La Importancia De Vivir
- Автор: Yutang Lin
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Importancia De Vivir». Краткое содержание книги:
El árbol desea el reposo, pero no se detiene el viento;
El hijo desea servir, pero sus padres se han ido ya.
Debe presumirse que si el hombre tuviera que vivir la vida como un poema, podría mirar al ocaso de la vida como el período más feliz, y en lugar de tratar de postergar la tan temida ancianidad debería esperarla con agrado y prepararse para vivir en ella el período mejor y más feliz de su existencia. En mis esfuerzos por comparar y contrastar la vida oriental y la occidental, no he encontrado diferencias absolutas, salvo en esta cuestión de la actitud hacia la edad, que es clara y no permite posiciones intermedias. Las diferencias de nuestras actitudes hacia el sexo, hacia las mujeres, y hacia el trabajo, el juego y las realizaciones materiales, son apenas relativas. La relación entre marido y mujer en China no es esencialmente diferente de la que hay en Occidente; tampoco lo es, siquiera, la relación entre padres e hijos. Ni aun las ideas de libertad individual y democracia, y la relación entre el pueblo y su gobernante son tan diferentes, al fin de cuentas. Pero en punto a nuestra actitud hacia la edad, la diferencia es absoluta, y Oriente y Occidente toman puntos de vista exactamente opuestos. Esto se advierte con mayor claridad cuando se pregunta a otra persona qué edad tiene, o se dice la propia. En China, lo primero que pregunta una persona a otra cuando hace una visita oficial, después de inquirir su nombre y apellido, es: "¿Cuál es su gloriosa edad?" Si la persona responde, como disculpándose, que tiene veintitrés o veinticinco años, el interlocutor le conforta generalmente diciendo que todavía le queda un porvenir glorioso, y que algún día será viejo. Pero si la persona responde que tiene treinta y cinco o treinta y ocho anos, el interlocutor exclama inmediatamente con hondo respeto: "¡Buena suerte!"; el entusiasmo crece en la proporción en que este caballero puede anunciar una edad mayor y mayor, y si tiene ya más de cincuenta años, el interlocutor baja en seguida la voz, con humildad y respeto. Por esa razón los ancianos, si pueden, deben ir a vivir a China, donde hasta un mendigo, sí tiene barba blanca, es tratado con extraordinaria bondad. La gente de edad madura espera, en verdad, con impaciencia la época en que podrá celebrar el 51° cumpleaños, y en el caso de comerciantes o funcionarios de buena posición se llega a celebrar el 41° cumpleaños con gran pompa. Pero el 51° cumpleaños, o sea la marca del medio siglo, es ocasión de regocijo para las gentes de todas clases. El 61° es una ocasión más grande y más feliz que el 51°, y más aun el 71°, y un hombre que puede celebrar su 81° cumpleaños es mirado ya como persona especialmente favorecida por el Cielo. Usar barba llega a ser prerrogativa especial de quienes son abuelos, y el hombre que se la deje crecer sin las condiciones necesarias, sea la de ser abuelo o la de haber pasado de los cincuenta años, está en peligro de que los demás se burlen de él, a espaldas vueltas. El resultado es que los jóvenes tratan de hacerse pasar por más viejos, imitando el porte y la dignidad y los puntos de vista de los ancianos, y he conocido casos de jóvenes escritores chinos, graduados en las universidades a los veintiuno o veinticinco años, que escribían en las revistas artículos para aconsejar "qué deben y qué no deben leer los jóvenes", y se referían a los tropiezos de la juventud con paternal condescendencia.
El deseo de envejecer y, en todo caso, de parecer viejo, es comprensible cuando se advierte la prima que en general se pone a la ancianidad en China. En primer lugar, hablar es privilegio de los ancianos, mientras los jóvenes tienen que escuchar y tener quieta la lengua. "El joven debe tener oídos y no boca", dice un proverbio chino. Los jóvenes de veinte años deben escuchar cuando hablan los hombres de treinta, y éstos a su vez deben escuchar cuando hablan otros de cuarenta. Como es casi universal el deseo de hablar y ser escuchado, es evidente que cuanto más avance uno en años más probabilidades tendrá de hablar y ser escuchado cuando hace vida social. Es un juego de la vida en que nadie se ve favorecido, porque todos tienen probabilidades de envejecer a su tiempo. Así, un padre que aconseja a su hijo se ve obligado a detenerse repentinamente y a modificar su actitud en el momento en que la abuela abre la boca. Es claro que desearía estar en el lugar de la abuela. Y es muy justo, porque, ¿qué derecho tienen los jóvenes de abrir la boca cuando los viejos pueden decir: "He cruzado más puentes que calles has cruzado tú"? ¿Qué derecho a hablar tienen los jóvenes?
Pese a mi vinculación con la vida occidental y la actitud occidental con respecto a la edad, siguen asombrándome continuamente ciertas expresiones para las cuales no estoy preparado. Por todas partes aparecen nuevas ilustraciones de esta actitud. He oído decir a una vieja dama que ha tenido varios nietos, pero que "fue el primero el que dolió". Aun con pleno conocimiento de que a los occidentales no les gusta que les crean viejos, no espera uno que se dé tal expresión.a ese sentimiento. He admitido que personas de edad madura, menores de cincuenta años, quieran dar la impresión, muy comprensible, de que son todavía jóvenes y vigorosas, pero no estoy del todo preparado para encontrarme con una anciana de cabello canoso que lleva maliciosamente el tema de la conversación hacia el tiempo, cuando la conversación, sin culpa por mi parte, gira en forma natural hacia su edad. Se olvida continuamente esta actitud cuando se permite a un viejo que entre primero en un automóvil o un ascensor; en esos casos me sube a los labios la frase habitual de "después de los años", pero luego me contengo y no sé qué decir en cambio. Un día lo olvidé y solté la frase acostumbrada, como deferencia a un anciano sumamente digno y encantador, y el anciano, sentado en su automóvil, se volvió a su esposa y le dijo, bromeando: -"¡Este joven tiene la desfachatez de pensar que es más joven que yo!"
Todo esto es una insensatez. No alcanzo a ver su significado. Comprendo que las mujeres solteras, jóvenes o maduras, se nieguen a decir su edad, porque en su caso es perfectamente natural la preferencia por la juventud. También las jóvenes chinas se asustan un poco cuando llegan a los veintidós años y no se han casado ni comprometido. Los años pasan sin merced. Dejan el temor de quedar afuera, lo que llaman los alemanes un Torschlusspanik, el temor de quedar en el parque una vez cerradas las puertas, de noche. Por eso se ha dicho que el año más largo en la vida de la mujer es el vigésimonono; sigue teniendo veintinueve años durante cuatro o cinco. Pero, fuera de esto, el temor de que los demás conozcan nuestra edad es insensato. ¿Cómo nos pueden considerar sabios si no nos consideran viejos? Y, ¿qué saben los jóvenes de la vida, del matrimonio y de los verdaderos valores? Comprendo, también, que la conformación toda de la vida occidental signifique primas a la juventud y haga, por lo tanto, que los hombres y las mujeres se sientan remisas antes de decir su edad. Una secretaria perfectamente eficiente y vigorosa a los cuarenta y cinco años de edad, es tenida por indigna de su cargo, apenas conocida esa edad, debido a una curiosa tergiversación de razonamiento. ¿Qué de extraño tiene, pues, que desee ocultar su edad a fin de conservar el empleo? Pero esta misma conformación de la vida y esta prima que se concede a la juventud son cosas insensatas. No tienen absolutamente ningún significado, por cuanto yo puedo advertir. No hay duda de que esta clase de cosas son producto de la vida de los negocios, porque seguramente ha de haber más respeto por la ancianidad en el hogar que en la oficina. No veo forma de salir de eso hasta que se empiece a despreciar el trabajo y la eficiencia y los lucros materiales. Sospecho que cuando un padre norteamericano considere que el hogar y no la oficina es su lugar ideal en la vida, y pueda decir abiertamente, como lo hacen los padres chinos, con absoluta ecuanimidad, que tiene un buen hijo que ocupa su sitio, y que le honra ser alimentado por él, esperará ansiosamente la época feliz y contará con impaciencia los años hasta llegar a los cincuenta.