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El eco de la memoria

Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:

Una novela sobre el recuerdo y el olvido, de la mano de uno de los escritores con más talento de Estados Unidos.
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
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La pequeña ciudad se despertó. Tres o cuatro personas caminaban por la acera de enfrente. Vio un monumento dedicado a los caídos del lugar en las dos guerras mundiales. El conjunto del retablo le hacía sentirse inquieto. Las calles eran demasiado anchas, las casas y tiendas demasiado amplias, había demasiado terreno desaprovechado entre ellas. Kearney había sido concebido a una escala excesiva, en la época en que se concedían tierras gratis, antes de que resultara claro el verdadero destino del lugar. Sus vías urbanas consistían en una cuadrícula de calles y avenidas numeradas, como si hubiera corrido el peligro de surgir como toda una Manhattan para combatir la épica desolación que la rodeaba.

Weber se sentó en un banco ante el monumento, y revisó mentalmente los dos últimos días, en busca de lo que le había afectado tanto. Pensó en Mark Schluter, en la confianza sin fisuras ni reflexión que aquel hombre tenía en su yo quebrantado. Pero detenerse a pensar en Mark se reveló un error. Allí, en la calle demasiado espaciosa, Weber volvió a ser presa del vértigo. Algo crucial le eludía. Se había hecho vulnerable a alguna acusación. La acera se ensanchaba y ondulaba bajo sus pies. No había ninguna explicación racional.

Se puso en pie y caminó otras dos manzanas, buscando algún local que estuviera abierto a esa hora tan temprana. Un restaurante barato apareció al otro lado de la calle. Weber cruzó la calzada y empujó la puerta, haciendo sonar un colgante en forma de pez contra el vidrio. Retrocedió, al tiempo que un badajo que pendía de la manecilla interior anunciaba su presencia. Cuatro hombres curtidos, con prendas vaqueras y gorras que lucían logotipos de semillas híbridas, sentados a una mesa central, se volvieron a mirarle. Weber entró en el local y se dirigió pausadamente a la barra, donde se detuvo al lado de la caja registradora. Esperó allí hasta que una mujer le dijo desde la cocina: «Siéntate, cariño».

Fue a sentarse a una mesa alejada de los granjeros. En cuanto se dejó caer en el asiento esponjoso y rojo, la penosa experiencia de la noche pasada cruzó de nuevo por su mente. Era exactamente la clase de agitación de bajo nivel que respondía muy bien a la medicación contra la ansiedad que ahora sus colegas recetaban a mansalva. Conocedor de la rapidez con que el organismo dejaba de fabricar sustancias aportadas externamente, Weber procuraba no tomar nada más fuerte que un complejo multivitamínico. Incluso eso se lo había dejado en casa, así que no había tomado nada en los tres últimos días, pero un cambio tan ligero no podía explicar lo que le había ocurrido.

Sus dedos tamborilearon en la superficie de formica gris de la mesa. A medio metro por encima de ellos, observó cómo tecleaban. Una risa se alzó burbujeante de su abdomen contraído y se derramó sobre él. Puso fin al tecleo de los dedos y se cubrió una mano con la otra. El diagnóstico le miraba a la cara. Él, el último científico que se había conectado a la Red, padecía los efectos de no entrar en su correo electrónico.

Llegó la camarera vestida como un personaje de una extraña película, mitad enfermera de hospital y mitad agente controladora de infracciones de aparcamiento. Debía de tener la edad de Weber, treinta años demasiado mayor para servir mesas. Él le sonrió, como un idiota cuya ejecución ha sido suspendida. La camarera sacudió la cabeza.

– ¿No necesita una licencia para estar tan contento antes de haber tomado el café?

Sostenía dos cafeteras Pirex. El señaló la que no era de color naranja.

Había olvidado cómo eran los oriundos del Medio Oeste. Ya no podía interpretarlos, por más que aquellos habitantes de la gran ruta migratoria central fuesen su gente. O más bien las teorías que ideara acerca de ellos, elaboradas durante sus veinte primeros años de vida, habían perdido su validez por falta de datos longitudinales. Según diversas estimaciones, eran más amables, más fríos, más apagados, más astutos, más directos, más encubiertos, más taciturnos, más precavidos y más gregarios que la media. O tal vez ellos constituían esa media: en la gráfica del país, la parte plana en el centro de la curva que se disolvía en las dos costas. Aunque, por hábito y nacimiento, Weber era uno de ellos, se habían convertido en una especie extraña para él.

Se restregó la zona calva y sacudió la cabeza. Con un poco más de impaciencia, ella le preguntó:

– ¿Qué puedo servirte, cariño? -El miró a su alrededor, confuso. La camarera exhaló medio suspiro, el primero de una larga jornada-. ¿Quieres el menú? Tenemos de todo.

Él enarcó las cejas.

– ¿Crêpes de espinacas?

La boca de la mujer apenas se tensó.

– De eso no hay, pero tenemos de todo lo demás.

Cuando la camarera se fue con el pedido de huevos fritos y salchichas, Weber se sacó del bolsillo el absurdo teléfono móvil. Era como llevar en el bolsillo un sincronizador de ciencia ficción. Se lo había metido en el bolsillo al salir de la habitación, ya con la idea de caer un par de veces en el vicio. Consultó su reloj y añadió una hora más en Nueva York. Seguía siendo demasiado temprano. Prestó atención a lo que decían los hombres curtidos sentados a la mesa central, pero sus pocas palabras estaban comprimidas en una taquigrafía tan brusca que era como si hablaran el lenguaje de los indios pawnee. Uno del círculo, de cara bulbosa y con abundantes pelos en las orejas y la nariz, en cuya gorra roja como la sangre figuraban las siglas de la empresa empaquetadora de carne, IBP, se escarbaba los dientes, convirtiendo el palillo con sus diestros incisivos en un diminuto tótem.

– No puedes ponerte gallito -dijo el hombre-. Esos árabes cruzarán un desierto para vengarse de un espejismo.

– Bueno, la Biblia casi dice lo mismo -convino su compañero de mesa.

En verdad, no era necesario que Weber alarmara a Sylvie. Su mujer no podría decirle nada. De haber ocurrido algo, ella se lo habría mencionado la noche anterior. Además, si le sorprendía usando el móvil desde un lugar público para mitigar su nerviosismo, no le permitiría olvidarlo jamás.

La camarera le trajo el desayuno.

– Has dicho tostadas de trigo, ¿verdad, querido? -El asintió. Que Weber recordara, no habían mencionado las tostadas. Le sirvió más café y miró hacia la mesa de los granjeros. Entonces se volvió hacia él e, inclinándose, le dijo-: ¿Eres el científico de Nueva York? ¿El que ha venido para examinar a Mark Schluter?

Weber se ruborizó.

– En efecto. ¿Cómo…?

– Ojalá pudiera decir que tengo poderes psíquicos. -Trazó unas espirales con las cafeteras cerca de sus orejas-. Mi sobrina es amiga de los chicos. Ella me enseñó un libro tuyo y me dijo que andabas por aquí. Todos pensamos que lo ocurrido a Mark es una tragedia. Pero algunos dicen que, de no haber sido ese accidente concreto, habría sido otro muy parecido. Según Bonnie, estos días Mark está bastante diferente. No es que antes no fuese, digamos diferente.

– Sí, el golpe ha sido brutal, pero el cerebro es un órgano sorprendente. Te asombraría la capacidad de recuperación que tiene.

– Eso es lo que siempre trato de decirle a mi marido.

Weber recordó algo de improviso. Experimentó la emoción de desenterrar algo demasiado pequeño para que mereciera ser recordado.

– Tu sobrina… ¿Es delgada, de tez clara? ¿Cabello largo y liso que le llega por debajo de los hombros? ¿Se confecciona ella misma sus prendas de vestir?

La camarera ladeó una cadera e inclinó la cabeza.

– Estoy muy segura de que todavía no te ha visto…

Él trazó unas espirales con las manos junto a su cabeza.

– Poderes psíquicos.

– De acuerdo -dijo ella-. Me has convencido. Compraré tu dichoso libro.

Se acercó a los hombres sentados en torno a la mesa central y les llenó las tazas de café. Flirtearon con la camarera de una manera escandalosa, bromeando acerca de su par de calientes e insondables cafeteras. Los mismos chistes que se hacían en los restaurantes de Long Island, unos chistes que Weber había dejado de oír mucho tiempo atrás en su región natal. La camarera se inclinó hacia el grupo y hablaron en voz baja. Seguramente de él. La especie extraña.

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