Los Diarios Secretos De Miranda
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
Miranda levantó la mano.
– ¡Basta! Ya lo he entendido.
– Así llegará antes. -Se inclinó hacia delante con una sonrisa pícara-. No soy una persona paciente.
Yo tampoco, se dijo Miranda, con tristeza.
Pero su marido, ajeno a sus pensamientos alterados, sólo sonrió y miró por la ventana. Los árboles estaban cubiertos por una fina capa de nieve.
Enseguida llegaron un lacayo y una doncella con la comida y la dejaron encima de la mesa de Turner.
– ¿No te preocupa que se manchen los papeles? -preguntó Miranda.
– No les pasará nada -respondió él, mientras los apilaba en un rincón.
– Pero ¿no se desordenarán?
Él se encogió de hombros.
– Tengo hambre. Eso es más importante. Tú eres más importante.
La doncella suspiró ante tan románticas palabras. Miranda dibujó una sonrisa forzada. Seguro que el servicio creía que Turner le declaraba su amor cuando estaban a solas.
– Perfecto -dijo él, resoluto-. Minina, aquí tienes un estofado de ternera y verduras. Quiero que te lo comas todo.
Miranda miró con recelo la sopera que le había colocado delante. Necesitaría un ejército de embarazadas para terminárselo.
– Estás de broma -dijo ella.
– Para nada. -Turner llenó la cuchara y se la colocó delante de la boca.
– De veras, Turner, no puedo…
Le metió la cuchara en la boca.
Ella tosió un momento por la sorpresa, pero luego masticó y tragó.
– Puedo comer sola.
– Pero así es más divertido.
– Para ti, quiz…
Otra cucharada.
Miranda tragó.
– Esto es ridículo.
– En absoluto.
– ¿Es un método para enseñarme a no hablar tanto?
– No, aunque he perdido una gran oportunidad con esta última frase.
– Turner, eres incorr…
Otra cucharada.
– ¿Incorregible?
– Sí -balbuceó ella.
– Oh, querida -dijo él-. Tienes un poco de salsa en la barbilla.
– Tú tienes la cuchara.
– No te muevas. -Se inclinó hacia delante y le lamió la salsa-. Mmm, deliciosa.
– Pruébalo -dijo ella, inexpresiva-. Hay de sobra.
– Pero no querría privarte de tantos nutrientes.
Ella se rió.
– Toma otra cucharada… Oh, querida, parece que no he acertado, otra vez. -Sacó la lengua y la relamió.
– ¡Lo has hecho a propósito! -lo acusó ella.
– ¿Y tirar a propósito comida que podría alimentar a mi esposa embarazada? -Se cubrió el pecho con la mano, en gesto ofendido-. Debes creer que soy un canalla.
– Un canalla quizá no, pero sí un pequeño descarado y…
– ¡Victoria!
Ella lo señaló con el dedo.
– Mmph grmphng gtrmph.
– No hables con la boca llena. Es de muy mala educación.
Miranda se tragó la comida.
– He dicho que me vengaré… -Dejó la frase en el aire cuando la cuchara chocó contra su nariz.
– Mira lo que has hecho -dijo él, meneando la cabeza de forma exagerada-. Te estabas moviendo tanto que no he acertado en la boca. No te muevas.
Ella apretó los labios, pero no pudo evitar dibujar una sonrisa.
– Buena chica -murmuró él, mientras se inclinaba hacia delante. Le tomó la punta de la nariz entre los labios y succionó hasta que desapareció toda la salsa.
– ¡Turner!
– La única mujer del mundo con cosquillas en la nariz. -Se rió-. Y tuve la sensatez de casarme con ella.
– Para, para.
– ¿De mancharte de salsa o de besarte?
Ella contuvo la respiración.
– De mancharme la cara. No necesitas una excusa para besarme.
Él se inclinó hacia delante.
– ¿No?
– No.
– No te imaginas el alivio que siento. -Le acarició la nariz con la suya.
– ¿Turner?
– Dime.
– Si no me besas pronto, creo que enloqueceré.
Él coqueteó con ella y le dio varios besos delicados.
– ¿Esto servirá?
Ella meneó la cabeza.
Él la besó con un poco más de intensidad.
– ¿Y esto?
– Me temo que no.
– ¿Qué necesitas? -le susurró, con la boca pegada a sus labios.
– ¿Qué necesitas tú? -respondió ella. Colocó las manos en sus hombros y, de repente, se los empezó a masajear.
E, instantáneamente, hizo desaparecer la pasión.
– Oh, Dios, Miranda -gimió, relajando el cuerpo-, es maravilloso. No, no pares. Por favor, no pares.
– Es increíble -dijo ella, con una sonrisa-. Eres como un muñeco en mis manos.
– Lo que tú quieras -siguió gimiendo él-. Pero no pares.
– ¿Por qué estás tan tenso?
Él abrió los ojos y le lanzó una mirada cargada de ironía.
– Lo sabes perfectamente.
Ella se sonrojó. En la última visita, el doctor les había dicho que debían interrumpir las relaciones íntimas. Turner se pasó una semana gruñendo.
– Me niego a creer -dijo ella, mientras levantaba las manos y sonreía cuando él se quejó-, que yo soy la única causa de tus horribles dolores de espalda.
– El estrés por no poder hacer el amor contigo, el agotamiento físico por tener que cargar con tu enorme cuerpo por las escaleras…
– ¡No me has subido en brazos ni una sola vez!
– Sí, bueno, pero lo pensé y eso bastó para provocarme dolor de espalda. Justo… -retorció el brazo y se señaló un punto en la espalda- aquí.
Miranda apretó los labios, pero, aún así, empezó a frotarle donde le había dicho.
– Milord, eres un niño grande.
– Mmm-hmm -asintió él, con la cabeza prácticamente colgando hacia un lado-. ¿Te importa si me estiro en el suelo? Te resultará más fácil.
Miranda se preguntó cómo había conseguido manipularla para que le hiciera un masaje en la espalda encima de la alfombra. Aunque a ella también le gustaba. Le encantaba tocarlo, le encantaba memorizar las formas de su cuerpo. Sonriendo, le sacó la camisa de la cintura de los pantalones y deslizó las manos debajo para acariciarle la piel. Era cálida y sedosa, y ella no pudo evitar rozarlo, sólo para sentir aquella suavidad dorada que era tan propia de él.
– Ojalá me masajearas la espalda -se oyó decir en voz alta. Hacía semanas que no se tendía sobre el estómago.
Turner volvió la cabeza para que Miranda le viera la cara y sonrió. Y luego, con un pequeño gruñido, se sentó.
– Siéntate -le dijo, con suavidad, mientras la giraba para poder masajearle la espalda.
Era una sensación celestial.
– Oh, Turner -suspiró-. Me encanta.
Él hizo un ruido extraño, y ella se volvió lo mejor que pudo para verle la cara.
– Lo siento -dijo, con una mueca, cuando vio el deseo y la contención en sus ojos-. Si te sirve de consuelo, yo también te echo de menos.
Él la abrazó, con toda la fuerza posible sin hacerle daño en la barriga.
– No es culpa tuya, minina.
– No, ya lo sé, pero igualmente lo siento. Te echo mucho de menos. -Bajó la voz-. A veces, estás tan dentro de mí que es como si me estuvieras acariciando el corazón. Es lo que más echo de menos.
– No digas esas cosas -dijo él, con un tono áspero.
– Lo siento.
– Y, por el amor de Dios, deja de disculparte.
Miranda casi se echó a reír.
– Lo… No, lo retiro. No lo siento. Pero sí que siento que… que estés en este estado. No me parece justo.
– Es más que justo. De este modo, tendré una esposa sana y un bebé precioso. Y sólo tengo que aguantarme unos meses.
– Pero no deberías tener que hacerlo -murmuró ella, sugerente, deslizando la mano hasta los botones de los pantalones-. No deberías tener que hacerlo.
– Miranda, para. No podré soportarlo.
– No deberías tener que hacerlo -repitió ella, mientras le levantaba la camisa, dejaba el pecho al descubierto y le besaba el estómago.