron en Stoke Poges, coronel Bonnamy. Su cuerpo estaba desnudo, con muestras de haber sido torturado. Sin embargo, sus ropas seguían en el colegio.
El coronel no tardó en asimilar los datos.
– Algún profesor. Algún marica con cara de santo. Eso es lo que tiene en mente, ¿no?
– No sabemos qué pensar. En principio, se creyó que Matthew había intentado escapar haciendo autostop, y fue recogido por alguien que le torturó por placer y después le asesinó, una vez terminada la diversión.
– Un chico como él no habría escapado. Matt Whateley era un luchador. -Removió la manta que tapaba sus rodillas. Su hija se la ajustó alrededor de las piernas-. En aquel colegio no están acostumbrados a ese tipo de luchadores, pero, en cualquier caso, lo era.
– ¿Qué clase de luchador?
El coronel Bonnamy señaló su sien.
– De los que combaten con el cerebro.
– Parece que usted conocía al chico mejor que la mayoría -dijo Lynley-. ¿Le hizo alguna confesión?
– No necesitaba hacerlas. Yo lo adivinaba todo.
– Pero, como ha dicho antes, usted tenía la impresión de que combatía con su cerebro.
– Ajedrez -replicó el coronel.
Jean Bonnamy, pensando que la respuesta de su padre no clarificaba la descripción del muchacho, intervino.
– Papá enseñó a Matt a jugar al ajedrez. Nunca se rendía, por más difícil que le resultara aprender, por más veces que papá le ganara. Creo que ni siquiera se sentía desalentado. Entraba en casa todos los martes por la tarde, preparaba el tablero y empezaban otra partida.
– Un luchador -repitió su padre.
– ¿Le habló alguna vez del colegio, de las clases, los amigos o los profesores?
– No. Sólo decía que sus notas eran buenas.
– Papá insistía en saber sus notas -añadió Jean Bonnamy-. Los dos hablamos con él sobre lo que quería hacer cuando fuera mayor.
– Saqué la impresión de que sus padres deseaban algo de tipo tradicional -dijo el coronel-. Aunque Matt no hablaba mucho acerca de ellos. Pienso que le empujaban hacia la ciencia, las leyes, la arquitectura o las finanzas. Muy típico de su mentalidad. Una carrera de ese calibre dignifica el honor de toda la familia. Mamá, papá, los abuelos, todos. Sin embargo, el pequeño Matt era un artista nato. Y de eso hablaba. Cuando hablaba del colegio o del futuro, hablaba de arte.
– Papá le alentaba -dijo Jean Bonnamy-. Matt le prometió que algún día le regalaría una de sus esculturas.
– Un chico ha de ser lo que quiere ser, no lo que sus padres deciden sin contar con sus deseos. Estas familias siempre hacen lo mismo. Lo he visto cientos de veces. Respeto total hacia los padres. Sometimiento absoluto de la personalidad. Has de llegar a ser lo que ellos te han dicho. Cásate con quien te han dicho que te cases. Forma parte de su cultura. No hay forma de evitarlo, a menos que, por supuesto, el niño cuente con un consejero que le ayude a superar la desaprobación de sus padres, una vez decidido el camino que quiere seguir.
Mientras escuchaba, Lynley empezó a comprender que, aunque la idea pareciera incongruente y a pesar de la luz que el coronel Bonnamy estaba arrojando sobre la vida y muerte de Matthew Whateley, el caso iba a complicarse mucho más de lo que suponía al principio. A medida que el coronel hablaba, su nerviosismo fue aumentando.
– Al menos, Matt tenía la ventaja de que sólo uno de sus progenitores estaba obsesionado por el tema del honor familiar y la maldita tradición relacionada con él.
– ¿Sólo un progenitor?
El coronel asintió con la cabeza.
– La madre. No la conozco, pero el apellido Whateley no da a entender que su padre sea chino. Por lo tanto, supongo que es su madre. Nunca hablamos del tema. Imaginaba que Matt ya tenía bastante con ser un mestizo en ese elegante colegio para hablar de ello cuando no estaba allí.
Lynley percibió el movimiento de la sargento Havers en el sofá. Él también ardía en deseos de ponerse en pie de un salto, cruzar la sala y abrir de par en par puertas y ventanas. No hizo nada de todo esto. Se esforzó en recordar las fotos que había visto del muchacho, recreando el cabello oscuro, la piel de color almendra, los rasgos delicados, los ojos casi negros. Los ojos… Ojos que no eran chinos, sino bien redondos y perfectamente dibujados. Tal vez galeses, incluso españoles, pero chinos no, desde luego. Era imposible. No tenía sentido.
– Usted no sabía que Matthew era mestizo, inspector -dijo Jean Bonnamy lentamente.
Lynley sacudió la cabeza, más en señal de confusión que de negación.
– ¿Tienen una foto del chico que les visitaba?