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La Reina de la Oscuridad

Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:

La guerra contra los dragones siervos de la Reina de la Oscuridad sigue su curso. Armados con los misteriosos y mágicos Orbes de los Dragones y con la resplandeciente Dragonlance, los compañeros se convierten en la esperanza del mundo. Pero ahora, cuando amanece un nuevo día, los oscuros secretos que han ensombrecido los corazones de este grupo de amigos salen a la luz. La traición, el engaño, la debilidad estarán a punto de destruir todo lo que ya han conseguido.
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
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Mientras seguían a Zebulah por las fantasmales y desiertas calles éste les relató la historia de la caída de Istar, sin cesar de mostrarles las ruinas que se encontraban en su camino como mudos testigos de lo ocurrido.

—Cuando los dioses arrojaron la montaña ígnea sobre Krynn —explicó— el derrumbamiento destruyó Istar, formándose un gigantesco cráter en la tierra. Las aguas inundaron entonces el espacio vacío, y así fue cómo se creó el que se ha dado en llamar Mar Sangriento. La mayoría de los edificios de la ciudad de Istar se desmoronaron pero algunos resistieron a la hecatombe, conservando en su seno pequeñas bolsas de aire. Poco después los elfos marinos descubrieron que éste era un lugar idóneo para albergar a los tripulantes de las naves naufragadas que lograban rescatar, y puedo aseguraros que muchos de ellos se instalaron como en sus propios hogares.

El mago hablaba con un mal disimulado orgullo que divertía a Goldmoon, aunque cuidó de no demostrar tal sentimiento frente a su amable informador. Era el orgullo de la posesión, como si las ruinas pertenecieran en exclusiva a Zebulah y fuera él quien las había reorganizado para su público disfrute.

—Pero tú eres humano, no un elfo marino —declaró—. ¿Por qué te has quedado a vivir aquí?

El mago sonrió, mientras sus ojos navegaban entre los recuerdos del pasado.

—Era joven y ambicioso —confesó—, siempre atento a cualquier oportunidad de amasar fortuna. Mis artes arcanas me llevaron al fondo del océano en busca de los tesoros perdidos de Istar. Encontré múltiples riquezas, pero no de oro ni de plata.

»Una tarde vi a Apoletta que estaba nadando, La descubrí antes que ella a mí, y antes de que la muchacha atinara a cambiar de apariencia... Me enamoré al instante y tuve que batallar para ganarme su afecto. Ella no podía vivir en tierra firme y, después de permanecer tanto tiempo en medio de la paz y de la belleza que nos rodean, yo tampoco me vi con ánimos de instalarme de nuevo en un mundo que me era ya ajeno. Pero me agrada conversar con los miembros de vuestra especie, de modo que suelo deambular por las ruinas para ver a quién han traído los elfos.»

Goldmoon contempló los desvencijados edificios, aprovechando que Zebulah hacía una pausa para recobrar el aliento entre unas y otras historias.

—¿Dónde está el famoso templo en honor del Príncipe de los Sacerdotes? —inquirió.

Una sombra oscureció el semblante del mago. Su expresión jubilosa se trocó en un rictus de pesar teñido de ira.

—Lo lamento —se apresuró a disculparse la mujer de las Llanuras—. No era mi intención entristecerte.

—No te preocupes —la tranquilizó Zebulah con una leve sonrisa—. A decir verdad, me conviene recordar las tinieblas que envuelven el terrible pasado. En mis paseos diarios tiendo a olvidar que ésta fue una vez una ciudad poblada por criaturas que reían, lloraban, respiraban y, en definitiva, vivían. Había niños jugando en estas mismas calles la pavorosa noche en que los dioses derribaron la montaña de fuego.

Guardó silencio unos instantes, antes de continuar con un suspiro:

—Me preguntabas dónde se yergue el templo. En ninguna parte, debo responder. En el lugar donde el Príncipe de los Sacerdotes expuso sus arrogantes demandas a los dioses hay ahora un negro pozo. Aunque está lleno de agua, nadie puede vivir en su interior; se desconoce su profundidad, pues los elfos marinos no se aventurarían a explorarlo. Me he asomado a su opaca y remansaba superficie todo el tiempo que el terror me lo ha permitido, y no creo que sus tinieblas tengan fin. Es tan insondable como las entrañas del Mal.

Zebulah se detuvo en una de las sombrías callejas y escudriñó el rostro de Goldmoon, antes de consultarle:

—Los culpables fueron castigados pero, ¿por qué los inocentes? ¿Por qué habían de sufrir los seres bondadosos? Se ciñe a tu cuello el medallón de Mishakal, diosa de la curación. ¿Conoces el motivo? ¿Te lo explicó ella?

Goldmoon titubeó, sobresaltada por la pregunta, mientras buscaba en su alma una contestación satisfactoria. Su esposo permanecía a su lado, tan grave y silencioso como siempre, ocultando sus pensamientos.

—Es una cuestión que me he planteado en numerosas ocasiones —declaró al fin la mujer de las Llanuras, a la vez que se acercaba a su amado y posaba la mano en su brazo para asegurarse de su proximidad—. Soñé una noche que se me castigaba por mis dudas, por mi falta de fe, con la pérdida de aquél a quien he entregado mi corazón. —Riverwind la rodeó con su fornido brazo y la apretó contra sí—. Pero cuando me avergüenzo por mi desconfianza, recuerdo que fueron mis preguntas las que me llevaron hasta los antiguos dioses.

Calló unos instantes. Riverwind acarició sus cabellos y ella le dirigió una tierna sonrisa.

—No —admitió frente a Zebulah—, no tengo la respuesta a tan inextricable enigma. Sigo vacilando en mis creencias, enardeciéndome cuando veo el tormento de los inocentes y las injustas recompensas de los culpables. Pero ahora sé que mi ira es como el fuego que alimenta la forja, y que el hierro deforme de mi espíritu se templa en su calor para perfilarse como la brillante vara de acero que cobija mi fe. Esa vara fortalece mi frágil carne.

Zebulah estudió en silencio a Goldmoon erguida entre los restos de Istar, con su melena de oro y plata resplandeciente como el sol que nunca bañaría los desmoronados edificios. Los efectos de las lóbregas sendas recorridas se dibujaban en su bello rostro pero, lejos de desfigurarlo, los surcos del sufrimiento y la desesperación no hacían sino conferirle una hermosura aún más exquisita. Sus ojos irradiaban sabiduría, intensificada ahora por el júbilo que le producía el conocimiento de que una nueva vida palpitaba en su vientre.

La mirada del mago se desvió hacia el fornido luchador que con tanto amor abrazaba a la mujer. También se observaban en su faz las huellas de un largo y tortuoso camino. Aunque se mostraba inmutable y estoico, sus oscuros ojos y su afable actitud reflejaban los hondos sentimientos que le unían a su esposa.

«Quizá cometí un error cuando decidí quedarme bajo las aguas —pensó Zebulah, sintiéndose de pronto viejo y triste—. Quizá habría resultado útil si hubiera regresado a la tierra y transformado mi ira, como esta pareja, en una búsqueda inagotable de respuestas. Sin embargo, permití que la cólera corroyera mi alma hasta que me pareció más fácil ocultarme en las profundidades.»

—No debemos entretenernos —apuntó abruptamente Riverwind—. Caramon no tardará en abandonar su lecho para correr a nuestro encuentro, es posible que ya lo haya hecho.

—Sí —repuso Zebulah aclarándose la garganta—. Tenemos que irnos, aunque dudo que él y su compañera se hayan puesto en marcha. Estaba muy débil...

—¿Herido? —le interrumpió Goldmoon preocupada.

—No en su cuerpo —repuso el mago, a la vez que se dirigía a un ruinoso edificio por una calleja jalonada de escombros—. Es su alma la que ha sido lastimada, lo comprendí antes de que la muchacha me hablase del hermano gemelo.

Una línea oscura apareció con total nitidez en el entrecejo de Goldmoon, que había apretado los labios en una siniestra mueca.

—Discúlpame, Señora de las Llanuras —dijo Zebulah sonriendo—, pero veo arder en tus ojos ese fuego de fragua al que antes aludías.

—Creo haberte mencionado también mi fragilidad —se justificó ella, no sin un cierto rubor—. Debería aceptar a Raistlin y lo que hizo con su hermano como un designio de los dioses del Bien que mi pobre entendimiento no acierta a discernir. Si mi fe fuera firme me abstendría de cuestionar las acciones del hechicero, pero me temo que eso es imposible. Lo único que puedo hacer es rogar a las divinidades que lo mantengan lejos de mi camino.

—Yo no comparto esa postura —intervino Riverwind enfurecido—. No, no la comparto —repitió sombríamente.

Caramon estaba reclinado en su lecho, contemplando la negrura. Tika, acurrucada en sus brazos, dormía con placidez. Podía oír los latidos del corazón de la joven tan regulares como las bocanadas de aire que exhalaba. Empezó a acariciar la maraña de bucles pelirrojos que yacían esparcidos sobre su hombro, pero la muchacha se agitó al sentir su contacto y se contuvo, temeroso de despertarla. Tenía que descansar, sólo los dioses sabían cuánto tiempo había permanecido en vela para cuidarle. Nunca se lo revelaría, cuando se lo preguntó se limitó a reírse y reprenderle por sus ronquidos. Sin embargo, un temblor había entrecortado su risa, fue incapaz de mirarle a los ojos.

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