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Электронная книга - «La Importancia De Vivir». Краткое содержание книги:

En las páginas que siguen presento el punto de vista chino, porque no puedo remediarlo. Sólo me interesa presentar un criterio de la vida y de las cosas como lo han visto los mejores espíritus chinos, y como lo han expresado en su sabiduría popular y en su literatura. La importancia de vivir condensa una filosofía risueña y tolerante que, en su trasplante de la China milenaria al campo cultural occidental, procura maravillosos estímulos en el arte de vivir.- La importancia de vivir, en tanto compendio de la filosofía que propone Lin Yutang, desentraña el sentido de la vida y nos permite comprender cuánto podemos obtener del medio en el que nos desenvolvemos, cualesquiera que fuesen nuestras circunstancias. Si sabemos armonizar nuestros instintos e impulsos, nos dice el autor, podemos hacer que el cielo y tierra se entiendan dentro de nosotros y obtener de la vida frutos insospechados. Se trata de una filosofía risueña y tolerante que, en su transplante de la China milenaria al campo cultural occidental, adquiere nueva lozanía y procura maravillosos estímulos en el arte de vivir
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Yo he descubierto una fórmula relativa a la comparativa comodidad de los muebles. Esta fórmula puede ser expuesta en términos muy sencillos: cuanto más baja es una silla, tanto más cómoda resulta. Muchas personas se habrán sentado en cierta silla de la casa de un amigo, extrañados de que fuera tan cómoda. Antes del descubrimiento de esta fórmula solía pensar yo que los peritos en decoración interior tenían probablemente una fórmula matemática que les daba la proporción entre la altura y el ancho y el ángulo de inclinación de las sillas, para procurar el máximo de comodidad a los que se sientan. Desde el descubrimiento de esta fórmula he visto que era más sencillo. Tómese cualquier mueble de pino de China y córtesele unos centímetros de las patas, e inmediatamente se hace más cómoda; y si se le cortan otros pocos centímetros, más cómoda aun se hace. La conclusión lógica es, claro está, que uno se siente más cómodo cuando está tendido en cama. Sí, es tan sencillo como eso.

Desde este principio fundamental podemos ir al corolario de que cuando nos vemos sentados en una silla demasiado alta y a la que no le podemos cortar las patas, todo lo que tenemos que hacer es buscar algún objeto sobre el cual podamos descansar las piernas y disminuir así teóricamente la diferencia de nivel entre las caderas y los pies. Uno de los sistemas más comunes que empleo es el de abrir un cajón del escritorio y apoyar en él los pies. Pero dejo al sentido común de cada uno la aplicación inteligente de este corolario.

Para corregir cualquier falsa idea de que acostumbro a estar repantigado durante la dieciséis horas que paso despierto en el día, debo apresurarme a explicar que soy capaz de estarme empecinadamente sentado ante el escritorio o frente a una máquina de escribir durante tres horas seguidas. Cuando quiero exponer claramente que el aflojamiento de nuestros músculos no es necesariamente un crimen, no pretendo decir que debemos tener los músculos flojos todo el tiempo, o que es la postura más higiénica que podemos asumir durante todo el día. Muy otra es mi intención. Al fin y al cabo, la vida humana se cumple en ciclos de trabajo y de juego, de tensión y aflojamiento. La energía cerebral del hombre y su capacidad para el trabajo se presenta en ciclos mensuales, como el cuerpo de la mujer. William James dijo que cuando se ajusta demasiado la cadena de una bicicleta no se consigue que corra mejor, e igual ocurre con la mente humana. Todo, al fin y al cabo, es cuestión de costumbre. En el cuerpo humano hay una capacidad infinita para nuevos ajustes. Los japoneses, que tienen la costumbre de sentarse en el piso con las piernas cruzadas, deben sufrir calambres, supongo, si se les hace sentar en sillas. Sólo si alternamos entre la postura absolutamente erecta, del trabajo en las horas de oficina, y la postura de tendernos en un sofá después de un duro día de trabajo, podemos lograr la más alta sabiduría de la vida.

Una palabra para las señoras: cuando no hay nada cerca para descansar los pies, pueden encoger las piernas y enroscarlas sobre un sofá. Nunca parecen ustedes tan encantadoras como cuando están en esa actitud.

III. DE LA CONVERSACIÓN

"Hablar contigo durante una noche es mejor que estudiar libros durante diez años", fue el comentario de un viejo estudioso chino después de tener una conversación con un amigo. Tiene mucho de cierto esa afirmación, y hoy la frase "una noche de charla" ha llegado a ser expresión corriente para referirse a una feliz conversación con un amigo, de noche, ya sea en el pasado o en el porvenir. Hay dos o tres libros que se parecen a los "ómnibus de fin de semana", publicados en inglés, con títulos como Una noche de charla o Una noche de charla en la montaña. Un placer tan supremo como el de una conversación perfecta con un amigo, de noche, es necesariamente raro, porque como lo ha señalado Li Liweng, los que son sabios rara vez saben hablar, y los que hablan rara vez son sabios. El descubrimiento de un hombre, en un templo empinado en la montaña, que comprenda realmente la vida y a la vez entienda el arte de la conversación, debe ser, por lo tanto, uno de los placeres más agudos, como el descubrimiento de un nuevo planeta por un astrónomo o de una nueva variedad de plantas por un botánico.

La gente se queja hoy de que el arte de la conversación en torno a una chimenea o a un barril de cohetes se está perdiendo, debido al ritmo de la vida comercial de hoy. Estoy muy seguro de que ese ritmo tiene algo de culpa, pero creo también que la distorsión del hogar, convertido en un departamento sin fuego de leños, comenzó la destrucción del arte de la conversación y la influencia del automóvil la completó. El ritmo es del todo falso, porque la conversación existe solamente en una sociedad de hombres imbuidos de espíritu de ocio, con su facilidad, su humorismo y su apreciación de los matices más ligeros. Porque hay un evidente distingo entre charlar, sencillamente, y conversar. Esta distinción se hace en el idioma chino entre shuohua (hablar) y t'anhua (conversación), que implica que el discurso es más gárrulo y despacioso y los temas de conversación más triviales y menos de negocios. Puede notarse una diferencia similar entre la correspondencia comercial y las cartas de literatos amigos. Podemos hablar o discutir de negocios con casi todo el mundo, pero hay muy pocas personas con quienes podemos sostener verdaderamente una conversación nocturna. Por eso, cuando encontramos a un verdadero conversador, el placer es igual, si no superior, al de leer un delicioso autor, con el placer adicional de escuchar su voz y ver sus ademanes. A veces lo hallamos en la feliz reunión de viejos amigos, o entre relaciones que se dedican a sus reminiscencias, a veces en el salón de fumar de un tren nocturno, y a veces en una hostería durante un lejano viaje. Se charlará de duendes y de espíritus de zorros, junto con entretenidos relatos o apasionados comentarios sobre dictadores y traidores, y a veces, antes de advertirlo, un sabio observador y conversador hace luz sobre cosas que ocurren en determinado país y que son prolegómeno de su inminente caída o de un cambio de régimen. Tales conversaciones quedan entre los recuerdos que acariciamos durante toda la vida.

Es claro que las de la noche son las mejores horas para conversar, porque las conversaciones de día sufren cierta falta de brillo. El lugar de la conversación me parece enteramente sin importancia. Se puede gozar de una buena conversación sobre literatura y filosofía en un salón siglo XVII o sentado en barriles en una quinta. O acaso sea una noche de viento y de lluvia mientras viajamos en barco por el río y las linternas de los barcos anclados en la margen opuesta lanzan sus reflejos sobre el agua, y oímos que el barquero nos narra anécdotas de la niñez de la Reina. Por cierto que el encanto de la conversación está en el hecho de que las circunstancias en que se produce, la hora y las personas que la emprenden, varían de ocasión en ocasión. A veces recordamos una conversación en una noche llena de luna y de brisas, cuando están en flor las acacias, y a veces la asociamos en el recuerdo con una noche oscura y tormentosa cuando arde en el hogar un fuego de leños, y a veces recordamos que estábamos sentados en el techo de un pabellón mirando las barcas que surcaban el río y quizá una de ellas se volcó en la rápida corriente, o acaso que estábamos sentados en la sala de espera de una estación ferroviaria, y que había pasado la medianoche. Estos cuadros se asocian indeleblemente con nuestro recuerdo de ciertas conversaciones particulares. Había quizá dos o tres personas en la habitación, o acaso cinco o seis; tal vez el viejo Chen estaba algo ebrio aquella noche, o el viejo Chin tenía un resfrío y hablaba con un leve tono nasal, que se sumaba a la característica placentera de aquella noche. Es tal la vida humana que "la luna no puede ser redonda siempre, las flores no pueden verse siempre tan hermosas, y los buenos amigos no siempre pueden reunirse", y no creo que los dioses tengan celos de nosotros cuando nos dedicamos a tan sencillo pasatiempo.

Como regla, una buena conversación es siempre igual que un buen ensayo familiar. Su estilo y su contenido son similares a los del ensayo. Los espíritus de zorros, las moscas, la extraña manera de ser de los ingleses, la diferencia entre la cultura oriental y occidental, las librerías en las márgenes del Sena, un aprendiz ninfomaníaco en cierta sastrería, anécdotas de nuestros gobernantes, estadistas y generales, el método de preservar los "Dedos de Buda" (una variedad cítrica): todos éstos son buenos y legítimos temas de conversación. El punto que más tiene en común con el ensayo es su estilo holgazán. Por mucho peso e importancia que tenga el tema, aunque signifique reflexiones sobre el triste cambio o el estado de caos de la patria, o el naufragio de la misma civilización bajo la corriente de alocadas ideas políticas que privan al hombre de libertad, de dignidad humana y hasta de la meta de la felicidad humana, o aunque comprenda conmovedoras cuestiones de verdad y justicia, todas las ideas se expresan en forma casual, despaciosa e íntima. Porque en la civilización, por mucho que se irrite y se encone un hombre contra los ladrones de nuestra libertad, sólo se nos permite expresar sentimientos con una leve sonrisa en los labios o en la punta de la pluma. Nuestras tiradas realmente apasionadas, en que damos rienda suelta a nuestros sentimientos, deben ser escuchadas solamente por unos pocos de nuestros amigos más íntimos. Por ende, la condición primordial de una verdadera conversación es que podamos ventilar nuestras opiniones con calma, en la intimidad de una habitación, con unos pocos buenos amigos y sin tener alrededor personas que no queremos ver siquiera.

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