La guerra de las salamandras [Válka s mloky - es]
- Автор: Чапек Карел
- Год: 1992
- Язык: испанский
- Год: Hiperi
- ISBN: 978-84-7517-321-4
- Переводчик: Ana Falbrov
- Жанр: Социально-философская фантастика
Электронная книга - «La guerra de las salamandras [Válka s mloky - es]». Краткое содержание книги:
Nacido en 1890 y muerto en 1938, poco después de ser propuesto para el premio Nobel, Čapek dejó una importante obra teatral, narrativa, ensayística, periodística y de viajes, de la que varios títulos han sido traducidos a nuestro idioma. Su humanismo concreto, su preocupación por la pérdida de valores o por el alejamiento de la naturaleza, su defensa de la tolerancia, el ccntraste y el respeto hacia los otros, confieren a su obra literaria, de muy diversos y ricos matices, innegable perdurabilidad y actualidad.
—Pero si las salamandras y las personas no pueden luchar cuerpo a cuerpo, papá —dice Frantik, tratando de defender la nueva manera de guerrear—. Es imposible hacer un ataque a la bayoneta dentro del agua…
—Eso es —gruñe despectivo el señor Povondra—. No pueden ni acercarse unos a otros como es debido. Pero echa a hombres contra hombres, y verás de lo que son capaces… ¡¡Qué sabéis ahora lo que es la guerra!!
—Lo que hace falta es que no llegue hasta aquí —dice Frantik un poco inquieto—. ¿Sabes, papá? Cuando uno tiene hijos…
—¿Qué quieres decir con «aquí»? —dice al anciano un poco excitado—. ¿Quieres decir, «aquí», a Praga?
—A Bohemia, a Checoslovaquia en general —contesta el joven Povondra preocupado—. Pienso que si las salamandras han llegado hasta Dresde…
—¡Qué listo eres, chico! —le regaña el señor Povondra—. ¿Cómo iban a llegar hasta aquí? ¿cruzando las montañas?
—Quizás por el Elba y, después, continuando por el Vltava.
El señor Povondra grita escandalizado.
—¡No me hagas reír! ¡Por el Elba! Quizás podrían llegar hasta Podmokel, pero nada más. Allí hay solamente montañas rocosas; he estado allí una vez. No te preocupes, aquí no llegarán las salamandras. En ese aspecto, estamos muy seguros. Y Suiza también tiene la misma suerte. Ésa es la ventaja de no tener costas marítimas, ¿sabes? El que tiene hoy mar, está perdido.
—Pero si ahora llega el mar hasta Dresde…
—Allí hay alemanes —declara el anciano protestando—. Eso es asunto suyo. Pero hasta aquí no pueden llegar las salamandras, eso se comprende. Primero tendrían que darles la vuelta a las montañas, ¿te puedes imaginar el trabajo que significaría?
—El trabajo es lo de menos —objeta el joven Povondra—, las salamandras saben trabajar bien. Ya sabes que en Guatemala consiguieron sumergir hasta las montañas.
—Eso es otra cosa —contesta con decisión el señor Povondra—. No hables tonterías, Frantik. Eso ha ocurrido en Guatemala y no aquí. En nuestro país existen otras condiciones.
El joven Povondra suspira.
—Como quieras, papá, pero cuando uno piensa que esos bichos han inundado ya una quinta parte del total de los continentes…
—En los países con mar, tonto, pero no en los demás. Tú no comprendes su política. Esos estados tienen costas marítimas, están en guerra con las salamandras, pero nosotros no. Somos neutrales; por lo tanto, no nos pueden atacar. Así está el asunto. ¡Y no hables tanto o no pescaré nada!
Sobre el agua reinaba el silencio. Los árboles de la Islita de los Tiradores daban ya sombra a la superficie del Vltava. En el puente se veían pasar los tranvías y las criadas paseaban con los cochecitos de los bebés, entre la gente vestida de domingo…
—Papá —exclamó el joven Povondra casi con angustia.
—¿Qué pasa?
—¿No es aquello un siluro?
—¿En dónde?
Del Vltava, precisamente delante del Teatro Nacional, salía una enorme cabezota negra, que adelantaba lentamente contra la corriente.
—¿Es un siluro? —repitió Povondra júnior.
La negra cabezota desapareció bajo el agua.
—No era un siluro, Frantik —exclamó el señor Povondra con una voz extraña—. Vamos a casa, hijo. ¡Todo ha terminado!
—¿Pero qué ha terminado, papá?
—Era una salamandra. Ya están aquí. Vamos a casa —repetía recogiendo con sus nerviosas manos sus avíos de pesca—. ¡Ahora sí que ha terminado todo!
—Estás temblando —se asustó Frantik—. ¿Qué te pasa?
—Vamos a casa —exclamó el anciano excitado, y su barbilla temblaba nerviosamente—. Tengo frío, hijo. ¡Esto nos faltaba! ¿Sabes? ¡Es el fin, Frantik, el fin! Ya están aquí… ¡Caramba, qué frío hace! Quisiera llegar a casa.
El joven Povondra, que lo miraba fijamente, tomó los remos.
—Yo remaré, papá —dijo con voz insegura, y de una fuerte sacudida separó la barquita de la isla—. Déjalo, yo amarraré el bote.
—¿Por qué hará tanto frío? —se extrañó el anciano castañeteando los dientes.
—Yo te sostendré, papá, vamos ya —dijo el joven Povondra tomándolo por el brazo—. Creo que te has enfriado en el agua. Aquello era solamente un pedazo de madera, no te preocupes.
El anciano tembló como una hoja.
—Sí… ¡un pedazo de madera! ¡A mí me vas tú a contar ese cuento…! Yo sé, mejor que nadie, lo que son las salamandras. ¡Déjame!
El joven Povondra hizo algo que no había hecho hasta entonces en su vida: llamó a un taxi.
—A Vysehrad —ordenó, y metió a su padre en el automóvil—. Yo te acompaño, papá, es demasiado tarde.
—Sí, ¡ya es demasiado tarde! —murmuró el viejo Povondra—. Demasiado tarde, hijo. ¡Esto es el principio del fin! ¡No era un pedazo de madera, Frantik! ¡Son ellas!
El joven Povondra casi tuvo que subir en brazos a su padre por las escaleras.
—Prepárale la cama, mamá —susurró al llegar a la puerta—. Hay que acostar inmediatamente a papá. Está enfermo.
Pues bien; ahora papá Povondra está acostado entre edredones, su nariz se destaca extrañamente en su rostro y sus labios murmuran algo incomprensible. ¡Qué viejecito parece! Ahora se ha tranquilizado un poco…
—¿Estás mejor, papá?
A los pies de la cama llora, con la cara escondida en el delantal, mamá Povondra. La nuera está encendiendo la estufa y los niños, Marenka y Frantik, abren extraordinariamente sus inocentes ojos para contemplar a su abuelo, como si no pudieran reconocerlo.
—¿No quieres que llame al médico, papá?
Papá Povondra miró a sus nietecitos y murmuró algo. De pronto, se le llenaron los ojos de lágrimas.
—¿Quieres algo, papá?
—¡He sido yo! ¡He sido yo! —sollozó el anciano—. Quiero que lo sepas, ¡yo he tenido la culpa de todo! Si aquella vez no hubiera dejado pasar al capitán a hablar con G.H. Bondy, todo esto no hubiese ocurrido…
—¡Si no ha ocurrido nada, papá! —trató de tranquilizarlo el joven Povondra.
—Tú no lo comprendes —respondió el anciano—. Esto es el principio del fin, ¿sabes? ¡El fin del mundo! Ahora llegará el mar hasta aquí. ¡Si ya están en Praga las salamandras, Dios mío! Todo es culpa mía… No debí dejar entrar a aquel capitán… ¡Que el mundo sepa algún día quién tuvo la culpa de todo!
—Eso es absurdo —exclamó el hijo con aspereza—. No te calientes la cabeza, papá. Eso lo ha hecho el mundo entero. Eso lo hicieron los estados, lo hizo el capital… Todos querían tener el mayor número posible de salamandras. Todos querían ganar a costa de ellas. Nosotros mismos, también les hemos enviado armas y Dios sabe qué… ¡Todos tenemos la culpa!
Papá Povondra se movió intranquilo.
—Antiguamente, el mar ocupaba todo el mundo, y ahora, lo volverá a ocupar de nuevo… ¡Es el fin del mundo! Una vez me contó un señor que en Praga había antes mar… Yo creo que también entonces sería obra de las salamandras. ¿Sabes?
Yo no debí anunciar a aquel capitán. Oía un voz que me decía: «¡No lo hagas!», pero luego pensé: «Quizás este capitán me dé una propina.» ¿Y sabes? ¡No me la dio! Uno destruye tan inútilmente el mundo… —el anciano tragó unas lágrimas—. Yo lo sé… sé muy bien que estamos perdidos y sé también que yo tengo la culpa de todo…