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Электронная книга - «La Importancia De Vivir». Краткое содержание книги:

En las páginas que siguen presento el punto de vista chino, porque no puedo remediarlo. Sólo me interesa presentar un criterio de la vida y de las cosas como lo han visto los mejores espíritus chinos, y como lo han expresado en su sabiduría popular y en su literatura. La importancia de vivir condensa una filosofía risueña y tolerante que, en su trasplante de la China milenaria al campo cultural occidental, procura maravillosos estímulos en el arte de vivir.- La importancia de vivir, en tanto compendio de la filosofía que propone Lin Yutang, desentraña el sentido de la vida y nos permite comprender cuánto podemos obtener del medio en el que nos desenvolvemos, cualesquiera que fuesen nuestras circunstancias. Si sabemos armonizar nuestros instintos e impulsos, nos dice el autor, podemos hacer que el cielo y tierra se entiendan dentro de nosotros y obtener de la vida frutos insospechados. Se trata de una filosofía risueña y tolerante que, en su transplante de la China milenaria al campo cultural occidental, adquiere nueva lozanía y procura maravillosos estímulos en el arte de vivir
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Parece un infortunio lingüístico que los viejos sanos y robustos en los Estados Unidos digan a los demás que son "jóvenes" todavía, o que se les diga que son "jóvenes" cuando lo que se quiere decir en realidad es que son sanos. Gozar buena salud en la ancianidad, o ser viejo y sano, es la mayor suerte humana, pero decir "sano y joven" es sólo restarle brillo e imputar imperfección a lo que es en realidad perfecto. Después de todo, no hay nada más hermoso en este mundo que un anciano lleno de salud y sabiduría, con "sonrojadas mejillas y blancos cabellos", y que habla con voz calmosa acerca de la vida según la conoce. El chino lo comprende así, y siempre ha pintado a un anciano con "sonrosadas mejillas y blancos cabellos" como símbolo de la final felicidad humana. Muchos occidentales deben haber visto cuadros chinos del Dios de la Longevidad, con su despejada frente, su rostro sonrosado, su barba blanca ¡y cómo sonríe! Muy vivido es el cuadro. El anciano se mesa las flotantes barbas que llegan hasta el pecho, y las acaricia suavemente, en paz y contento, digno porque le rodea el respeto, seguro de sí porque nadie duda de su sabiduría, y bondadoso porque ha visto tantas penas humanas. Rendimos también a las personas de gran vitalidad el cumplimiento de decir que "cuanto más envejecen tanto más vigorosos son", y en China se llamaría "viejo vivaracho" a una persona cómo David Lloyd George, porque con la edad cobra mayor mordacidad.

En general, veo que faltan ancianos de blancas barbas en el cuadro de la vida occidental. Sé que existen, pero se han unido quizá en una conspiración para ocultarse de mí. Sólo una vez, en Nueva Jersey, ví a un anciano con una barba que podía llamarse respetable. Quizá sea la máquina de afeitar lo que ha logrado esto, un proceso tan deplorable e ignorante y estúpido como la deforestación de las montañas chinas por agricultores ignorantes, que han privado a China del Norte de sus hermosos bosques y dejado las colinas tan calvas y feas como los mentones de los viejos norteamericanos. Queda aún por descubrir en los Estados Unidos una mina de belleza y sabiduría, que es placentera a la vista y conmovedora para el alma, cuando el norteamericano haya, abierto los ojos e inicie un programa general de reforestación. ¡Ya no existen los grandes ancianos de los Estados Unidos! Ya no existe el Tío Sam con su barba, porque ha comprado una navaja de seguridad y se ha afeitado, para hacerse igual que un joven frívolo y tonto, con el mentón saliente en lugar de graciosamente retraído, y una dura chispa en los ojos detrás de los anteojos de carey. ¡Qué pobre sustituto de aquella gran figura! Mi actitud sobre lá1 cuestión de la Suprema Corte de los Estados Unidos (aunque no sea cosa mía) está determinada puramente por mi amor por el rostro de Charles Evans Hughes. ¿Es el único anciano grandioso que queda en los Estados Unidos, o acaso hay más? Es claro que debería jubilarse, porque así lo quiere la bondad, pero toda acusación de senilidad que se le dirija me parece un insulto intolerable. Tiene un rostro que podríamos llamar "el sueño de un escultor".

No dudo de que el hecho de que los ancianos de Occidente insistan en ser tan atareados y activos puede ser atribuido directamente al individualismo llevado a un extremo de tontería. Se debe a su orgullo y a su amor por la independencia y a su vergüenza de depender de los hijos. Pero entre los muchos derechos humanos que se han establecido en la Constitución de los Estados Unidos, por ejemplo, se ha olvidado extrañamente el derecho a ser alimentado por los hijos, pues es un derecho y una obligación derivados de servicios hechos. ¿Cómo se puede negar que los padres que han bregado por sus hijos en la juventud, que han perdido más de una noche de sueño cuando los tenían enfermos, que han lavado sus pañales mucho antes de que pudieran hablar, que han pasado un cuarto de siglo educándolos y preparándolos para la vida, tienen derecho a ser alimentados por ellos, y amados y respetados cuando son viejos? ¿No puede uno olvidar al individuo y a su orgullo del yo, en un plan general de la vida hogareña en que los hombres son justamente cuidados por sus padres y, después de haber cuidado a sus hijos, son cuidados justamente también por éstos? Los chinos no tienen sentido de la independencia individual, porque todo el concepto de la vida se basa en la ayuda mutua dentro del hogar; por ende, no significa vergüenza alguna la circunstancia de ser servido por los hijos en el ocaso de la vida. Más bien, se considera buena suerte tener hijos que cuiden de uno. Nada más que para eso se vive en China.

En Occidente, los viejos se alejan de los demás y prefieren vivir en algún hotel con restaurante en la planta baja, por consideración hacia los hijos y por deseo, absolutamente altruista, de no inmiscuirse en la vida de su hogar. Pero los viejos tienen derecho a inmiscuirse, y si esta ingerencia es desagradable, también es natural, porque toda la vida, especialmente la vida doméstica, es una lección de refrenamiento. Los padres se inmiscuyen en las vidas de sus hijos, de todos modos, cuando son jóvenes, y la lógica de la no ingerencia se advierte ya en los resultados de los Behaviourists, ( [27]) que creen que todos los chinos deben ser separados de sus padres. Si no podemos tolerar a los propios padres cuando están viejos y comparativamente desvalidos, a los padres que tanto han hecho por nosotros, ¿a quiénes podremos tolerar en el hogar? Hay que aprender a contenerse, de todos modos, pues de lo contrarío hasta el matrimonio naufragará. Y ¿cómo pueden reemplazar los mejores camareros de un hotel el servicio personal y la adoración y la devoción de los hijos?

La idea china que sostiene este servicio personal a los padres ancianos se defiende expresamente con la única base de la gratitud. Las deudas con los amigos pueden ser contadas, pero son incontables las deudas con los padres. Una y otra vez, los ensayos chinos sobre el cariño filial mencionan el hecho del lavado de los pañales, que adquiere significación cuando uno llega a ser padre. A cambio de ello, pues, ¿no está bien que, en su ancianidad, los padres sean servidos con los mejores alimentos, para que puedan ver ante sí sus platos favoritos? Los deberes de un hijo que sirve a sus padres son asaz duros, pero es un sacrilegio hacer comparaciones entre el cuidado de los propios padres y el cuidado que se da a un extraño en un hospital. Por ejemplo, los que siguen son algunos de los deberes del hijo en su hogar, según los prescribió T'u Hsishih y como quedaron incorporados a un libro de instrucción moral muy popular como texto en las viejas escuelas:

En los meses de verano debe uno atender a sus padres, quedarse a su lado y abanicarles, para quitarles el calor y las moscas y mosquitos. En invierno, debe uno ver que las cobijas de la cama estén tibias y que arda bien el fuego de la estufa, y atenderlo constantemente para que no arda mal. Debe ver también si hay agujeros o grietas en las puertas, y ventanas, para que no haya corrientes, a fin de que sus padres estén cómodos y contentos.

El niño mayor de diez años debe levantarse antes que sus padres por la mañana, y después de asearse debe ir hasta la cama paterna y preguntar si han pasado buena noche. Si ya se han levantado sus padres, debe hacerles una reverencia antes de preguntarles por su salud, y debe retirarse con otra reverencia después de haberlo preguntado. Antes de ir a la cama, de noche, debe preparar el lecho de los padres cuando éstos vayan a dormir, y permanecer junto a ellos hasta que vea que han quedado dormidos, y correr entonces la cortina de la cama y retirarse.

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[27] De Behaviourism: sistema que sostiene que la psicología debe fundarse exclusivamente en la observación y el análisis de los actos humanos objetivamente observables. (Huxley, El fin y los medios.)

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