La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
– Conque clases de cante, ¿eh? ¡Cómo progresas!
– Sí; él me las canta, y yo le leo mi Biblia; y él me explica lo que significa, ¿sabes?
– Vaya por Dios -dijo Marie, riendo-. Ése es el mejor chiste de la temporada.
– A Tom no se le da mal explicar las Escrituras, me atrevo a afirmar -dijo St. Clare-. Tom tiene un talento natural para la religión. Yo quería que me sacara los caballos temprano esta mañana y me acerqué silencioso al cuartucho de Tom encima de los establos y lo oí celebrar una reunión él solo, y la verdad es que hace algún tiempo que no oigo nada tan sabroso como las oraciones de Tom. Rezó por mí con un fervor que era apostólico del todo.
– Quizás se dio cuenta de que lo escuchabas. Ya he oído hablar de ese truco.
– Si era así, no era muy cortés, porque le dijo al Señor su opinión de mí con mucha libertad. Tom parecía creer que había muchas cosas que mejorar en mí y parecía muy empeñado en que me convirtiese.
– Espero que lo tomes en serio -dijo la señorita Ophelia. -Supongo que tú compartes su opinión -dijo St. Clare-. Bueno, ya veremos, ¿verdad, Eva?
CAPÍTULO XVII
Al acabar la tarde había un suave bullicio en casa de los cuáqueros. Rachel Halliday iba tranquilamente de un sitio a otro, cogiendo de sus reservas caseras suministros que abultaran lo menos posible para proveer a los viajeros que habían de partir aquella noche. Las sombras vespertinas se extendían hacia el este y el rojo y redondo sol estaba posado amablemente sobre el horizonte iluminando con sus haces dorados y sosegados el dormitorio donde se encontraban sentados George y su esposa. Él tenía a su hijo sobre las rodillas y a su mujer cogida de la mano. Ambos tenían una expresión pensativa y seria y huellas de lágrimas en las mejillas. -Sí, Eliza -dijo George-, sé que es verdad todo lo que dices. Eres una buena persona, mucho mejor que yo, e intentaré hacer lo que dices. Intentaré portarme como debe hacerlo un hombre libre. Intentaré sentirme cristiano. Dios Todopoderoso sabe que he intentado hacer bien las cosas, que lo he intentado mucho, cuando lo tenía todo en contra: ahora olvidaré el pasado, desecharé todos los malos sentimientos, leeré la Biblia y aprenderé a ser un hombre bueno.
– Y cuando lleguemos a Canadá -dijo Eliza-, podré ayudarte. Puedo hacerme modista; y sé mucho de lavar y Planchar las prendas finas; entre los dos sabremos salir adelante.
– Sí, Eliza, siempre que nos tengamos el uno al otro y a nuestro hijo. ¡Ay, Eliza, si supiera esta gente la bendición que supone que un hombre sienta que su esposa y su hijo le pertenecen a el! A menudo me ha sorprendido observar cómo se preocupaban de otras cosas hombres que podían decir que sus esposas e hijos eran suyos. La verdad es que me siento rico y fuerte aunque no poseamos más que las manos desnudas. Me siento incapaz de pedirle más a Dios. Sí, aunque he trabajado mucho todos los días hasta los veinticinco años y no tengo ni un centavo, ni techo sobre la cabeza, ni un terruño propio, si ahora me dejan en paz, me sentiré satisfecho, agradecido incluso; trabajaré y te mandaré dinero para ti y para mi hijo. En cuanto a mi antiguo amo, ha cobrado más de cinco veces lo que haya podido pagar por mí. No le debo nada.
– Pero aún no estamos fuera de peligro del todo -dijo Eliza-; aún no estamos en Canadá.
– Es verdad -dijo George-, pero me parece que huelo el aire libre y me hace sentir fuerte.
En este momento se oyeron voces conversando enérgicamente en la habitación contigua y poco después se oyó una llamada a la puerta. Eliza se levantó para abrirla.
Simeon Halliday estaba allí y le acompañaba un hermano cuáquero, que presentó como Phineas Fletcher. Phineas era alto, delgado y pelirrojo, con una expresión de perspicacia y astucia. No compartía el aire plácido, sosegado y espiritual de Simeon Halliday; al contrario, tenía un aspecto muy despierto y au fait [25], como un hombre que se enorgullece de saber lo que se hace y se mantiene siempre a la expectativa, idiosincrasias que casaban mal con su sombrero de ala ancha y su lenguaje formal.
– Nuestro amigo Phineas ha descubierto una cosa de interés para ti y los tuyos, George -dijo Simeon-; te conviene escucharlo.
– Es verdad -dijo Phineas- y demuestra lo útil que es dormir con un oído siempre abierto en ciertos sitios, como he dicho siempre. Anoche me detuve en una pequeña taberna solitaria en la carretera. ¿Te acuerdas tú del lugar, Simeon, donde vendimos manzanas el año pasado a una mujer gorda con grandes pendientes? Bien, pues estaba cansado de tanto caminar, así que, después de cenar, me tumbé sobre un montón de bolsas en un rincón y me tapé con una piel de búfalo, esperando a que me preparasen la cama; y dio la casualidad que me quedé dormido.
– ¿Con un oído abierto, Phineas? -preguntó tranquilamente Simeon.
– No; me dormí, oídos y todo, como un tronco durante un par de horas, porque estaba muy cansado; pero cuando me desperté un momento, vi que había algunos hombres en la habitación, sentados alrededor de una mesa, bebiendo y hablando; y decidí, antes de presentarme a ellos, ver lo que tramaban, ya que les oí decir algo sobre los cuáqueros. «De modo que», dijo uno de ellos, «están en la colonia cuáquera, sin duda», dijo. Entonces escuché con los dos oídos, y me di cuenta de que hablaban de vosotros. Así que me quedé tumbado y les escuché hacer todos sus planes. A este joven, decían, lo iban a enviar de vuelta a Kentucky a su amo, que iba a infligirle un castigo ejemplar para evitar que se escaparan otros negros; y dos de ellos iban a llevar a su esposa a Nueva Orleáns para venderla por cuenta propia, y calculaban que sacarían unos mil seiscientos o mil ochocientos dólares por ella; y el niño, según dijeron, era para un tratante que lo había comprado; y luego estaban Jim y su madre, que serían devueltos a sus amos de Kentucky. Dijeron que había dos alguaciles en un pueblo un poco más adelante que iban a ir con ellos a arrestarlos y que la mujer tendría que comparecer ante un juez; y uno de los individuos, que es pequeño y bien hablado, iba a jurar que era de su propiedad para que se la entregaran para llevarla al sur. Tienen una idea bastante clara de la ruta que vamos a seguir esta noche, y seis u ocho de ellos nos perseguirán. Así, pues, ¿qué vamos a hacer?
Después de esta comunicación, los miembros del grupo, que habían adoptado diferentes posturas, merecían que les retrataran. Rachel Halliday, que había apartado las manos de una hornada de galletas al oír las noticias, las mantenía levantadas y manchadas de harina, con una expresión de grave preocupación en el rostro. Simeon tenía un aspecto profundamente pensativo. Eliza había rodeado a su marido con los brazos y lo contemplaba. George tenía los puños apretados y los ojos llameantes, y tenía el aspecto que tendría cualquier hombre al que fueran a vender a la esposa en una subasta y al hijo a un tratante, todo bajo el amparo de las leyes de una nación cristiana.
– ¿Qué hacemos, George? -preguntó Eliza desmayada.
– Sé lo que voy a hacer yo -dijo George, entrando en la pequeña habitación, donde se puso a examinar unas pistolas.
– ¡Ay, ay! -dijo Phineas a Simeon con un movimiento de cabeza-. ¿Ves, Simeon, lo que va a pasar?
– Ya veo -dijo Simeon con un suspiro-. Espero que no llegue a tanto.
– No quiero que se involucre nadie conmigo o por mi culpa -dijo George-. Si puede prestarme su vehículo y darme direcciones, iré solo al próximo puesto. Jim es fuerte como un gigante y valiente como la muerte y la desesperación, y yo también.
– Bien, amigo -dijo Phineas-, pero aun así, vas a necesitar a un conductor. Ya sabes que te dejaremos, encantados, que pelees tú sólo, pero hay un par de cosas que sé yo de la carretera que no sabes tú.
[25] Directo (en francés en el original).