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READ-E-BOOK » Социально-философская фантастика » La guerra de las salamandras [Válka s mloky - es]
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La guerra de las salamandras [Válka s mloky - es]

Электронная книга - «La guerra de las salamandras [Válka s mloky - es]». Краткое содержание книги:

Clasificar La guerra de las salamandras dentro del género de la ciencia ficción sería restringir el alcance de esta extraordinaria novela. Junto a La guerra de los mundos de Wells, 1984 de Orwell o Un mundo feliz de Huxley, La guerra de las salamandras es una de esas obras de imaginación en que las realidades y los problemas del hombre contemporáneo se analizan y sintetizan con emocionada lucidez. Su aparición en 1936 coronó la carrera literaria de Karel Čapek, quién, junto a Jaroslav Hašek, universalizó la lengua y la narrativa de su país, la Checoslovaquia democrática e independiente de la primera mitada de nuestro siglo, la patria de Masaryk.
Nacido en 1890 y muerto en 1938, poco después de ser propuesto para el premio Nobel, Čapek dejó una importante obra teatral, narrativa, ensayística, periodística y de viajes, de la que varios títulos han sido traducidos a nuestro idioma. Su humanismo concreto, su preocupación por la pérdida de valores o por el alejamiento de la naturaleza, su defensa de la tolerancia, el ccntraste y el respeto hacia los otros, confieren a su obra literaria, de muy diversos y ricos matices, innegable perdurabilidad y actualidad.
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¡¡LOCOS, LOCOS,
DEJAD POR FIN
DE ALIMENTAR
A LAS SALAMANDRAS!!
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«Dejad de emplearlas, renunciad a sus servicios, dejadlas que se vayan a algún lugar donde puedan alimentarse por sí solas, como otros seres acuáticos. La misma naturaleza ya sabrá qué hacer con las que sobren. Lo que se necesita es que los hombres, la civilización humana y la historia de la Humanidad no sigan trabajando para las salamandras».

«Y no deis más armas a las salamandras, ¡detened las entregas de metales y explosivos, no les enviéis máquinas y fábricas humanas! No vais a encender fuego bajo los volcanes, ni a cavar diques bajo el agua. ¡Que se prohíba la entrega de armas y toda clase de mercancía a las salamandras de todos los mares! ¡Que sean puestas fuera de la ley las salamandras! ¡Malditas seáis, salamandras! ¡Que os arrojen de nuestro mundo!»

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¡QUE SE CREE LA LIGA
DE LAS NACIONES
CONTRA LAS SALAMANDRAS!
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«Toda la Humanidad debe estar preparada para defender su existencia con las armas en la mano. Que sea convocada, por iniciativa de la Sociedad de Naciones, del Rey de Suecia o del Papa de Roma, una conferencia mundial de todos los Estados civilizados, para crear una Unión Mundial o, por lo menos, una Sociedad de Naciones Cristianas contra las salamandras. Estamos en el momento crítico en que, bajo la terrible presión del peligro salamándrico y la responsabilidad humana, puede lograrse lo que no se logró con la guerra mundial, a pesar de sus innumerables víctimas: organizar la Unión de los Estados del Mundo. ¡Dios lo quiera! Si esto se lograse, entonces las salamandras no habrían llegado al mundo en vano, y serían el instrumento empleado por Dios.»

* * *

Este patético folleto despertó gran sensación entre las más amplias capas del público. Las señoras de edad estaban de acuerdo, sobre todo, en que había comenzado una decadencia moral sin precedentes; por otra parte, en las columnas de economía de los periódicos se señalaba principalmente que era imposible dejar de suministrar las entregas a las salamandras, porque se produciría una gran caída en la producción y una fuerte crisis en varias ramas industriales. Lo mismo ocurriría en la agricultura, que producía grandes cantidades de maíz, patatas y otros productos agrícolas para alimento de las salamandras. «Si disminuye el número de salamandras, descenderán desastrosamente los precios de los productos alimenticios y los campesinos se encontrarán al borde de la ruina.» La Unión Sindical de Obreros consideraba al señor X un reaccionario y declaraba que no permitiría que fuese frenada la entrega de ningún tipo de mercancía a las salamandras. «Justamente cuando la clase obrera acaba de obtener el empleo completo y primas por el trabajo, quiere el señor X quitarle el pan de las manos. Los obreros se solidarizan con las salamandras y rechazarán cualquier intento de rebajar su nivel de vida y de entregarlas, arruinadas e indefensas, en manos del capitalismo.» En lo que se refiere a la creación de una Liga de las Naciones contra las salamandras, se opusieron a ello todos los centros políticos de importancia. «Ya tenemos», decían, «por una parte, la Sociedad de Naciones y, por otra, la Convención de Londres, en que los estados marítimos se comprometieron a no armar a sus salamandras con armas pesadas. No es cosa fácil pedir ese desarme a un estado que no tiene la completa seguridad de que otra potencia cualquiera marítima no siga armando a sus salamandras, aumentando así su poder a costa de su vecino. Por lo tanto, ningún estado o continente puede obligar a sus salamandras a que emigren a otro lugar, sencillamente porque con ello aumentarían, por una parte, las ventas industriales y agrícolas y, por otra, la fuerza de defensa y ataque de otros estados o continentes.» Y de estas objeciones, que cada hombre con un poco de sentido tenía que comprender, se presentaron muchas.

A pesar de todo, el folleto X advierte no dejó de causar un profundo efecto. En casi todos los países se extendió la Unión Popular contra las salamandras y se fundaron sociedades para la persecución de las salamandras, clubes antisalamándricos, comités para la salvación del género humano y muchas otras organizaciones de esta clase. Las salamandras delegados de Ginebra fueron insultadas cuando se dirigían a una de las reuniones de la Comisión para el estudio del Problema de las Salamandras. En las cercas de madera de las costas marítimas aparecieron letreros amenazadores como «Muerte a las salamandras», «Fuera las salamandras», etc. Muchas salamandras fueron apedreadas y ninguna se atrevía a sacar la cabeza fuera del agua hasta que llegaba la noche. Sin embargo, por su parte, ellas no hicieron ninguna demostración de protesta o actos de represalia. Eran, sencillamente, invisibles, por lo menos durante el día, y la gente que miraba a través de las vallas protectoras veía solamente el mar infinito y agitado. «¡Miren esos bichos!», decía la gente con odio, «¡ni siquiera se dejan ver!»

Y en medio de este silencio agobiante, resonó de pronto el llamado

CAPÍTULO VII

El terremoto de Luisiana

Aquel día —11 de noviembre a la una de la madrugada— se sintió en Nueva Orleans un brusco movimiento de tierra. Algunas casuchas del distrito de los negros se derrumbaron y la gente, presa de pánico, se lanzó a las calles. Pero la sacudida no se repitió. Solamente se oyó como un zumbido y un choque furioso, seguido de un corto ciclón que rompió las ventanas y barrió los techos de las callejuelas de los negros. Perecieron algunas decenas de personas. Después de esto, comenzó a caer una lluvia de fango.

Mientras que los bomberos de Nueva Orleans acudían en ayuda de las calles más perjudicadas, llegaron telegramas de Morgan City, Plaquemine, Báton-Rouge y Lafayette: «¡S.O.S.! ¡Envíen inmediatamente columnas de salvamento! Hemos sido medio barridos por el terremoto y el ciclón; el dique del Mississipi a punto de ceder; preparen inmediatamente zapadores, ambulancias y todos los hombres capaces de realizar cualquier trabajo de ayuda.» De Fort Livingston llegó solamente una lacónica noticia: «Haló, ¿también les han hecho algún regali-to?» Después llegó el mensaje de Lafayette: «¡Atención! ¡Atención! La parte más afectada por el terremoto y el ciclón es Nueva Iberia. Las comunicaciones entre Nueva Iberia y Morgan City deben de estar cortadas. ¡Envíen socorros hacia allí!» Inmediatamente después se recibió una conferencia telefónica de Morgan City: «No conseguimos ponernos en contacto con Nueva Iberia. Están destruidas todas las carreteras y líneas férreas. Envíen barcos y aviones a la Bahía de Vermillion. Nosotros ya no necesitamos nada. Tenemos unos treinta muertos y cien heridos.» Más tarde llegó un telegrama de Baton-Rouge: «Tenemos noticias de Nueva Iberia. Ocúpense principalmente de Nueva Iberia. Aquí envíen solamente obreros, pero ¡rápidamente!, hay peligro de que se rompan los diques. Hacemos todo lo que está en nuestras manos.» Después: «Haló, haló, Shreveport, Natchitoches, Alejandría, envíen trenes de ayuda a Nueva Iberia. Haló, haló, Memphis, Winona, Jackson, envíen trenes vía Nueva Orleans. Todos los automóviles llevan gente en dirección a la presa de Báton-Rouge.» «Haló, haló, aquí Pascagoula. Aquí ha habido unos cuantos muertos. ¿Necesitan ayuda?»

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