La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
– Pero no quiero implicarle -dijo George.
– ¡Implicarme! -dijo Phineas, con una curiosa expresión aguda en la cara-. Cuando llegues a implicarme, házmelo saber.
– Phineas es un hombre sabio y hábil -dijo Simeon-. Harás bien, George, si te dejas guiar por su juicio y -añadió, poniendo la mano amablemente en el hombro de George y señalando las pistolas- no te precipites con éstas; la sangre joven es caliente.
– No atacaré a ningún hombre elijo George-. Todo lo que le pido a este país es que me deje en paz, y yo me iré pacíficamente; pero -hizo una pausa y se oscureció su ceño y se torció su rostro- han vendido a una hermana mía en el mercado de Nueva Orleans. Sé para qué las venden, y ¿me voy a quedar quieto para ver cómo se llevan a mi esposa para venderla, si Dios me ha dado un par de fuertes brazos para defenderla? ¡No, que Dios me ayude! Lucharé hasta el último aliento, antes de dejar que se lleven a mi esposa y a mi hijo. ¿Me culpan ustedes?
– Ningún hombre puede culparte, George. La carne y la sangre humanas no pueden actuar de otra forma -dijo Simeon-. Desdichado es el mundo por culpa de las ofensas, pero desdichados sean los que las causan.
– ¿Incluso tú harías lo mismo, en mi lugar?
– Ruego a Dios que no me ponga a prueba -dijo Simeon-; la carne es débil.
– Creo que mi carne sería lo bastante fuerte, en semejantes circunstancias -dijo Phineas, extendiendo los brazos como si fueran las aspas de un molino de viento-. No estoy seguro, amigo George, de que no te sujetaría a un tipo si tú tuvieses alguna cuenta pendiente con él.
– Si el hombre está justificado alguna vez a resistirse al mal -dijo Simeon-, entonces George debería sentirse libre para hacerlo ahora; pero los maestros de nuestro pueblo enseñaban un camino mejor; pues la ira del hombre no logra la justicia de Dios, sino que hace mucho daño a la voluntad corrupta del hombre y nadie puede recibirla salvo aquél a quien Él se la da. ¡Roguemos al Señor que no nos sintamos tentados!
– Ya ruego yo -dijo Phineas-, pero si nos sentimos tentados, ¡pues que anden con ojo, eso es todo!
– Está claro que no naciste entre nosotros -dijo Simeon con una sonrisa-. Tu antigua naturaleza sigue bastante fuerte dentro de ti.
A decir verdad, Phineas había sido un rústico espontáneo y viril y un entusiasta cazador de gamos con muy buena puntería; pero después de hacerle la corte a una guapa cuáquera, la fuerza de los encantos de ésta le instó a apuntarse en la sociedad más cercana a su casa; y aunque era un miembro honrado, sobrio y cumplidor y nadie tenía nada que decir en su contra, los más místicos de entre ellos no podían menos que observar una gran falta de celo en su desenvolvimiento.
– El amigo Phineas siempre será muy suyo -dijo sonriente Rachel Halliday-; pero todos estamos convencidos de que es un hombre cabal.
– Bien -dijo George-, ¿no deberíamos apresurarnos a huir?
– Yo me he levantado a las cuatro y me he venido a toda prisa, llevándoles dos o tres horas de ventaja por lo menos, si salen a la hora que tenían prevista. No será seguro salir antes del anochecer, en todo caso; pues hay personas malvadas en los pueblos del camino que podrían meterse con nosotros si ven nuestro carro y eso nos atrasaría más que la espera. Sin embargo, en un par de horas creo que podremos partir. Iré a hablar con Michael Cross para pedir que nos siga montado en su rápido penco para vigilar la carretera y avisamos si se acerca un grupo de hombres. El caballo de Michael es más veloz que la mayoría y si hay peligro, podrá adelantarse rápidamente para advertimos. Ahora voy a decir a Jim y a la anciana que se preparen ellos y el caballo. Les sacamos una buena ventaja y tenemos muchas posibilidades de llegar al puesto antes de que nos alcancen. Así que ánimo, amigo George, que éste no es el primer roce feo que tengo con tu gente -dijo Phineas cerrando la puerta.
– Phineas es bastante astuto -dijo Simeon-. Él te cuidará lo mejor posible, George.
– Lo único que siento -dijo George- es el riesgo que corren ustedes.
– Nos harás el favor, amigo George, de no decir ni una palabra más sobre eso. Lo que hacemos es lo que nos manda hacer la conciencia; no podemos hacer otra cosa. Ahora, madre -dijo, volviéndose hacia Rachel-, apresúrate en los preparativos para estos amigos, pues no debemos dejar que se marchen hambrientos.
Y mientras Rachel y sus hijos se pusieron a hornear tortas de maíz y asar jamón y pollo y se precipitaron a preparar los demás ingredientes de la cena, George y su esposa se quedaron sentados en su pequeño cuarto uno en brazos del otro, absortos en el tipo de conversación que pueden compartir un marido y una mujer cuando saben que al cabo de unas horas pueden separarse para siempre.
– Eliza -dijo George-, las personas que tienen amigos y casas y tierras y dinero y todas esas cosas no pueden quererse como nosotros, que no nos tenemos más que el uno al otro. Hasta que te conocí, Eliza, ningún ser me había querido, con la excepción de mi pobre madre y mi desafortunada hermana. Vi a la pobre Emily la mañana que se la llevó el tratante. Se aproximó al rincón donde yo dormía y me dijo: «Pobre George, se marcha tu última amiga. ¿Qué será de ti, pobre muchacho?» Y me levanté y le eché los brazos al cuello y lloré y sollocé, y ella también lloró; y ésas fueron las últimas palabras amables que oí en diez largos años; tenía el corazón marchito y seco como la ceniza cuando te conocí a ti. El que tú me quisieras ¡era casi como hacerme volver de la muerte! Desde entonces soy un hombre diferente. Y ahora, Eliza, daré la última gota de mi sangre pero no permitiré que te separen de mi lado. El que se te lleve será por encima de mi cadáver.
– ¡Ay, que Dios se apiade de nosotros! -dijo Eliza, sollozando-. Si Él nos deja salir juntos del país, es lo único que queremos.
– ¿Está Dios de parte de ellos? -preguntó George, menos a su esposa que como desahogo de tan amargos pensamientos-. ¿El ve todo lo que hacen ellos? ¿Por qué permite que ocurran semejantes cosas? Y nos dicen que la Biblia está de su parte; desde luego todo el poder lo está. Son ricos y sanos y felices; pertenecen a las iglesias y tienen esperanzas de ir al cielo; lo tienen todo tan fácil en este mundo, salen siempre con la suya; y los cristianos buenos, honrados y fieles, tan buenos o mejores cristianos que ellos, yacen en el polvo bajo sus pies. Los compran y los venden y comercian con su sangre y su llanto y sus lágrimas y Dios se lo permite.
– Amigo George -dijo Simeon desde la cocina-, escucha este salmo, que te puede animar.
George aproximó su silla a la puerta y Eliza se enjugó las lágrimas y se acercó también a escuchar a Simeon, que leyó lo siguiente:
Por poco mis pies se me extravían, nada faltó para que mis -«pasos resbalaran, celoso como estaba de los arrogantes, al ver la paz de los impíos. No, no hay congojas para ellos, sano y rollizo está su cuerpo, no comparten la pena de los hombres, con los humanos no son atribulados como los otros hombres. Por eso el orgullo es su collar, la violencia el vestido que los cubre; la malicia les cunde de la grasa, de artimañas su corazón desborda. Se sonríen, pregonan la maldad, hablan altivamente de violencia; ponen en el cielo su boca, y su lengua se pasea por la tierra. Por eso mi pueblo va hacia ellos: aguas de abundancia les llegan. Dicen: "¿Cómo va a saber Dios? ¿Hay conocimiento en el Altísimo?"» ¿No te sientes así, George?
– Desde luego que sí -dijo George-, yo mismo no lo hubiese expresado mejor.
– Entonces escucha -dijo Simeon-: «Me puse, pues, a pensar para entenderlo, ¡ardua tarea ante mis ojos! Hasta el día en que entré en los divinos santuarios donde su destino comprendí: oh sí, tú en precipicios los colocas, a la ruina los empujas. ¡Ah qué pronto quedan hechos un horror, cómo desaparecen sumidos en pavores! Como en un sueño al despertar, Señor, así, cuando te alzas, desprecias tú su imagen. Pero a mí, que estoy siempre contigo, de la mano derecha me has tomado; me guiarás en tu consejo, y tras la gloria me llevarás. Mas para mí, mi bien es estar junto a Dios; he puesto mi cobijo en el Señor» [26].
[26] Salmo 73: Vanidad de la dicha del impío. 1-11, 16-20, 23-24, 28.