La guerra de las salamandras [Válka s mloky - es]
- Автор: Чапек Карел
- Год: 1992
- Язык: испанский
- Год: Hiperi
- ISBN: 978-84-7517-321-4
- Переводчик: Ana Falbrov
- Жанр: Социально-философская фантастика
Электронная книга - «La guerra de las salamandras [Válka s mloky - es]». Краткое содержание книги:
Nacido en 1890 y muerto en 1938, poco después de ser propuesto para el premio Nobel, Čapek dejó una importante obra teatral, narrativa, ensayística, periodística y de viajes, de la que varios títulos han sido traducidos a nuestro idioma. Su humanismo concreto, su preocupación por la pérdida de valores o por el alejamiento de la naturaleza, su defensa de la tolerancia, el ccntraste y el respeto hacia los otros, confieren a su obra literaria, de muy diversos y ricos matices, innegable perdurabilidad y actualidad.
El Gobernador del Estado de Luisiana estuvo largo rato inclinado sobre este telegrama, moviendo dudoso la cabeza. «Este Fred Dalton debe de ser algún bromista», se dijo, «mejor será que no lo entregue a los periódicos.» Y guardó el telegrama.
CAPÍTULO VIII
Chief Salamander impone condiciones
Tres días después del terremoto de Luisiana se tuvo la noticia de otra catástrofe geológica, esta vez en China. Tras un gigantesco y atronador terremoto se abrió una brecha en las costas marítimas de la provincia de Kiangsu, al norte de Nanking, aproximadamente entre la desembocadura del Yang-tse y el viejo cauce del Hwan-ho. Esta brecha fue inundada por el mar y se unió con los grandes lagos de Pan-yun y Huns-tsu, entre las ciudades de Hwaingan y Fugyang.
Parece ser que, a consecuencia del terremoto, el Yang-tse se salió de su cauce y corría en dirección al lago Tai y hacia Hang-chou. De momento no era posible calcular las víctimas. Cientos de miles de personas huían hacia las provincias del norte y del sur. Los barcos de guerra japoneses recibieron orden de navegar hacia las costas afectadas por el terremoto.
Aunque los terremotos de Kiangsu superaron en mucho, por su extensión, a la catástrofe de Luisiana, se les dedicó mucha menos atención, porque la gente ya está acostumbrada a los desastres en China y allí, al parecer, no le daban importancia a unos millones de vidas más o menos. Además de esto, se comprobó científicamente que se trataba tan sólo de un terremoto tectónico, en conexión con las profundas fosas marinas cercanas a las islas Riukiu y a las Filipinas. Sin embargo, tres días después marcaron los sismógrafos europeos nuevas sacudidas de tierra, cuyo centro parecía estar en algún lugar del archipiélago de Cabo Verde. Noticias más detalladas aseguraban que habían sido azotadas por fuertes terremotos las costas de Senegambia, al sur de San Luis. Entre las localidades de Lampul y Mboro surgió una profunda hendidura inundada por el mar, que avanzó hacia Merinaghen y Dimarske. Según testigos oculares brotó de la tierra, acompañada de un ruido atronador, una gran columna de fuego y vapor que esparció arena y piedras en una gran circunferencia. Seguidamente se oyó el ruido tempestuoso del mar que avanzaba por las grietas abiertas. El número de víctimas era desconocido de momento.
Este tercer terremoto despertó una especie de pánico. «¿Reviven acaso las actividades volcánicas de la tierra?», preguntaban los periódicos. LA CORTEZA TERRESTRE EMPIEZA A RESQUEBRAJARSE, anunciaban los diarios de la tarde. Los expertos expresaron su opinión de que «la brecha senegambesa surgió quizá a causa de la erupción de vetas volcánicas conectadas con el volcán de Pico, en la Isla de Fogo, que existían en el archipiélago de Cabo Verde. Este volcán estaba en erupción todavía en el año 1847 y, desde entonces, se le consideraba extinguido. El terremoto del África Occidental no tenía, pues, nada que ver con los movimientos sismológicos de Luisiana y Kiangsu, que eran seguramente de origen tectónico». Pero, según parece, a la gente le daba lo mismo que la tierra se resquebrajase por motivos tectónicos que volcánicos. La realidad es que, ese día, estaban todas las iglesias llenas de creyentes que oraban. En muchas regiones hubo necesidad de dejarlas abiertas durante toda la noche.
A la una de la mañana (era el 20 de noviembre), captaron los radioaficionados en sus aparatos fuertes interferencias en la mayor parte de Europa, como si transmitiera una nueva y potente emisora. La encontraron en la longitud doscientos tres. Se oía como el ruido de máquinas o de olas marinas; en medio de esta especie de susurro interminable se oyó de pronto una voz terrible y cavernosa (todos la describían de la misma manera: hueca, graznante, como si fuese una voz artificial y, además, aumentada considerablemente por el megáfono); y esta voz de rana clamaba excitada: «¡Haló, haló, haló! Chief Salaman-der speaking. Stop broadcasting, you men! Stop your broadcas-ting! Haló, Chief Salamander speaking!» Después otra voz, extrañamente hueca, preguntó: «Readyf Ready.» En esto se oyó un sonido como cuando se conecta algo y de nuevo una voz extraña dijo: «¡Atención! ¡Atención! ¡Atención! ¡Haló! ¡Ahora!»
Entonces se escuchó una voz ronca, cansada, pero que, sin embargo, resonaba majestuosamente en medio del silencio de la noche: «¡Haló, hombres! Luisiana, Kingsu, Senegambia, sentimos mucho las pérdidas de vidas humanas. No queremos ocasionar víctimas innecesarias. Queremos solamente que evacuéis las costas en los lugares que os señalaremos de antemano. Si lo hacéis así, se evitarán sensibles desgracias. La próxima vez os advertiremos, por lo menos con 14 días de anticipación, en qué lugares vamos a ampliar nuestros mares. Hasta ahora hemos efectuado solamente ensayos técnicos. Vuestros explosivos han dado un resultado magnífico. Muchas gracias».
«¡Haló, hombres! Conservad la calma. No tenemos propósitos hostiles contra vosotros. Pero necesitamos más agua, más bancos de arena. Somos demasiadas. Vuestras costas ya no nos bastan. Por eso tenemos que destruir vuestros continentes. Haremos de ellos bahías e islas. Así podremos multiplicar por cinco la longitud de las costas del mundo. Vamos a construir nuevos bancos de arena. No podemos vivir en las profundidades de los mares. Vamos a necesitar vuestros continentes como material para rellenar el fondo de los mares. No nos guía el interés de perjudicaros, pero somos demasiadas. Por ahora os aconsejamos que os trasladéis a las ciudades del interior. Podéis vivir en las montañas, porque es lo último que derrumbaremos».
«Vosotros nos habéis buscado, nos habéis repartido por todo el mundo. ¡Pues ya nos tenéis! Queremos vivir en buenas relaciones con vosotros. Nos proporcionaréis acero para construir nuestros taladros, picos y palas. Nos suministraréis torpedos. ¡Trabajaréis para nosotros! Sin vuestra ayuda no podríamos acabar con los viejos continentes. ¡Haló, hombres! Chief Salamander, en nombre de todas las salamandras del mundo, os ofrece la colaboración. Trabajaréis con nosotros en la destrucción de vuestro mundo. Muchas gracias.»
La cansada y graznante voz enmudeció, y se oyó solamente el ruido de alguna máquina o del mar. «¡Haló, haló, —se oyó de nuevo a la cavernosa voz—, ahora vamos a retransmitir música ligera de vuestros discos fonográficos. Tocaremos “La marcha de los Tritones”, de la película “Poseidón”.»
Los periódicos calificaron esta emisión nocturna de una «burda broma» de alguna emisora clandestina, pero a pesar de ello millones de personas esperaban al día siguiente, junto a sus radiorreceptores, a que hablase de nuevo aquella terrible, nerviosa y cavernosa voz. Se la oyó nuevamente a la una, acompañada de fuertes y ruidosos zumbidos. «Good evening, you people», graznó alegre. «Primeramente vamos a ofrecer “La Danza de las Salamandras”, de su opereta “Galatea”.» Cuando acabó de sonar la cortante e indecorosa musiquilla, se alzó de nuevo la terrible voz con un cierto deje de alegría. «¡Haló, hombres! Acaba de ser hundido por un torpedo el cañonero británico Erebus, que trataba de destrozar nuestra emisora en el Océano Atlántico. La tripulación se ha hundido con el buque. Haló, ¡llamamos la atención del Gobierno británico! El barco Amenhotep, de Port Said, se ha negado a desembarcar en nuestro puerto de Makallahu un pedido de explosivos. Según dice, ha recibido órdenes de suprimir la entrega de explosivos. Desde luego, dicho barco ha sido torpedeado. Aconsejamos al Gobierno británico que retire esta orden, antes de mañana a mediodía, radiográficamente; de lo contrario, serán torpedeados y hundidos los barcos Winnipeng, Manitoba, Ontario y Quebec, que llevan cargamentos de trigo del Canadá a Liverpool. Haló, llamamos la atención del Gobierno francés.