Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Серия: Saga del retorno #5
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6678-0
- Переводчик: Carlos Gardini
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]». Краткое содержание книги:
—No está prohibido —dijo la niña, desconcertada—. Pero la escuela se inauguró hace poco, y esta clase trata sobre los filósofos morales de la gente del suelo…
—Lo lamento —dijo Edhadeya—. He hablado por ignorancia. Mi ejemplo era irrelevante.
Voozhum habló de nuevo, con voz cascada, pero con la resonancia que a menudo tiene la voz de los sordos.
—Estas niñas no tienen educación clásica —dijo—. Pero tú sí. Eres muy afortunada, niña. Estas niñas deben conformarse con las pobres migajas que yo les ofrezco.
Edhadeya rió desdeñosamente, y de inmediato se arrepintió, pero era ya demasiado tarde.
—Conozco esa risa —dijo Voozhum.
—Me reía porque pensaba que te burlabas de mí —dijo Edhadeya—. Y además, yo también me «conformo» con tus «pobres migajas».
—Me parece que mis vulgares enseñanzas fueron una mala influencia —dijo Voozhum.
—No fui yo quien te dijo esas palabras. Y yo misma las desconocía hasta hoy.
—Nunca he hablado contigo como mujer libre —dijo Voozhum.
—Y yo nunca he hablado contigo salvo como una niña impertinente.
Al fin las alumnas comprendieron quién las visitaba aquel día, pues todas sabían que Voozhum había sido la criada personal de la hija del rey.
—Edhadeya —susurraron.
—Mi joven ama —dijo Voozhum—, ahora una dama. A menudo fuiste grosera, pero nunca impertinente. Cuéntanos, por favor, ¿cuál es la virtud que más valora el Guardián?
—No sé lo que dijo Oykib, porque esa historia no es conocida entre los humanos —dijo Edhadeya.
—Bien —dijo Voozhum—. Entonces no recordarás ni adivinarás, sino que razonarás.
—Creo que la virtud que más admira el Guardián es amar como él lo hace.
—¿Y cómo ama el Guardián?
—El amor del Guardián… —dijo Edhadeya, buscando, observando, analizando ideas que nunca había examinado tan seriamente—. El amor del Guardián es el amor de la madre que castiga al hijo travieso, pero luego abraza al mismo niño para consolarlo cuando llora.
Edhadeya aguardó la avalancha de objeciones que habían recibido las sugerencias anteriores, pero sólo hubo un gran silencio.
—Por favor —dijo—, aunque yo sea la hija del rey, podéis rebatirme tal como antes os rebatíais entre vosotras.
Ni una palabra, aunque tampoco inquietud ni embarazo.
—Tal vez no disientan de ti —dijo Voozhum—. Tal vez esperan que desarrolles esa idea. Edhadeya aceptó el desafío.
—Creo que el Guardián quiere que veamos el mundo a su manera. Que finjamos que somos el Guardián, y que tratemos de crear, donde sea posible, una pequeña isla donde todas las demás virtudes se puedan compartir entre la buena gente.
Las niñas murmuraron.
—Las palabras de una soñante verdadera —susurró una de ellas.
—Y yo creo —dijo Edhadeya— que si ésa es realmente la virtud más valorada por el Guardián, entonces aquí has creado una aula virtuosa, Voozhum.
—Hace tiempo —dijo Voozhum—, cuando vivía encadenada, a veces con cadenas de hierro, pero siempre de piedra en mi corazón, tenía una habitación a la que acudir, donde alguien que conocía mis virtudes escuchaba mis reflexiones como si yo estuviera realmente viva y fuera una criatura de luz en vez de un gusano del lodo y la oscuridad.
Edhadeya rompió a llorar.
—Nunca he sido tan buena contigo, Uss-Uss.
—Siempre lo has sido. ¿Mi niña aún recuerda cómo la sostenía cuando lloraba?
Edhadeya corrió a abrazarla. Las alumnas las miraban maravilladas.
Chebeya se inclinó hacia Shedemei para murmurarle:
—Esto es lo que esperabas, ¿verdad?
—Creo que es una buena lección —respondió Shedemei—. ¿Tú no?
Y ciertamente lo fue, ver que la hija del rey abrazaba a una anciana cavadora, y que ambas lloraban de alegría, evocando tiempos pasados, un amor antiguo.
—¿Y qué dijo Oykib? —le susurró Chebeya a Shedemei.
—En realidad no respondió —dijo Shedemei—. Dijo: «Para responder a eso tendría que ser el Guardián.» Chebeya reflexionó.
—Pero es una respuesta —dijo al fin—. La misma respuesta que ha dado Edhadeya. Shedemei sonrió.
—Oykib siempre fue un tramposo. Era muy hábil con las palabras.
Era perturbador que Shedemei hablara de los Héroes como si conociera todos sus secretos.
Pasaron el resto del día en la escuela y cenaron con Shedemei. La comida era sencilla. Más de una mujer rica habría fruncido la nariz, y Luet comprobó que, algunos platos, Edhadeya ni siquiera los conocía. Pero en casa de Akmaro, Luet y su madre siempre habían comido los sencillos guisos de la gente común, y comían con deleite. Luet notó que en la escuela de Shedemei —la «Casa de Rasaro»— todo era una lección. La comida, la conversación de sobremesa, el modo de cocinar, la higiene, los silenciosos correteos por los pasillos…, todo cumplía un propósito, todo expresaba un modo de vida, una manera de pensar, una forma de tratar a la gente.
Durante la cena, Edhadeya parecía alterada, algo que Luet comprendía, aunque la preocupaba un poco. Era como si Edhadeya hubiera perdido el sentido del decoro, su amable recato. Quería sonsacarle algo a Shedemei, pero Luet ignoraba qué.
—Hemos oído decir que eres peligrosa, que enseñas a los cavadores a rebelarse —dijo Edhadeya.
—Qué idea tan interesante —comentó Shedemei—. Al cabo de años de esclavitud, a los cavadores sólo se les ocurre rebelarse cuando una humana madura se lo sugiere. ¿Y rebelión contra qué, ahora que son libres? Creo que tus amigos están consumidos por la culpa, pues temen la rebelión ahora que ha desaparecido su causa.
—Lo mismo pensé yo —dijo Edhadeya.
—Pues cuéntame la verdad. Nadie te ha dicho eso, a ti. Edhadeya miró de soslayo a Chebeya.
—A la madre de Luet, sí.
—¿Y por qué no a ti? ¿Será porque eres la hija del rey, y tu padre fue el libertador de los esclavos? ¿Crees que alguna vez perdonarán a tu padre semejante error?
Edhadeya reprimió una carcajada.
—No debes hablarle así a la hija del rey. No debo escuchar a la gente que dice que mi padre cometió un error.
—¿Pero acaso no lo critican sin rodeos en el consejo real? Eso he oído.
—Sí, pero son sus hombres.
—¿Y qué eres tú, su pececito?
—¡Una mujer no juzga los actos de un rey! —Nuevamente Edhadeya reprimió una carcajada histérica.
—Me parece que sólo falta que una mujer no se acuclille para orinar a menos que un hombre le diga que tiene la vejiga llena —replicó secamente Shedemei.
Fue demasiado para Edhadeya. Soltó una sonora carcajada y se cayó del taburete.
Luet la ayudó a levantarse.
—¿Qué te pasa? —preguntó.
—No sé. Me siento tan…
—Tan libre —sugirió Shedemei.
—Tan como en casa —añadió Edhadeya, casi al mismo tiempo.
—¡Pero en casa no te comportas así! —protestó Luet.
—No —dijo Edhadeya, y los ojos se le llenaron de lágrimas. Se volvió hacia Shedemei—. ¿Así eran las cosas en casa de Rasa?
—Allí no había gente del suelo ni gente del cielo —dijo Shedemei—. Era otro planeta, y la única especie inteligente era la humana.
—Quiero quedarme aquí —dijo Edhadeya.
—Eres demasiado joven para enseñar —dijo Shedemei.
—He tenido una educación excelente.
—Quieres decir que te ha ido muy bien en la escuela —dijo Shedemei—. Pero todavía no has vivido. En consecuencia, no me sirves.
—Entonces deja que me quede como estudiante —rogó Edhadeya.
—¿No me has oído? Tus días de escuela ya han terminado.
—Entonces deja que me quede como criada. No puedes obligarme a regresar.