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Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]

Электронная книга - «Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]». Краткое содержание книги:

En esta nueva entrega de «La Saga del Retorno», Shedemei y el Alma Suprema supervisan, ya en la Tierra, la evolución de los humanos descendientes de Nafai y Elemak y su interacción con las nuevas especies que habían evolucionado en el planeta. Surgen de nuevo los problemas de siempre: racismo, explotación, enfrentamientos tribales, etc. El recurso de la hibernación permite mantener la presencia de Shedemei y su poderoso manto de capitana en un papel que deviene mítico y, en cierta forma, bíblico. Pero el misterio sigue siendo al paradero del Guardián de la Tierra cuya presencia, pese a todo, Shedemei y el Alma Suprema creen percibir, de vez en cuando, de forma siempre sutil e imprecisa.
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Chebeya no pudo más que interrumpir.

—Hablas como si en casa de tu padre te trataran monstruosamente mal.

—Allí me ignoran, ¿no te das cuenta? Realmente soy como un pececito para mi padre. Su mascota. Prefiero ser cocinera en este lugar…

—Aquí nos turnamos para cocinar —dijo Shedemei—. No hay lugar para ti. Todavía no, Edhadeya. Mejor dicho, hay un lugar para ti, pero todavía no estás preparada para ocuparlo.

—¿Cuánto debo esperar?

—Si esperas —dijo Shedemei—, nunca estarás preparada.

Edhadeya guardó silencio, y comió reflexivamente, limpiando la salsa del cuenco con la última migaja de pan.

Al fin Luet decidió mencionar aquello que le había estado molestando casi toda la tarde.

—Rechazaste la invitación de Madre porque estabas demasiado ocupada —dijo—. Pero esta escuela funciona sola. Podrías haber venido.

Madre se enojó con ella.

—Luet, ¿no te he enseñado modales?

—Está bien, Chebeya —dijo Shedemei—. Rechacé tu invitación porque yo he visto las casas de los ricos y de los reyes, pero tú nunca habías visto una escuela como ésta.

Madre puso mala cara.

—Nosotros no somos ricos.

—Pero disponéis del tiempo libre suficiente para venir de visita durante las horas de trabajo. Puede que viváis humildemente, Chebeya, pero no veo manchas de roña ni de sudor en tu cara.

Luet notó que a Madre aquello le dolía, y decidió encauzar la conversación hacia un tema menos espinoso.

—Nunca había oído de una mujer que dirigiera una escuela —dijo.

—Lo cual sólo demuestra la falta de sinceridad de los hombres que os han educado. Rasa no sólo dirigía la escuela, sino que fue maestra de Nafai e Issib, Elemak y Mebbekew, y de muchos otros jóvenes.

—Pero eso fue en tiempos antiguos —dijo Luet. Shedemei soltó una risotada.

—A mí no me parece que haya pasado tanto tiempo.

Terminada la cena, caminaron despacio por el patio. Las niñas cantaban en sus habitaciones o en la sala de baños, o leían a la evanescente luz del atardecer. Había algo raro en la canción, y Luet tardó un rato en comprender qué. De repente se detuvo y exclamó:

—¡No sabía que los cavadores pudieran cantar! Shedemei la rodeó con el brazo. Luet se sorprendió. No creía capaz a aquella mujer glacial de un gesto tan afectuoso.

No era un abrazo como el de algunos hombres, que rodeaban con el brazo a un hombre de menor rango para demostrar afecto pero también poder, superioridad, posesión. Era un gesto… fraternal.

—No, no sabías que podían cantar. Tampoco yo había oído su canto hasta que inauguré esta escuela. —Shedemei hizo una pausa—. Tengo entendido, Luet, que los cavadores nunca cantaron durante los años en que vivieron muy cerca de los ángeles. Porque siempre estaban en guerra. Tal vez el canto era cosa de las «reses del cielo», y por tanto atentaba contra su dignidad. Pero en la esclavitud perdieron su dignidad y aprendieron música. Sospecho que es toda una lección, ¿no crees?

Luet pensó que Shedemei había planeado contarle aquello y que la lección iba dirigida concretamente a ella, aunque luego comprendería que Shedemei sólo hacía una observación y que no tenía segundas intenciones.

—Creo que lo entiendo —dijo Luet—. Hace tiempo fui esclava. ¿Crees que todas las canciones de mi vida vienen de ese momento? ¿El cautiverio es una etapa que todos debemos atravesar?

Para su asombro, vio lágrimas en los ojos de Shedemei.

—No. Nadie debería sufrir cautiverio. Algunas personas encuentran música en él, como tú, como muchas de las personas del suelo que ves aquí, pero sólo porque la música ya estaba en ellas, aguardando la oportunidad de manifestarse. Pero tu hermano no encontró mucha música en el cautiverio, ¿verdad?

—¿Cómo conoces a mi hermano? —preguntó Luet.

—¿Es verdad o no? —insistió Shedemei, negándose a dejarse desviar.

—No lo sé —dijo Luet.

—¿Por qué no?

—Porque no creo que su cautiverio haya terminado aún. Otro silencio. Luego Shedemei respondió en voz baja:

—No. No, creo que tienes razón. Creo que cuando termine su cautiverio, también él podrá hallar una canción en su.

—Le he oído cantar —dijo Luet—. No vale demasiado.

—No, no le has oído. Y cuando cante de veras, si llega a hacerlo, la suya será una canción como nunca has oído.

—Sea como fuere, si Akma la canta, sin duda desafinará.

Shedemei rió y la abrazó.

Estaban cerca de la puerta principal, y una de las maestras ya la abría. Luet pensó que la había abierto para dejarlas pasar, pero no era así. Había tres hombres en el porche, y dos de ellos eran humanos de la guardia del rey. El tercero era un ángel, y al cabo de un instante Luet reconoció al viejo Husu, antiguo jefe de los espías, en la actualidad oficial de la guardia civil, una ocupación presuntamente menos dura. ¿Qué hacía allí?

—Tengo una lista de cargos contra la mujer llamada Shedemei —dijo, pronunciando el nombre con dificultad. Antes que Shedemei pudiera hablar, Madre intervino.

—¿De qué se trata?

Husu no supo cómo reaccionar.

—Chebeya —dijo. Y al ver a Edhadeya retrocedió un paso—. Nadie me dijo… supongo que me han informado mal.

—No, no te han informado mal —dijo Shedemei. Tocó levemente el hombro de Chebeya—. Serás una descifradora, pero no eres Hushidh, y yo no soy Rasa, y está claro que este buen hombre no es Rashgallivak.

En vano Luet hurgó en su memoria buscando detalles de la historia a la que aludía Shedemei. Hushidh la descifradora destruyendo el ejército de Rashgallivak. Pero Husu no tenía ejército. Luet no comprendía qué pasaba.

—Husu, ¿tienes una lista de cargos?

—¿Quieres que te los lea?

—No, yo te los diré —contestó Shedemei—. Supongo que un grupo de hombres de este vecindario me acusa de crear una molestia pública por la cantidad de gente pobre que visita mi escuela, de incitación a la violencia porque enseño a las hijas de ex esclavos junto con las demás niñas, de confusión de sexos por haber añadido el honorífico masculino ro al nombre de la Heroína Rasa en el nombre de mi escuela. ¿Qué más ? Ah, sí, sin duda hay una acusación de blasfemia porque digo que las esposas de los Héroes son Heroínas por derecho propio… ¿o es sólo una acusación de innovación doctrinaria impropia?

—Sí —tartamudeó Husu—, innovación doctrinaria… sí.

—Ah, y no nos olvidemos. Traición. Hay una acusación de traición, ¿verdad?

—Esto es absurdo —dijo Chebeya—. Y tú lo sabes, Husu.

—Si todavía estuviera en el consejo real —dijo Husu—, pues sí, diría lo mismo. Pero ahora estoy en la guardia civil, y cuando me dan una lista de cargos, debo presentarla. —Entregó la bruñida corteza a Shedemei—. Se juzgará en la corte de Pabul dentro de veinticuatro días. No creo que tengas inconveniente alguno para encontrar abogados que deseen hablar en tu nombre.

—No seas tonto, Husu —dijo Shedemei—. Yo misma hablaré.

—Las damas no hacen eso —dijo Chebeya, y se rió de sus propias palabras, comprendiendo con quién hablaba—. Supongo que eso no te importará demasiado, Shedemei.

—¿Ves? Hoy todos han aprendido algo —dijo Shedemei, riendo también.

Husu se quedó atónito ante tanta jovialidad.

—Estas acusaciones son graves.

—Vamos, Husu —dijo Shedemei—. Sabes tan bien como yo que estas acusaciones son deliberadamente estúpidas. Cada uno de los delitos de que se me acusa consiste en algo que el sumo sacerdote Akmaro ha enseñado a la gente durante trece años. Mezclar los pobres con los ricos, mezclar cavadores con humanos y ángeles, mezclar ex esclavos con ciudadanos libres, otorgar honores masculinos a las mujeres, negar la autoridad de los sacerdotes del rey sobre la doctrina… en eso se basa el cargo de traición, ¿verdad?

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