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READ-E-BOOK » Социально-философская фантастика » La guerra de las salamandras [Válka s mloky - es]
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La guerra de las salamandras [Válka s mloky - es]

Электронная книга - «La guerra de las salamandras [Válka s mloky - es]». Краткое содержание книги:

Clasificar La guerra de las salamandras dentro del género de la ciencia ficción sería restringir el alcance de esta extraordinaria novela. Junto a La guerra de los mundos de Wells, 1984 de Orwell o Un mundo feliz de Huxley, La guerra de las salamandras es una de esas obras de imaginación en que las realidades y los problemas del hombre contemporáneo se analizan y sintetizan con emocionada lucidez. Su aparición en 1936 coronó la carrera literaria de Karel Čapek, quién, junto a Jaroslav Hašek, universalizó la lengua y la narrativa de su país, la Checoslovaquia democrática e independiente de la primera mitada de nuestro siglo, la patria de Masaryk.
Nacido en 1890 y muerto en 1938, poco después de ser propuesto para el premio Nobel, Čapek dejó una importante obra teatral, narrativa, ensayística, periodística y de viajes, de la que varios títulos han sido traducidos a nuestro idioma. Su humanismo concreto, su preocupación por la pérdida de valores o por el alejamiento de la naturaleza, su defensa de la tolerancia, el ccntraste y el respeto hacia los otros, confieren a su obra literaria, de muy diversos y ricos matices, innegable perdurabilidad y actualidad.
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Al siguiente día declaró el Gobierno de S.M. Británica en el Parlamento, contestando a las apelaciones de los diputados, que, militarmente, se había hecho todo lo posible para la defensa de las costas británicas; que no estaban descartados otros y más amplios ataques a territorio inglés; que, sin embargo, el Gobierno de S.M. no podía tratar con un enemigo que no respetaba ni a la población civil, ni siquiera a las mujeres. (Aprobación.)

«Hoy no se trata solamente del destino de Inglaterra, sino del de todo el mundo civilizado. Gran Bretaña está dispuesta a considerar garantías internacionales que mitiguen estos terribles y bárbaros ataques que amenazan a la misma Humanidad.»

Una semana más tarde se reunió la Conferencia Mundial de los Estados, en Vaduz.

* * *

Se celebró en Vaduz, en los Altos Alpes, porque allí no había peligro de que llegasen las salamandras y porque ya se habían refugiado en aquella zona la mayoría de la gente pudiente y los más destacados personajes de los países marítimos. La Conferencia, de común acuerdo, pasó de inmediato a tratar de todas las cuestiones mundiales de actualidad. Primeramente, todas las naciones (a excepción de Suiza, Abisinia, Afganistán, Bolivia y otros estados sin mar), rechazaron en principio el reconocer a las salamandras como una potencia guerrera independiente, principalmente porque en ese caso las salamandras de cada país podrían considerarse como pertenecientes al Estado Salamándrico. No sería imposible que el reconocimiento de las salamandras como estado trajera como consecuencia el que éstas exigiesen derechos sobre todas las aguas y costas que habitaban. Por dicha razón era legal y prácticamente imposible declarar la guerra a las salamandras o ejercer sobre ellas cualquier otra clase de presión internacional. Cada estado tenía derecho a tomar medidas solamente con respecto a las salamandras de su propiedad, siendo esto cuestión puramente interior. Por lo tanto, no se podía hablar de medidas colectivas, ya fueran diplomáticas o militares, contra las salamandras. A los estados atacados por las salamandras se les podía prestar ayuda internacional solamente concediéndoles préstamos extranjeros para su defensa.

Seguidamente Inglaterra presentó una proposición para que todos los estados se comprometiesen, por lo menos, a dejar de vender armas y explosivos a las salamandras. Después de ser considerada detenidamente, la proposición fue rechazada, principalmente, porque «un compromiso así ya está acordado en el Convenio de Londres; segundo, no se puede prohibir a ningún estado que dé a sus salamandras equipos técnicos y armas para la defensa de sus costas, mientras lo considere necesario; tercero, a los estados marítimos les importa, naturalmente, conservar las buenas relaciones con los habitantes del mar, y, por ello, consideran conveniente no tomar por el momento medida alguna que pudiera ser considerada por las salamandras como represalia.» Por otra parte, todos los estados estaban de acuerdo en vender también armas y explosivos a los países que fueran atacados por las salamandras.

En una sesión secreta se aceptó la proposición colombiana de que se entablasen, por lo menos, negociaciones no oficiales con las salamandras. Chief Salamander sería invitado a enviar a la Conferencia dos apoderados. Los representantes de Gran Bretaña se opusieron terminantemente a ello, declarando que no se reunirían con ninguna salamandra. Finalmente se conformaron con que, mientras tanto, se irían «por cuestiones de salud» a pasar unos días a Engadina. Aquella noche fue enviada, en la clave estatal de todas las potencias marítimas, una invitación a Su Excelencia Chief Salamander para que nombrase dos delegados a la Conferencia de Vaduz. La respuesta fue ronca. «Sí, por esta vez todavía vamos a su encuentro; la próxima vendrán ustedes a hablar conmigo, bajo las aguas del mar.» A continuación siguió el anuncio oficiaclass="underline" «Los representantes de las salamandras llegarán pasado mañana por la noche, en el Orient-Express, a la estación de Buchs.»

Fueron acomodados los baños más lujosos de Vaduz, y un tren especial trajo, en cisternas, agua del mar para los delegados salamandras. Por la noche, en la estación de Buchs, tenía que celebrarse el recibimiento oficial. Estaban allí los secretarios de las delegaciones, representantes de las autoridades locales y unos doscientos periodistas, fotógrafos y camarógrafos.

Exactamente a las 6 y 25 minutos entró en la estación el Orient-Express. Del tren-salón salieron y descendieron por las alfombras rojas tres señores altos, elegantes y, detrás de ellos, unos cuantos secretarios perfectamente normales, con pesadas carteras. «¿Y dónde están las salamandras?», preguntó alguien en voz velada. Dos o tres personalidades oficiales se adelantaron inseguras al encuentro de aquellos tres señores. Pero ya el primero de ellos dijo rápida y claramente:

—Somos los delegados de las salamandras. Soy el profesor doctor Van Dott, de La Haya, Maítre Rosso Castelli, abogado de París. El doctor Manoel Carvalho, abogado de Lisboa.

Los señores se inclinaron y se presentaron. —¿Así que no son ustedes salamandras? —respiró el secretario francés.

—Desde luego que no —dijo el Dr. Rosso Castelli—. Nosotros somos sus abogados. Perdón, seguramente estos señores querrán filmarnos.

Seguidamente, la sonriente delegación de las salamandras fue fotografiada y filmada. También los secretarios presentes mostraban su satisfacción. Era un acto de decencia de las salamandras el haber enviado, como sus representantes, a seres humanos. Con los hombres es más fácil entenderse. Y, sobre todo, no se presentarían situaciones sociales desagradables.

Aquella misma noche se celebró la primera reunión con la delegación de las salamandras. En el programa estaba la cuestión de cómo sería posible renovar la paz entre las salamandras y Gran Bretaña. El profesor Van Dott pidió la palabra.

—No cabe duda de que las salamandras fueron atacadas por Gran Bretaña. El cañonero inglés Erebus atacó en alta mar al barco-emisora de las salamandras; el Almirantazgo inglés interrumpió las pacíficas relaciones comerciales con ellas, al prohibir al barco Amenhotep desembarcar la carga de explosivos ordenada; con su prohibición de todo tipo de comercio con las salamandras, provocó el bloqueo de sus mares y costas por éstas. Las salamandras no pudieron denunciar estos hechos ni en La Haya, porque el Convenio de Londres no les daba ni siquiera el derecho de presentar sus quejas en Ginebra, ya que no se las ha reconocido como miembros de la Sociedad de Naciones. Así, pues, no les quedó más remedio que defenderse por sí solas. A pesar de todo esto, Chief Salamander está dispuesto a suspender todos los actos bélicos, desde luego bajo ciertas condiciones:

1.° Gran Bretaña presentará disculpas a las salamandras por los hechos arriba mencionados;

Retirará todas sus órdenes relativas a la prohibición de entregas a las salamandras;

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