La guerra de las salamandras [Válka s mloky - es]
- Автор: Чапек Карел
- Год: 1992
- Язык: испанский
- Год: Hiperi
- ISBN: 978-84-7517-321-4
- Переводчик: Ana Falbrov
- Жанр: Социально-философская фантастика
Электронная книга - «La guerra de las salamandras [Válka s mloky - es]». Краткое содержание книги:
Nacido en 1890 y muerto en 1938, poco después de ser propuesto para el premio Nobel, Čapek dejó una importante obra teatral, narrativa, ensayística, periodística y de viajes, de la que varios títulos han sido traducidos a nuestro idioma. Su humanismo concreto, su preocupación por la pérdida de valores o por el alejamiento de la naturaleza, su defensa de la tolerancia, el ccntraste y el respeto hacia los otros, confieren a su obra literaria, de muy diversos y ricos matices, innegable perdurabilidad y actualidad.
En aquel momento los radioaficionados nocturnos estaban escuchando de nuevo la emisora de las salamandras.
«Acaban ustedes de oír en grabación, la Barcarola de los Cuentos de Hoffmann», graznó el locutor. «Haló, haló, ahora conectamos con la Venecia italiana.»
Y después se oyó solamente algo como el ruido oscuro e inmenso de las aguas que avanzaban.
CAPÍTULO X
El señor Povondra se echa la culpa
¡Quién diría que han pasado tantos años y tanta agua por el río! ¡Si ni siquiera nuestro señor Povondra es ya portero de la casa de G.H. Bondy! Ahora es, por decirlo así, un respetable anciano, que puede recoger con tranquilidad el fruto de su larga y esforzada vida, en forma de una pequeña pensión. Pero, ¿cómo van a bastar unos cuantos cientos de coronas, con los exagerados precios de guerra? Menos mal que, de vez en cuando, le da por picar a algún pez. Sentado en el barquito, con la caña de pescar en la mano, piensa cuánta agua corre durante el día y de dónde puede salir tanta. Algunas veces pesca un barbo, otras una perca. Ahora abundan mucho más los peces, seguramente porque los ríos son más cortos. Una perca tampoco viene mal; es verdad que tiene muchas espinas, pero su carne es sabrosa, un poco parecida a las almendras. Y mamá Povondra las sabe preparar tan bien… El señor Povondra ignora que mamá enciende el fuego para guisar sus percas, por lo general, con los recortes que en otro tiempo coleccionaba y seleccionaba. Es cierto; el señor Povondra abandonó su afán coleccionista al ser jubilado. En cambio, se procuró un acuario donde, junto a truchas doradas, tenía pequeños tritones y salamandras. Durante horas enteras las contemplaba, inmóviles en el agua, o tratando de trepar por el margen que les había hecho con piedrecitas. Después movía la cabeza y decía: «¡Quién lo hubiera dicho de ellas!» Pero el hombre no se contentaba tan sólo con mirar, y, por ello, el señor Povondra se dedicó a la pesca. «¡Qué se puede hacer!», pensaba indulgente mamá Povondra. «Los hombres siempre han de tener sus manías. Más vale eso y no que se vaya al café o se meta en política.»
Es cierto. Ha corrido mucha, muchísima agua. Nuestro Frantik ya no es ni el colegial que estudiaba geografía, ni el joven que rompía calcetines corriendo tras las vanidades del mundo. Aquel Frantik es ahora un señor mayor. Gracias a Dios, es empleado de correos. Para algo sirvió, después de todo, que aprendiese con tanto entusiasmo la geografía. «También empieza ya a tener conocimiento», piensa el señor Povondra, dejando deslizar su botecito corriente abajo, hacia el puente de la Legión. «Hoy vendrá a buscarme. Es domingo y no tiene que trabajar. Lo haré subir en el bote e iremos hacia arriba, a la punta de la Islita de los Tiradores. Allí pican más los peces. Y Frantik me contará lo que dicen los periódicos. Después iremos a nuestra casita, en Vysehrad, y mi nuera traerá a los dos nietecitos…» El señor Povondra se entrega por unos momentos a las delicias de ser abuelo. «Dentro de un año ya irá Marenka a la escuela, está muy ilusionada. Y el pequeño Frantik, mi nietecito, ya pesa ¡treinta kilos!» El señor Povondra siente la sensación de que todo está en el más perfecto orden.
Su hijo ya le espera junto al río y le saluda con la mano. El señor Povondra se acerca a la orilla.
—¡Ya era hora de que llegaras! —le dice en son de reproche—, y ten cuidado, no vayas a caerte al agua.
—¿Pican? —pregunta el hijo.
—Poco —responde al anciano—. Vamos hacia arriba, ¿no?
Es una hermosa tarde dominguera. Todavía no es hora de que esos locos y holgazanes vuelvan del fútbol y otras tonterías por el estilo. Praga está vacía y silenciosa. Las pocas personas que pasean por la orilla del río o por los puentes no tienen prisa. Caminan decentemente y con dignidad. Son gente mejor y más comprensiva, que no se reúne en grupitos para burlarse de los pescadores del Vltava. Papá Povondra vuelve a sentir esa fuerte sensación de que todo está en perfecto orden.
—¿Qué dicen los periódicos? —pregunta con brusquedad paternal.
—En total, nada, papá —responde su hijo—. Aquí leo que esas salamandras ya han llegado hasta Dresde.
—Entonces, Alemania está perdida —contesta el anciano—. ¿Sabes, Frantik? Los alemanes son un país muy raro. Cultos, pero raros. Yo conocía a un alemán, era chófer en una fábrica, un hombre muy brusco. Pero el coche lo tenía en orden, eso hay que reconocerlo. Así, pues, Alemania ha desaparecido del mapa mundial —reflexiona el señor Povondra—. ¡Y cuánto jaleo armaban antes! Era algo terrible, nada más que soldados y más soldados… ¡No hay nada que hacer! Contra las salamandras no pueden ni los alemanes. ¿Sabes? Yo conozco a esas salamandras muy bien… ¿Recuerdas cómo te llevé un día a verlas cuando eras pequeño?
—¡Atención, papá! Ha picado un pez.
—Ése no vale la pena —gruñe el anciano apartando la caña—. ¡Caramba! También Alemania… Uno ya no se extraña de nada. ¡Hay que ver la que armaban antes, cuando esas salamandras inundaban algún país! Aunque fuera solamente Mesopotamia o China, los periódicos estaban repletos de informaciones. Hoy se toma todo como cosa natural —exclama el señor Povondra, contemplando la caña de pescar—. Uno acaba acostumbrándose a todo. ¿Qué se puede hacer? Lo principal es que no las tenemos aquí. ¡Si las cosas no estuvieran tan caras! Por ejemplo, lo que piden hoy por el café… Es cierto, Brasil ha desaparecido también bajo las aguas. Se siente comer-cialmente que la mitad del mundo está inundada.
La barquita del señor Povondra danza sobre las suaves olas. «¡Hay que ver la tierra que han inundado ya las salamandras!», piensa el anciano. «Egipto, India, China… ¡hasta con Rusia se han atrevido! ¡Cuando pienso que, ahora, el Mar Negro llega hasta el círculo Polar! ¡Qué cantidad de agua! A decir verdad, ¡cuántos continentes nos han arrebatado! Menos mal que avanzan poco a poco…»
—¿Así que dicen que las salamandras ya están en Dresde?
—A dieciséis kilómetros de Dresde. Ya estará bajo el agua toda Sajonia.
—Una vez estuve yo allí con el señor Bondy —exclama papá Povondra—. Era una tierra inmensamente rica, Frantik, pero no te puedo decir que se comiera muy bien. Aparte de eso, la gente era muy agradable, mejor que los prusianos. ¡Te digo que no se puede ni comparar!
—Prusia también ha desaparecido.
—No me extraña —dice el señor Povondra—. Yo no les tengo cariño a los prusianos. Pero los franceses estarán contentos de que Alemania esté al caer. Por lo menos, ya podrán respirar tranquilos.
—Mucho, no, papá —contesta Frantik—. El otro día leí en los periódicos que por lo menos una tercera perte de Francia está también inundada.
—¡Ay! —suspira el señor Povondra—. En mi casa, quiero decir, en casa del señor Bondy, había un criado francés, Jean se llamaba. Y perseguía tanto a las mujeres que era una verdadera vergüenza. ¿Sabes?, esas frivolidades acaban pagándose antes o después.
—Pero dicen que las salamandras han sido derrotadas a diez kilómetros de París —continúa Frantik—. Habían hecho una especie de trincheras, y las volaron. Deshicieron dos cuerpos de ejército de salamandras completos.
—Los franceses son buenos soldados —opina el señor Povondra, como conocedor del asunto—. Yo no sé de dónde lo sacan. Aquel Jean olía a perfumería, pero cuando había que pelear, luchaba como los buenos. Aunque dos cuerpos de ejército de salamandras es muy poco. Cuando reflexiono sobre todo esto. —continúa el anciano—, veo que los hombres saben luchar mucho mejor contra los hombres y, además, las guerras antes no duraban tanto tiempo. Con las salamandras empezó todo hace doce años y, hasta ahora, los hombres siempre se retiran a posiciones «estratégicas». ¡En mi juventud sí que había batallas! Tres millones de hombres aquí y tres allá —señalaba el anciano, haciendo balancear la barquita—, y de pronto, ¡Cristo!, se lanzaban unos contra otros. Esta guerra no vale la pena —dice con desprecio papá Povondra—. No hacen más que fabricar paredes de hormigón, pero, ¿ataques a la bayoneta? ¡Ni pensarlo!