Los Diarios Secretos De Miranda
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
– He recibido una carta de tu madre. He pensado que querrías leerla.
Turner cogió la carta y empezó a pasear por el despacho mientras la leía. Había retrasado lo máximo posible el momento de informar a su familia sobre su matrimonio, pero, después de dos meses, Miranda lo había convencido de que no podía seguir evitándolo. Como era de esperar, fue una sorpresa para todos (excepto para Olivia, que tenía una vaga idea de lo que estaba pasando) y acudieron enseguida a Rosedale para inspeccionar la situación. La madre de Turner murmuró: «Nunca habría soñado…» varios cientos de veces y a Winston se le bajaron un poco los humos, pero, en resumen, la transición de Cheever a Bevelstoke había sido tranquila. Al fin y al cabo, ya era prácticamente de la familia antes de casarse con Turner.
– Winston se ha metido en algunos líos en Oxford -murmuró Turner, leyendo muy deprisa las palabras de su madre.
– Ya, bueno, supongo que era de esperar.
Él la miró con una expresión curiosa.
– ¿Qué significa eso?
– No creas que no he oído hablar de tus hazañas en la universidad.
Él sonrió.
– Ahora soy mucho más maduro.
– Eso espero.
Turner se acercó a ella y le dio un beso en la nariz y luego en la barriga.
– Ojalá hubiera podido ir a Oxford -dijo ella, con anhelo-. Me habría encantado escuchar todas esas clases.
– Todas no. Confía en mí, algunas eran deprimentes.
– Creo que igualmente me habría gustado ir.
Él se encogió de hombros.
– Quizá. Te aseguro que eres mucho más inteligente que muchos de los hombres que conocí allí.
– Después de pasar casi una temporada en Londres, debo decir que no es demasiado difícil ser más inteligente que la mayor parte de los hombres de la alta sociedad.
– Mejorando lo presente, espero.
Ella realizó una reverencia.
– Por supuesto.
Turner meneó la cabeza mientras regresaba detrás de la mesa. Es lo que más le gustaba de estar casado con ella, esas peculiares conversaciones que llenaban sus días. Se sentó y cogió el documento que había estado estudiando antes de que ella llegara.
– Parece que tendré que ir a Londres.
– ¿Ahora? ¿Queda alguien en la ciudad?
– Muy poca gente -admitió él. El parlamento estaba cerrado y casi toda la alta sociedad se había marchado a las casas de campo-. Pero hay un amigo mío que necesita mi apoyo para un negocio.
– ¿Quieres que te acompañe?
– Nada me gustaría más, pero no te haré viajar en tu estado.
– Me siento perfectamente.
– Y te creo, pero no me parece sensato correr riesgos innecesarios. Y debo añadir que cada día estás más… -se aclaró la garganta-, difícil de manejar.
Miranda hizo una mueca.
– Me pregunto qué otra cosa habrías podido decir que me hiciera sentir menos atractiva.
Él apretó los labios, se inclinó hacia delante y le dio un beso en la mejilla.
– No estaré fuera mucho tiempo. Creo que, como máximo, quince días.
– ¿Quince días? -repitió ella, con tristeza.
– Tardaré, al menos, cuatro días en ir y cuatro en volver. Con lo que ha llovido últimamente, los caminos estarán fatal.
– Te echaré de menos.
Él hizo una pausa antes de responder.
– Yo también te echaré de menos.
Al principio, Miranda no dijo nada y luego suspiró; un pequeño y soñador suspiro que encogió el corazón de Turner. Sin embargo, después su ánimo cambió y parecía algo más contenta.
– Imagino que hay muchas cosas con las que mantenerme ocupada -dijo, suspirando-. Me gustaría redecorar el salón del ala oeste. La tapicería está muy descolorida. Quizás invite a Olivia a que me haga una visita. Estas cosas se le dan muy bien.
Turner le dedicó una cálida sonrisa. Se alegraba de que ella empezara a querer tanto esa casa como él.
– Confío en tu criterio. No necesitas a Olivia.
– Ya, pero me gustará disfrutar de su compañía mientras tú no estás.
– En tal caso, invítala. -Miró la hora-. ¿Tienes hambre? Ya son las doce pasadas.
Ella se frotó el estómago.
– No demasiado, pero comería algo.
– Más que algo -dijo él, con firmeza-. Ahora comes por dos, ya lo sabes.
Miranda bajó la mirada hasta la enorme barriga.
– Créeme, lo sé.
Turner se levantó y fue hacia la puerta.
– Iré a la cocina a buscar algo.
– Podrías tocar la campana.
– No, no. Así será mucho más rápido.
– Pero si no… -Era demasiado tarde. Ya había salido por la puerta y no la oía. Sonrió mientras se sentaba y colocaba las piernas debajo del cuerpo. Nadie podía dudar de la preocupación de Turner por el bienestar de su mujer y su hijo. Era evidente en cómo le abullonaba las almohadas antes de que se acostara, en cómo se aseguraba de que comiera sano y, sobre todo, en cómo insistía para pegar la oreja a la barriga cada noche para oír los movimientos del bebé.
– ¡Creo que ha dado una patada! -exclamó un día, muy emocionado.
– Seguramente ha sido un eructo -bromeó ella.
Turner se lo tomó en serio y levantó la cabeza, con gesto de preocupación.
– ¿Puede eructar ahí dentro? ¿Es normal?
Ella se rió de forma suave e indulgente.
– No lo sé.
– Quizá debería preguntárselo al doctor.
Ella lo tomó de la mano y tiró hasta que lo tuvo tendido a su lado.
– Estoy segura de que todo está bien.
– Pero…
– Si haces llamar al doctor, creerá que estás loco.
– Pero…
– Vamos a dormir. Eso es, abrázame. Más fuerte. -Suspiró y se pegó a él-. Así. Ahora ya puedo dormir.
En el estudio, Miranda se rió mientras recordaba la conversación. Turner hacía cosas así cientos de veces al día, demostrando lo mucho que la quería. ¿Verdad? ¿Cómo podía mirarla con tanta ternura y no quererla? ¿Por qué estaba tan poco segura de sus sentimientos hacia ella?
En silencio, ella misma se respondió: porque nunca los expresaba en voz alta. Sí, la halagaba y solía hacer comentarios sobre lo contento que estaba de haberse casado con ella.
Era la tortura más cruel, y no tenía ni idea de estar infligiéndola. Él creía que era amable y atento, y lo era.
Sin embargo, cada vez que la miraba y le sonreía de aquella forma cálida y cómplice, ella pensaba… Por un segundo, pensaba que se inclinaría hacia delante y le susurraría… «Te quiero»… pero cada vez, cuando eso no pasaba, y él sólo le daba un beso en la mejilla, o le acariciaba el pelo, o le preguntaba si le había gustado el maldito pudín, notaba que algo en su interior se rompía. Notaba una tensión y otra arruga que se formaba, pero iba sumando pliegues a su corazón y cada día le costaba más fingir que su vida era como a ella le gustaría.
Intentó ser paciente. Lo último que quería de él era falsedad. Un «Te quiero» era devastador cuando detrás no había ningún sentimiento.
Pero no quería pensar en eso. Ahora no, no cuando Turner era tan dulce y atento y ella debería estar total y absolutamente feliz.
Y lo estaba. De veras. Casi. Sólo era una pequeña parte de ella que seguía insistiendo, y empezaba a ser molesto, porque no quería dedicar todos sus pensamientos y energías a darle vueltas a algo sobre lo que no tenía ningún control.
Sólo quería vivir el momento y disfrutar de sus numerosas bendiciones sin tener que pensar en todo eso.
Turner regresó justo a tiempo y le dio un suave beso en la cabeza.
– La señora Hingham dice que enviará una bandeja de comida dentro de unos minutos.
– Ya te he dicho que no te molestaras en bajar -lo riñó Miranda-. Sabía que no tendría nada preparado.
– Si no hubiera bajado yo mismo -dijo él, en tono práctico-, tendría que haberme esperado a que subiera una doncella y nos preguntara qué queríamos. Y luego tendría que haber esperado a que bajara a la cocina, y luego tendríamos que haber esperado igualmente mientras la señora Hingham preparaba la comida y luego…